sábado, 26 de enero de 2008

El camino de regreso

Su madre lo obligó durante cinco años a vestirse como una niña contra lo que la biología dictaba, todo para recuperar a la hija que se le murió. Luego su padre lo alistó forzoso en el ejército para que fuese el militar de éxito que él nunca llegó a ser. Se escapó de casa, se cambió de nombre, eludió las trincheras de la Primera Guerra Mundial de milagro, tuvo amantes por las que perdió la cabeza. El personaje de Rainer María Rilke fue durante años uno de los que más me fascinaron en la historia de la literatura. Se lo debo a un buen amigo. Pero le tenía perdida la senda. Desde hace tiempo, gracias al mejor pianista de jazz que hoy pisa los escenarios, Brad Mehldau -lo más grande que ha dado Florida en el último siglo-, he recuperado su obra. Un norteamericano que sabe de poesía en alemán. Imaginad. Mehldau me ha llevado al Libro de las horas, un compendio de oraciones, unas para Dios, otras para los hombres. Acabo de cerrarlo, temblando, y aquí os dejo algunos de sus versos.


Apágame los ojos: puedo verte;

ciérrame las orejas: puedo oírte,

y sin pies puedo andar hacia ti,

y aun sin boca puedo invocarte.

Arráncame los brazos y te asiré

con el corazón como con una mano,

detén mi corazón y latirá mi cerebro,

y si incendias mi cerebro

te llevaré en mi sangre.


Rainer Maria Rilke, Libro de las horas.-

3 comentarios:

Kacho dijo...

No te has quedado corta ni has exagerado en ningunad de tus alabanzas. Rilke te deja un puñal clavado en el corazón. De mis favorito, junto a Brecht. Lo malo es no saber alemán...

Herblay dijo...

Ay los idiomas... Otro grande me citas, el maestro Brecht. Si no fuera por la literatura salvadora no sé lo que haríamos. Sobre todo en determinados días. Tabla de salvación, antídoto contra la melancolía. Menos mal. Benditos libros.

Gordi dijo...

Chicos, os podéis hacer un blog a cuatro manos y sería perfecto. Qué par. Yo insisto en Rilke más que en Brecht, sorry. Ante tanto papafrita como hay hoy en la poesía mundial hay que rescatar la esencia. Por eso os dejo lo que más me gusta de Rilke. Ahora, reina, es imperdonable que aún no hayas colgado nada de tu idolatrado Quevedo. No tiene nombre. ¿O es que los amores te van cambiando?

FINAL

La muerte es grande.
Somos los suyos
de riente boca.
Cuando nos creemos en el centro de la vida
se atreve ella a llorar
en nuestro centro.