El baluarte de San Gervasio
El primer lunes de abril de 1625, en la aldea de Meung, comenzaba la historia de amistad más intensa que han visto los siglos: la de Athos, Porthos, Aramis y D' Artagnan. Con el mismo espíritu que alentó a los cuatro magníficos abre hoy esta humilde posada al borde del camino. Para que los míos (y los invitados) se acerquen a compartir la vida. Que Dios o el Diablo os guarde...
jueves 19 de enero de 2012
Juanlu
Ya no sé si nos dijimos hola antes, en alguna quedada o cruce de saludos con Beatriz Romero de por medio, pero el primer recuerdo que tengo de él es el de una noche cómplice, en la Sala Villasís de Sevilla, a cada cual más espídico mientras nos empapábamos, casi memorizábamos, cada una de las palabras que iba pronunciando Carlos Llamas en aquel Hora 25 en directo. Mi madre me diría después: "Vaya muchacho más apañao". Era más que eso, como me demostró desde aquella noche: un compañero de sueños, de inquietudes, el reportero hecho carne. Un compadre con el que hablar incansablemente de periodismo y vida. De esas personas que, aún en la lejanía, aún con apenas un puñado de encuentros de por medio, sabes que son de los tuyos. Feeling, dicen los modernos. Comunión, prefiero yo. Idealista pero no voluntarista sino voluntarioso, fue dando pasos en el oficio, sin olvidarse de sus principios y valores, hiciera lo que hiciera en cada fase. Nunca compartimos una redacción, ni una rueda de prensa, apenas los pasillos de la facultad, pero él, que nunca dejó de seguirme los pasos (nunca), propició que, al fin, a los diez años de aquella primera toma de contacto, nos convirtiéramos en compañeros: una de esas cadenas maravillosas de las redes sociales me puso en línea con Patricia Simón, subdirectora de Periodismo Humano, una historia que interesa ("¿Podrías escribirla para PH?"), una confianza que cuaja, una colaboración que me regalaron entre los dos. Ya era hora, Juanlu, ya compartíamos cabecera, y qué cabecera. La soñada. Luego, un año y medio de historias contadas. Hoy Juanlu cierra edición en PH y me he dado cuenta de pronto de que nunca le di las gracias realmente por abrirme las puertas de la web, por permitirme estar cerca. Es el momento. Gracias por ser un buen compañero, por el aliento, por los ánimos y la complicidad. Gracias por crear de la nada ese medio que me da altavoz para las historias que siempre soñé contar. Y gracias, como lectora, por hacer periodismo del bueno, del mejor, desde la denuncia, la solidaridad y el compromiso. "La vida tiene forzosamente que ser generosa con los que tanto luchan por confiar en ella", le decía Carlota Bruner al capitán Xaloc en La piel del tambor, de mi idolatrado Pérez-Reverte. Confío ciegamente en ello, en que a los buenos, a los que pelean, les llega su momento y su recompensa. Aún quiero pensar que hay justicia en el mundo. Por eso no te deseo suerte, sino justicia, la que merecerás por el trabajo que, sin duda, acometerás de ahora en adelante con igual tesón y entrega. Donde sea. Te seguiremos los pasos allá donde vayas. Ahora, además, con el orgullo de haberte podido llamar compañero. Te echaré de menos.
miércoles 1 de junio de 2011
Eugenio, Mónica, Luis
Luis de Vega, Mónica G. Prieto y Eugenio García Gascón, en Segovia. / R. Blanco, segoviaudaz.esEn los años de facultad solía acumular en casa pilas de periódicos para recortarlos cada fin de semana. Todo lo que se hubiera publicado sobre Oriente Próximo, algo de Cultura, cualquier noticia que informara o reflexionara sobre el periodismo. Había de todos los tipos, colores y tendencias, los que compraba yo, los que traía mi padre, los que mangaba en la facultad, los que ya habían leído los compañeros... Me gustaba llegar a las portadillas de Internacional de Diario de Sevilla porque allí estaban, impecables, las crónicas de Eugenio García Gascón firmadas en Jerusalén. Muchas hojas amarillean ahora en casa de mis padres, con su firma abriendo; muchas fotocopias de sus reportajes han ido encartadas como anexos en trabajos de la carrera, siempre con el monotema a cuestas. Cuando fichó por Público le puse cara, lo desvirtualicé por su Balagán, su blog. Allí conocí su biografía. "Anda, el antiguo de Colpisa, con lo que me gusta...", me repetía. Eso ocurría en 2007. Hace ahora casi un año, me quise hacer vecina de Eugenio y de toda la trupe maravillosa de corresponsales españoles que reside en Jerusalén, y a él fui a pedirle ayuda. Fue el primero que escuchó mis dudas, mis miedos, mis ruegos. Ante un nescafé, en su terraza de Rehavia, con su perro jugueteando a mis pies. Eugenio escuchó -como siempre-, callado y concentrado, serio, como si fuera cosechando respuestas poco a poco. Luego, las regaló como suele, con una amabilidad que desarma, con una preocupación sincera impagable para quien empieza a gatear apenas. No sólo es que sea un hombre bueno, es que es el que más sabe, porque es nuestro decano en la zona. Y es tan generoso que no se guarda nada para sí. 20 años de vivencias a tu disposición. Pese a tanto recorrido, guarda la capacidad de sorprenderse, de indignarse, de entusiasmarse. Todo ayuda para que sea el eje, el patriarca de las quedadas del oficio en la ciudad, el que nos aglutina a todos.
Eugenio es noticia estos días porque ha sido galardonado con el Premio Cirilo Rodríguez, que lo distingue como el mejor corresponsal español en el exterior. Ahí está, junto a los grandes como él: Enric González (no os canso más, buscad unos cuantos post más abajo, ahí está la explicación de mi adoración plena y eterna), Manu Leguineche, Soledad Gallego-Díaz, Gervasio Sánchez, Ramón Lobo, Rosa María Calaf, Javier Espinosa, José Luis Márquez, Tomás Alcoverro, Evaristo Canete... Contra tantos quilates de buen periodismo, hay afirmaciones que sobran. Y que merecen una disculpa pública.
Reconozco que este año tenía el corazón dividido. Mucho cariño le tengo a los tres nombres seleccionados para la final: Eugenio, Mónica G. Prieto y Luis de Vega. Con Mónica tengo el privilegio (inimaginable hace apenas 10 meses) de compartir medio, Periodismo Humano, esa casa acogedora donde siempre hay calor y cariño y receptividad, el medio que me la ha puesto en suerte. Un honor poder llamar compañera a la que es una maestra desde que empezó a recorrer y contar el mundo. Tenía 19 años. Admiro su compromiso con los derechos humanos, su indignación con lo injusto, la firmeza de sus análisis, certeros y clarificadores. Y la amabilidad, de nuevo, con los que no tenemos ni idea pero queremos aprender. Luis de Vega es una firma que busco con ansia en ABC. Tan vivo en sus crónicas que palpas cada historia, escritas con una lucidez y un estilo envidiables. Sin conocerlo, lo quiero. Quizá por la sonrisa de mi amiga Fátima Vila (otra grande), gaditana como Luis, cuando lo describe como entrañable, divertido, servicial. Un buen tipo que contaba las cosas que a Marruecos no le hacían gracia...
Buenos periodistas que cuentan lo que pasa fuera, oficio puro, batalla diaria por informar desde lugares complicados para que luego nadie pueda decir "no lo sabía". Mientras haya eugenios y mónicas y luises, el periodismo estará vivo.
viernes 6 de mayo de 2011
"Lo tengo"
"Teníamos (...) a la extraordinaria Maxine Cheshire, "la indecente Max", como la conocían en la redacción. Maxine era hija del director de una mina de carbón de Harlan Country, Kentucky, y no temía a nadie. Una vez fue descrita admirablemente por uno de sus jefes en Harlan Country como "cien por cien, la reportera más dura que he visto nunca". El problema de Maxine, si es que era un problema, radicaba en su total entrega al periodismo de investigación. Escribía tanto sobre las irregularidades financieras de un empresario extranjero como de su comportamiento social. Probablemente pasé más tiempo apagando los fuegos que encendió Maxine que los que encendió cualquier otro periodista, a excepción del que prendieron Woodward y Bernstein en 1972. Pero era divertido trabajar con ella e increíble verla una vez que había hincado sus dientes en alguien. "Lo tengo", decía tranquilamente, "lo tengo". Y generalmente lo tenía".Ben Bradlee, La vida de un periodista, Ediciones El País, Madrid, 2000.
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Esta parrafada de Bradlee me ha recordado a otra mujer fuerte que investiga como nadie y que, cuando engancha, engancha. La maestra Alicia Gutiérrez.
miércoles 27 de abril de 2011
De nuevo...
Pensábamos que ya no más, que 13 nos fuimos y que éramos suficientes. Que esa frontera de dolor no habría que cruzarla de nuevo. Que el sacrificio de los que quedaban daría de nuevo verdor a las cuentas. Pero no ha sido así. Uno a uno, ayer cayeron siete más, y los que se han perdido por el camino, poco a poco, en silencio, hasta dibujar esta escena de barco fantasma que se vive hoy en la que fue mi casa, mi periódico, El Correo de Andalucía. Dicen que los números no salen, que el mercado está imposible. Puedo entender que no sea sencillo tomar decisiones dolorosas, pero no que siempre se tomen metiendo la tijera en la partida de personal, el mayor valor del periódico, su gente, los que levantan un tema de portada a las once de la noche, los que se montan en una tapia oscilante para tener la mejor foto, los que pintan las páginas más hermosas para que sus colegas se luzcan, los que dan la pátina última al diario, antes de que se convierta en papel y tinta... Eso es sólo un trámite final, las máquinas no saben hacer periódicos. Porque no es justo, cada tarde a las seis, a mis seis y a las suyas, estaré con su aplauso en La Cartuja, aunque sea a 4.000 kilómetros. Porque no podía hacerme a la idea de cómo era mi casa sin los 12 adioses del año pasado, porque no puedo hacerme a la idea de lo que es ahora mi casa sin los que han dicho "me voy" y los que han dicho "me echan", sin Álvaro Ramírez, sin Paco Cazalla, sin Rosa Torres, sin Antonio Ruiz, sin Brenda Macías, sin Felipe Villegas, sin Olga Granado, sin Lola Martín de Oliva.
Ya no tendría quien me ayudara con la impresora de Deportes, porque en eso Álvaro -también Lastra, también- es especialista. En eso y en currar sin dar problemas, sin levantar la voz, siempre con un buen gesto, tímido, para los compañeros. Un tipo que ha hecho, junto a Quico Canterla, que la información de referencia sobre el sevillismo se publique en El Correo. Uno de esos colegas que te sorprende un día, a media voz, y te dice: "Qué bueno lo que das hoy". Anda, ¿te has tragado ese rollo? "Sí, no es un rollo. Está muy bien. Y me gusta leerme mi periódico", me dijo un día. Uno de esos días jodidos en los que pagas por una palabra amable. Uno de esos compañeros que, el día que sales por la puerta, lamentas no haber tratado más.
Tampoco podría pegarme las charlas infinitas con el maestro Cazalla, mezclando batallitas, quejas y penalidades del día. Siempre con una foto en la retina por recordar, por un episodio de buen periodismo que rescatar, de aquellos tiempos en los que todo era diferente. A veces decía que estaba cansado, pero lo desmentía con pisar la calle, su ansiada calle... la libertad. Impagables los viajes y las lecciones de camino a la noticia. Cómo olvidar Alfacar, Paco, y Morón, y hasta esa Puerta del Príncipe que no presencié, pero que sé por tus palabras. Es que no veo una redacción por la que no pasee lento este soldado flaco y recio, cámara en ristre, en la que no pueda ir a buscarlo a decirle la última de mis chorradas mitómanas. O a pedirle una foto.
Pero ahí tienen más galones Rosa y Antonio... Ella, con su "buenas tardes" exactas a las tres, los periódicos bajo el brazo, lista para aguantar la primera petición del día, que en los últimos meses solía ser mía, por editora secundona y verde. Horas a su lado buscando la imagen justa para dar sentido al texto, o para cuadrarla en la maqueta imposible que me habían pintado -un poquito más, alarga un poco más esa caja, achata un poco más la foto, anda...-. Horas con ella en el archivo cuando llegaban los especiales, manejando sobres de políticos repentinamente jóvenes, de aquellos tiempos de jornaleros en armas, de Expos por venir, de proezas del Cuatro Vientos. Rosa y Antonio, al que me enganchaba si ella faltaba, o al que pedía siempre lo más raro, siempre a última hora... Un pantallazo, una foto perdida, una imagen rescatada de hacía mil días. Nunca me llevé de esa mesa un "no puedo", un "no des la lata", un "imposible". Incansables ambos. Lo que sí me regalaron fueron sonrisas, guiños (arropados por esa panda maravillosa con Rafa, Pedro, Txetxu, Ramón...), polémicas cinéfilas y algunas chucherías, de paso. Siempre a la orden. Siempre engrasando la maquinaria para que los plumillas brillaran al día siguiente.
A Brenda la conocí antes que a todos ellos, de becarias las dos en ABC, 11 años atrás, pero pasó el tiempo y volvimos a encontrarnos. De nuevo en La Cartuja. Ella me tranquilizaba cuando empezábamos con aquella cosa extraña de la web. "Que esto es muy fácil", me repetía. A mi lado estuvo cuando monté el primer vídeo, y quien sabe lo que eso supone comprenderá el agradecimiento que le gasto... Ahí estaba, por las mañanas, esos días de encierro, para comentar las jugadas del día, y cuando había calle, para atender los primeros titulares: paciente al teléfono, rauda en el teclado, lista para contar en tu nombre lo que estaba pasando. Otro eslabón imprescindible de la cadena.
Felipe... Felipe. Primero compañero, luego jefe, con la cercanía que eso implica, con la intensidad del roce, del entusiasmo ante los temas, de la presión cuando tocaba, del debate y el cruce de pareceres, a veces calmo, a veces no. Siempre con la base de una complicidad previa, de cuando no había galones de por medio, que nunca se perdió. Una rutina hecha de libros prestados y de exposiciones recomendadas, de favores hasta cuando se fue al lado oscuro. O sea, a un gabinete. Me regaló fuentes, y sobre todo me metió el veneno del cariño hacia los temas de memoria histórica. No creo que me abandone nunca, por suerte. Muchos guiños, Felipe, muchas cosas vividas, muy intenso todo como para condensarlo aquí, mucho bueno...
Y Olga. La que me abrió las puertas de El Correo con su ascenso, la que me recibió el primer día. "¿Eres Ángela Cañal?", le dije, pensando que ella era mi jefa. Le entró la risa floja, nunca supe si por mi pregunta o por algo previo, desconocido, y así empezó la conversación. Así descubrí que también ella fue la primera de la casa que me hizo un favor, un día que llamé, aún en la Ser, para pedir un teléfono. Movió cielo y tierra, preguntó a mil compañeros, hasta que lo logró. Hasta entonces para mí era una foto encartada en las crónicas del 11-S, la única sevillana contando lo que pasaba en Nueva York. Luego fue Olga. La única. Una de las mujeres más firmes que he conocido. Algunos dirían "de esas que tienen un par", pero igual me quedo corta si me acojo a la expresión. Hablo de sobriedad en las maneras y de cariño en el núcleo. Las apariencias, me enseñó, engañan. Mucho. Porque me ayudó con sus bromas a perder la parálisis de novata, porque me dio ideas (sobre temas, sobre fuentes, sobre cómo buscar alternativas), porque se ofrecía insistentemente a ayudarme con las páginas cuando no llegaba al cierre. Ella y su gente, fieles escuderos de una jefa a la que adoran. La llaman maestra, y saben de lo que hablan. Imposible pensar nuestra fila larga sin ella en la esquina. No. Imposible.
La lista del dolor la cierra esta vez Lola. No estaba en la redacción, sino en las entrañas de administración, quizá por eso el roce fue menor, pero fue. Siempre feliz, festiva, siempre con un piropo en la boca. Un terremoto de entusiasmo. Ella tramitó mi primera acreditación con el Gobierno de Israel, en 2006. Tres veces lo hizo, porque me perdieron los papeles. "Lola, que necesito que mandes los papeles otra vez, pero esta vez a un número más largo". "¿Pero tú dónde andas ahora?". "En Jerusalén". "Reina, allá va". Y llegó, claro, con un mensaje lleno de corazones que el funcionario de la GPO aún trata de desencriptar. A lo mejor hasta lo tiene el Mossad y todo. Mucha Lola. Valiente hace un año. Media vida dedicada a El Correo. En otro lugar se nutrirán de su alegría.
Mi gente, la que se fue, la que se va, y sobre todo la que se queda. La que ha de lidiar a diario con las noticias aguantando el peso, una losa inmensa, del adiós de sus amigos. Los que seguirán dignificando el periodismo, porque es lo que mejor saben hacer. Los que van a luchar, y están luchando, al menos para quedar roncos en la pelea. Hoy, de nuevo, a las seis en La Cartuja. De nuevo a pelear. A combatir, como decía Pavese...
"Combatiremos todavía,
combatiremos siempre,
porque buscamos el sueño
de la muerte amparados,
y tenemos voz ronca,
frente baja y salvaje,
y un idéntico cielo,
fuimos hechos para esto...
Si cedemos al choque,
sigue una larga noche
que no es paz o tregua..."
P.D. Y vean cómo se aplaude...
sábado 19 de marzo de 2011
Historias

La base de nuestro oficio es contar historias, las cosas que vive la gente, lo que les ocurre, preocupa, alegra y estremece. Vida, en resumidas cuentas. No me canso de insistir en ello. Historias son las guerras políticas, un nuevo libro que se publica, un gol (del Atleti, a ser posible). También son historias el robo a un frutero, el drama de un inmigrante, el trabajo de un médico que cura desde su laboratorio. Es lo que contamos a diario. Todas ellas tienen rostro, más o menos conocido. Son nuestra base. Pero sin el equilibrio entre calle y despachos, entre anónimos y reconocidos, el oficio se hace más plano, menos vivo, menos integrador. Es lo que creo, y quizá por eso estoy incómoda leyendo, viendo, oyendo las grandes noticias de estos días, Libia y Japón. No veo gente, veo políticos, expertos, estrategas. Necesarios, pero insuficientes. No veo a los que sufren el terremoto, a los que tratan de bloquear la radiación, no veo a los oprimidos por Gadafi, a los que sufren los bombardeos. No hablo de rostros, que también: hablo de vidas contadas. Son las consecuencias de una cobertura informativa durísima, lo sé. No es un reproche al trabajo sensacional de los compañeros. Es sólo que ansío conocer vivencias hechas carne, antes de cansarme de ver la foto fija de los correponsales de la CNN. Quizá la incomodidad procede, en parte, de que ahora tengo la suerte de escribir muchas historias sin corbatas, sin uniformes, sin moqueta, y siento la fuerza de la gente común latiendo en las palabras. Y quiero ver esa fuerza en cada titular del planeta. Coordenadas, mediciones, armamento, números, previsiones, tecnicismos... Todo periodismo indispensable. Como las historias. Esas que, depende del medio, tanto escasean. Como en la ilustración que acompaña a esta entrada, la gente se cae de los periódicos. Pero quiero creer que ahora no tenemos estas historias porque la naturaleza, la radiación o las bombas no nos dejan llegar a ellas. Que no es un síntoma más de la desaparición de las voces de base en la prensa mundial. Ahí están las revoluciones egipcia y tunecina para demostrar que no hay que ser agoreros, que se puede contar la Historia con historias. Seguro que en Libia y Japón es cuestión de tiempo que las veamos.
miércoles 16 de febrero de 2011
La 'mentira' de De Cavia
Ahora que Cercas y Espada se tiran los trastos a la cabeza, y está de moda reflexionar sobre periodismo y ficción, he recordado este artículo. El 25 de noviembre de 1891, El Liberal publicaba una noticia aterradora: "La catástrofe de anoche. España está de luto. Incendio en el Museo del Prado". La firma de Mariano de Cavia daba cuenta del horror causado en la pinacoteca por la suciedad, el desorden, los mendigos, la falta de seguridad. Tanta dejadez gubernamental acabó provocando un fuego tremendo. Ese artículo fue la base del examen que nos pusieron en Tercero de carrera, en la asignatura Periodismo y literatura. Todos analizamos sesudamente las palabras bien juntadas de don Mariano, pero nadie, ni uno, y éramos 90 alumnos, descubrió el truco: aquel artículo era un ejemplo de periodismo-ficción, porque contaba una mentira monumental. El periodista narró una trola a sus lectores para concienciarlos de la situación de penuria que atravesaba el museo. "Hemos inventado una catástrofe... para evitarla", justificó De Cavia. Así que la máxima de que el periodismo es la realidad y la literatura es la ficción saltó por los aires. Cuando el profesor, Miguel Nieto, nos desveló el secreto, se nos quedó una cara de tonto digna de retratar. Aquí va el texto, añadiendo el final, que no todos los lectores alcanzaron a leer, azorados por la noticia, (y que por supuesto no estaba en nuestro examen); en él, De Cavia deja claro que aquello no era cierto, aunque estuviera a punto de serlo. Aunque sacara a la calle a medio Madrid, indignado, como si lo fuera. Decía De Cavia que era una mentira publicada para evitar una verdad... Creo que el duelo entre Cercas y Espada va mucho más allá de los propósitos del XIX.
El incendio del Museo del Prado
Las primeras noticias
¡Noche, lóbrega noche!
A las dos de la madrugada, cuando ya no nos faltaba para cerrar la primera edición más que las noticias de última hora que suelen recogerse en las oficinas de Gobierno Civil, nos telefonean desde este centro oficial las siguientes palabras, siniestras y aterradoras:
-El Museo de Prado está ardiendo. ¡Ardiendo el Museo del Prado!...
En aquel mismo instante daban comienzo las campanas de las parroquias a sus tétricos toques. Nos echamos a la calle, y al llegar a la Puerta del Sol advertimos desusado movimiento de gentes. De los cafés, de los círculos, de los casinos, salían en revuelto tropel los trasnochadores, y el vocerío era tal, que apenas había ventana ni balcón donde no se asomarán los pacíficos vecinos, turbado el sueño por el estruendo de la calle.
-¡Qué desdicha! ¡Qué catástrofe! ¡Pobre España!... ¡Perdemos lo único que aquí tenemos presentable!...
Así hablaban las gentes, y corrían desoladas hacia el Prado, ávidas de ver para creer en tamaña desgracia, deseosos de que la realidad estuviese muy por debajo del temor. Por desgracia, los resplandores del incendio, iluminando intensamente los nubarrones apiñados sobre Madrid, parecían decir:
-¡Rechazar toda esperanza!
Un grito de angustia, seguido de violentas imprecaciones, de palabras de lástima y aún de blasfemias, se escapaba de todos los labios cuando los curiosos llegaban al Prado, y veían al monumental edificio trazado por don Ventura Rodríguez, coronado de llamas, lanzando columnas de humo hacia las nubes, y de cuando en cuando haces de chispas que semejaban luminosos residuos del espíritu de Velázquez, Murillo, Rafael, Rubens, Tiziano, Goya… No: No ardía sólo el ala de Poniente, ni el ala de Levante, ni el centro del edificio. Lo que ardía era el Museo todo, el Museo Entero, el Museo por los cuatro costados.
-Europa entera –oímos decir a un espectador- dirá mañana que España ha perdido uno de los pocos florones que quedaban en su corona. Esto es como una desmembración de la patria. Algunas personas lloraban… Otras se precipitaban hacia el edificio, siguiendo a los soldados que llegaban de los próximos carteles de los Docks. Por la puerta central salían algunos hombres arrastrando lienzos –tal vez los de menos valor, los menos interesantes- que habían logrado arrancar de los marcos, cortándolos con cuchillos y navajas. Las bombas funcionaban con dificultad que llamaríamos extraordinaria, si no fuese eso lo ordinario en semejante servicio. Ni ¿de qué podían servir unas cuantas mangas ante las proporciones del siniestro? Los chorros de agua que se lanzaban hacia el museo desde la explanada de los Jerónimos más parecían avivar la hoguera que extinguirla.
La premura del tiempo y lo angustioso de las circunstancias nos impide entrar ahora en pormenores acerca del Museo de Pinturas, ni en la descripción de sus espléndidas salas, ni en la reseña de sus riquísimos tesoros. Tiempo nos quedará para recordar a la patria lo que a estas horas está perdiendo, como lo pierden la Humanidad y el Arte, por culpa de la imprevisión oficial. Si la maldita y sempiterna imprevisión de nuestros gobiernos, ha sido el origen de esta grandísima catástrofe. Parece ser que el fuego se inició en uno de los desvanes del edificio, ocupados, como es sabido, a ciencia y paciencia de quien debiera evitarlo por un enjambre de empleados y dependientes de la casa. Allí se guisaba, allí se encendía fuego para toda clase de menesteres caseros, allí se olvidaba que una sola chispa podía bastar para la destrucción de riquezas incalculables… los suelos y la techumbre eran, por otra parte, inmejorables agentes para el elemento destructor, gracias a la endeblez y combustibilidad de sus tablones y cañizos, poco menos que desnudos. Un brasero mal apagado, un fogón mal extinguido, un caldo que hacer a media noche, una colilla indiscreta… ¡y adiós, Pasmo de Sicilia! ¡Adiós Sacra Familia del Pajarito! ¡Adiós testamento de Isabel la Católica! ¡Adiós Vírgenes y Cristos, Apolos y Venus, héroes y borrachos, reyes y bufones, diosas de Tiziano y anacoretas de Ribera, visiones de Fra Angélico y desahogos de Teniers!
Inmensa debiera ser la responsabilidad para los que no han querido cortar abusos a tiempo y conjurar peligros oportunamente: pero ¿qué es en España la responsabilidad? Una palabra hueca.
Ultima hora
Con lágrimas en los ojos, cerramos apresuradamente esta edición, reproduciendo la siguiente carta que nos envían desde el siniestro: “Amigo y director: Creo que, para ser ésta la primera vez que ejerzo como reportero, no lo hago del todo mal. Ahí va, en brevísimo extracto, la reseña de los tristes sucesos… que pueden ocurrir aquí el día menos pensado. Tuyo, Mariano de Cavia.”
MARIANO DE CAVIA.
(Artículo propiedad del Diario ABC).
El incendio del Museo del Prado
Las primeras noticias
¡Noche, lóbrega noche!
A las dos de la madrugada, cuando ya no nos faltaba para cerrar la primera edición más que las noticias de última hora que suelen recogerse en las oficinas de Gobierno Civil, nos telefonean desde este centro oficial las siguientes palabras, siniestras y aterradoras:
-El Museo de Prado está ardiendo. ¡Ardiendo el Museo del Prado!...
En aquel mismo instante daban comienzo las campanas de las parroquias a sus tétricos toques. Nos echamos a la calle, y al llegar a la Puerta del Sol advertimos desusado movimiento de gentes. De los cafés, de los círculos, de los casinos, salían en revuelto tropel los trasnochadores, y el vocerío era tal, que apenas había ventana ni balcón donde no se asomarán los pacíficos vecinos, turbado el sueño por el estruendo de la calle.
-¡Qué desdicha! ¡Qué catástrofe! ¡Pobre España!... ¡Perdemos lo único que aquí tenemos presentable!...
Así hablaban las gentes, y corrían desoladas hacia el Prado, ávidas de ver para creer en tamaña desgracia, deseosos de que la realidad estuviese muy por debajo del temor. Por desgracia, los resplandores del incendio, iluminando intensamente los nubarrones apiñados sobre Madrid, parecían decir:
-¡Rechazar toda esperanza!
Un grito de angustia, seguido de violentas imprecaciones, de palabras de lástima y aún de blasfemias, se escapaba de todos los labios cuando los curiosos llegaban al Prado, y veían al monumental edificio trazado por don Ventura Rodríguez, coronado de llamas, lanzando columnas de humo hacia las nubes, y de cuando en cuando haces de chispas que semejaban luminosos residuos del espíritu de Velázquez, Murillo, Rafael, Rubens, Tiziano, Goya… No: No ardía sólo el ala de Poniente, ni el ala de Levante, ni el centro del edificio. Lo que ardía era el Museo todo, el Museo Entero, el Museo por los cuatro costados.
-Europa entera –oímos decir a un espectador- dirá mañana que España ha perdido uno de los pocos florones que quedaban en su corona. Esto es como una desmembración de la patria. Algunas personas lloraban… Otras se precipitaban hacia el edificio, siguiendo a los soldados que llegaban de los próximos carteles de los Docks. Por la puerta central salían algunos hombres arrastrando lienzos –tal vez los de menos valor, los menos interesantes- que habían logrado arrancar de los marcos, cortándolos con cuchillos y navajas. Las bombas funcionaban con dificultad que llamaríamos extraordinaria, si no fuese eso lo ordinario en semejante servicio. Ni ¿de qué podían servir unas cuantas mangas ante las proporciones del siniestro? Los chorros de agua que se lanzaban hacia el museo desde la explanada de los Jerónimos más parecían avivar la hoguera que extinguirla.
La premura del tiempo y lo angustioso de las circunstancias nos impide entrar ahora en pormenores acerca del Museo de Pinturas, ni en la descripción de sus espléndidas salas, ni en la reseña de sus riquísimos tesoros. Tiempo nos quedará para recordar a la patria lo que a estas horas está perdiendo, como lo pierden la Humanidad y el Arte, por culpa de la imprevisión oficial. Si la maldita y sempiterna imprevisión de nuestros gobiernos, ha sido el origen de esta grandísima catástrofe. Parece ser que el fuego se inició en uno de los desvanes del edificio, ocupados, como es sabido, a ciencia y paciencia de quien debiera evitarlo por un enjambre de empleados y dependientes de la casa. Allí se guisaba, allí se encendía fuego para toda clase de menesteres caseros, allí se olvidaba que una sola chispa podía bastar para la destrucción de riquezas incalculables… los suelos y la techumbre eran, por otra parte, inmejorables agentes para el elemento destructor, gracias a la endeblez y combustibilidad de sus tablones y cañizos, poco menos que desnudos. Un brasero mal apagado, un fogón mal extinguido, un caldo que hacer a media noche, una colilla indiscreta… ¡y adiós, Pasmo de Sicilia! ¡Adiós Sacra Familia del Pajarito! ¡Adiós testamento de Isabel la Católica! ¡Adiós Vírgenes y Cristos, Apolos y Venus, héroes y borrachos, reyes y bufones, diosas de Tiziano y anacoretas de Ribera, visiones de Fra Angélico y desahogos de Teniers!
Inmensa debiera ser la responsabilidad para los que no han querido cortar abusos a tiempo y conjurar peligros oportunamente: pero ¿qué es en España la responsabilidad? Una palabra hueca.
Ultima hora
Con lágrimas en los ojos, cerramos apresuradamente esta edición, reproduciendo la siguiente carta que nos envían desde el siniestro: “Amigo y director: Creo que, para ser ésta la primera vez que ejerzo como reportero, no lo hago del todo mal. Ahí va, en brevísimo extracto, la reseña de los tristes sucesos… que pueden ocurrir aquí el día menos pensado. Tuyo, Mariano de Cavia.”
MARIANO DE CAVIA.
(Artículo propiedad del Diario ABC).
miércoles 9 de febrero de 2011
"Defensa de la alegría"
PAQUI ARIAS, DEFENSA DE LA ALEGRÍA, por Alejandro Luque.-
De unos versos de Benedetti con música de Serrat extrajo Paqui Arias su lema. Entendió que la alegría, más que un estado de ánimo, es un verdadero oficio que exige dos talentos: perseverancia y generosidad. Alegre vocacional y a tiempo completo, prodigó su sonrisa a manos llenas y por los cinco continentes. Cualquiera que se haya cruzado en su camino, ya sean escritores famosos o camareros, vendedores del mercado o revisores de tren, conserva de ella un recuerdo perdurable.
Es imposible, pues, pensar en Paqui sin sonreír. Y mucho más recordar sus peripecias sin acabar riendo hasta las lágrimas. Allí donde recalara, una playa perdida del Pacífico o una populosa ciudad de la India, a los cinco minutos había trabado amistad con todo el mundo y roto dos o tres corazones. No necesitaba conocer el idioma vernáculo: dominaba el esperanto de la naturalidad y el desenfado. Era suficiente. Al marcharse, invariablemente, la gente del lugar quedaba desconsolada y anhelando su vuelta, que era el estado habitual de quienes la queríamos aquí, en su Gerena natal y en Sevilla.
Será por eso que nadie cree que se haya ido de veras, y sí que este adiós no es sino otro de sus embarques, que pronto volverá contando aventuras y repartiendo besos y regalos. No lo creen los parroquianos de los boliches porteños, ni las mujeres cubiertas con túnicas de colores de Rajastán. Nunca han suspirado tanto los muelles desde Marsella a Mayotte. En Delhi y en Bogotá tampoco se resignan. Hay quien asegura haberla visto bailando en la vieja noche de las islas griegas, y no faltan los surfistas que a veces, entre festones de espuma, la reconocen caminando bajo el sol de Australia.
Su desparpajo, su risa contagiosa, con esa afonía inconfundible; la mirada felina que proyectaba sobre el mundo, son ya indelebles, como su torrencial sentido de la amistad. Pero no lo es menos el coraje y la lucidez con que afrontó los reveses de la suerte. Aquello que escribió hace unos meses, “Es hora de pelear”, parece el rubro de estos tiempos duros, turbios, inclementes. Vendrán muchas ocasiones para preguntarnos cómo habría reaccionado Paqui ante esta o aquella adversidad, y tratar de emular su ejemplo y el de su familia. Ojalá nos asista entonces su valor y su fortaleza, pero también su capacidad para celebrar las bonanzas y paladear ese licor escurridizo que llamamos felicidad.
Eso ha sido, eso es Paqui, y muchas cosas más. Una rebelde, una hedonista irredenta, una cómplice, una tenaz cazadora de emociones, una cautivadora femme fatale, una amenísima y vehemente conversadora, una mujer ferozmente libre. Muchos de nosotros la conocimos gracias al periodismo: el oficio más bonito del mundo, dicen, después de la Alegría.
De unos versos de Benedetti con música de Serrat extrajo Paqui Arias su lema. Entendió que la alegría, más que un estado de ánimo, es un verdadero oficio que exige dos talentos: perseverancia y generosidad. Alegre vocacional y a tiempo completo, prodigó su sonrisa a manos llenas y por los cinco continentes. Cualquiera que se haya cruzado en su camino, ya sean escritores famosos o camareros, vendedores del mercado o revisores de tren, conserva de ella un recuerdo perdurable.
Es imposible, pues, pensar en Paqui sin sonreír. Y mucho más recordar sus peripecias sin acabar riendo hasta las lágrimas. Allí donde recalara, una playa perdida del Pacífico o una populosa ciudad de la India, a los cinco minutos había trabado amistad con todo el mundo y roto dos o tres corazones. No necesitaba conocer el idioma vernáculo: dominaba el esperanto de la naturalidad y el desenfado. Era suficiente. Al marcharse, invariablemente, la gente del lugar quedaba desconsolada y anhelando su vuelta, que era el estado habitual de quienes la queríamos aquí, en su Gerena natal y en Sevilla.
Será por eso que nadie cree que se haya ido de veras, y sí que este adiós no es sino otro de sus embarques, que pronto volverá contando aventuras y repartiendo besos y regalos. No lo creen los parroquianos de los boliches porteños, ni las mujeres cubiertas con túnicas de colores de Rajastán. Nunca han suspirado tanto los muelles desde Marsella a Mayotte. En Delhi y en Bogotá tampoco se resignan. Hay quien asegura haberla visto bailando en la vieja noche de las islas griegas, y no faltan los surfistas que a veces, entre festones de espuma, la reconocen caminando bajo el sol de Australia.
Su desparpajo, su risa contagiosa, con esa afonía inconfundible; la mirada felina que proyectaba sobre el mundo, son ya indelebles, como su torrencial sentido de la amistad. Pero no lo es menos el coraje y la lucidez con que afrontó los reveses de la suerte. Aquello que escribió hace unos meses, “Es hora de pelear”, parece el rubro de estos tiempos duros, turbios, inclementes. Vendrán muchas ocasiones para preguntarnos cómo habría reaccionado Paqui ante esta o aquella adversidad, y tratar de emular su ejemplo y el de su familia. Ojalá nos asista entonces su valor y su fortaleza, pero también su capacidad para celebrar las bonanzas y paladear ese licor escurridizo que llamamos felicidad.
Eso ha sido, eso es Paqui, y muchas cosas más. Una rebelde, una hedonista irredenta, una cómplice, una tenaz cazadora de emociones, una cautivadora femme fatale, una amenísima y vehemente conversadora, una mujer ferozmente libre. Muchos de nosotros la conocimos gracias al periodismo: el oficio más bonito del mundo, dicen, después de la Alegría.
domingo 6 de febrero de 2011
Paqui
Son poco más de las seis de la tarde aquí, tan lejos. Dentro de una hora, será su entierro. A la misma hora, pero en Gerena, en su tierra. Un correo maldito, a medio encajar en mitad de una manifa pro-revolución egipcia en Ramala, me trajo la noticia. Paqui ya había exprimido hasta la última gota de su vida. Hace un par de meses que sabía de su pelea por la dignidad y por la supervivencia. Parecía impensable, por ese pálpito infantil que tenemos de que a los nuestros, a los buenos, a los que queremos, no les puede pasar nada. Hace mucho que no la veía, demasiado, desde un encuentro fugaz en la Alameda. "Rengelilla, ¿qué pasa? ¿Dónde te metes?". Poco tiempo coincidimos en nuestro Correo, pero lo suficiente para quererla y admirarla. Por vitalista, por espíritu libre, por ser la mejor de las mejores escribiendo en aquel maravilloso Correo de la Provincia, por independiente, por franca, por consejera y compañera. Muchos paseos a nuestra mesa, la de los "andaluces", para ver a la Cañal, y siempre con un guiño, una broma, una mano rápida que revolvía el pelo a modo de saludo. Paqui, grande Paqui, que supo vivir siempre con la amenaza del adiós, dándonos a todos una lección de sabiduría. Periodista curiosa, con la empatía que sólo generan las buenas personas, próxima siempre. Yo sólo rocé sus días, ella sólo rozó los míos, pero esa luz, su luz, siempre ha estado presente. Los que la conocen mejor, los que la quieren más, saben de lo que hablo. Con ellos estoy ahora, con su dolor y su vacío. Espero que les reconforte el recuerdo de su batalla y su sonrisa. No es un tópico: en ella cada fibra era tenacidad, voluntad, vida. Eso nos deja, hasta que la veamos de nuevo. Se la quiere...
viernes 4 de febrero de 2011
Yo quiero ser periodista (del New York Times)
P.D.: Gracias a mi amigo Óscar Miró por este regalillo...
jueves 27 de enero de 2011
Periodistas de gueto
El Holocausto nazi fue el mal absoluto. Hoy lo recordamos en el día internacional que conmemora la liberación del campo de Auschwitz, 66 años atrás. Quien más y mejor hace por mantener viva la memoria de aquel horror es el Yad Vashem, el Museo de la Memoria del Holocausto de Jerusalén. Ir allí es sentir el latido de la vida, la sombra de la muerte, las tripas encogidas por el miedo y el odio desaforado, el corazón ensanchado por la grandeza y fortaleza del ser humano. Entre las millones de historias que guardan sus paredes también hay algunas de periodistas, cómo no. O de protoperiodistas, o de "periodistas-ciudadanos", de gente, en fin, que quiso contar lo que le pasaba a la gente, incluso en semejantes circunstancias; o quizá por eso.Hay una foto que siempre me estremece: una señora rubia, con traje veraniego (la guerra acabó allá por mayo), tacones y una salud estupenda, se tapa la boca, entre el llanto y el asco, al ver los cadáveres de los asesinados en los campos, tirados en una pradera verde. Ella es de las que no sabía o no quiso saber. Pero incluso en los campos, incluso en los guetos, hay quien contó lo que pasaba, para que el mundo supiera. Están los chavales del Lodz Ghetto Chronicle, que durante tres años y medio hicieron un boletín de su barrio, cerrado como una jaula, contando los nuevos racionamientos, los toques de queda, los estrenos en el pequeño teatro que seguía en pie. Su experiencia pasó a ser un libro en los 80, entre otros, con la colaboración de Arie Ben-Menachem, un fotógrafo que retrató a las gentes del gueto polaco. Fue el único superviviente de aquel equipo de reporteros.
En el gueto de Kovno, los judíos lituanos formaron una pandilla, The Chroniclers, compuesta por jóvenes inquietos que aportaban sus pequeñas crónicas diarias al servicio de la comunidad. Crearon hojillas baratas o bandos con narraciones (tan dados son los judíos a la cultura del muro y el cartel). Entre ellos estaban Esther Lurie, Jacob Lifschitz, Josef Schlesinger...
Quizá la mayor tarea de documentalistas la hicieron Ruda Stadler, John Freund y sus amigos de Budejovice, Checoslovaquia, The underground reporters, que editaron un periódico que incluyó hasta poesías y cuentos y, con sus escasos medios, trataron de grabar los testimonios de sus vecinos de infierno, para que su voz quedase, para que no se perdiera el relato de sus vidas, sus costumbres, sus refranes y recetas. Aquello que los nazis quisieron borrar para siempre matando a los judíos.
"Ser escritor, al menos cierto tipo de escritor, significa vivir rodeado de pánico percibiendo a tu alrededor bultos que pasan de un compartimento a otro con los calcetines mojados. Y tú eres uno de esos bultos: aquel que, por encima o por debajo del miedo, está poseído por la necesidad de contarlo, aunque las posibilidades de que alguien lo lea sean muy escasas", escribe Juan José Millás en uno de mis artículos de cabecera. Eso es lo que ellos sentían: la necesidad de contar por encima del horror, de seguir narrando la vida incluso en la muerte. El ansia de dejar constancia del paso del tiempo, añadida a la de ejercer el papel de testigos de un crimen. Periodistas de gueto. Hoy el recuerdo es para ellos y para los siete millones de muertos que dejó Adolf Hitler. Para que siempre estén presentes, para que no se repita.
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