martes, 22 de diciembre de 2015

Pepón

Durante muchos meses no pude llamarte "Pepón". Eras don José Luis Jurado, el mito de RNE, la voz. ¿Cómo iba a tomarme esas confianzas? Y luego, un día, haciendo una guardia esperando a ver si se fusionaban El Monte y San Fernando, sentados en un bordillo en Villasís, me arreglaste el marantz viejuno y yo pude entrar en mi Hora 20. Y me salvaste. Y me salió: "¡Gracias, Pepón!". "Mira que te ha costado", dijiste riendo. Luego me felicitaste por la crónica. Tú. Creo que nunca te expliqué lo que eso supuso para mí. 
Desde aquellos 20 años, ya no nos dejamos. No eras el colega con el que me iba de cafés y de cine, no, pero sí mi libro gordo de Petete municipal, mi oráculo, mi mapa por Sevilla. Cuanto menos nos vimos, más nos acercamos. La culpa fue de Jerusalén y de tus cuidados paternales, de tu atención en la distancia, las crónicas de viaje compartidas, los recuerdos de tus rutas cruzados con los míos. Las canciones. Y, así, ahora tengo un tesoro de mensajes de Facebook que dan muestra de lo que hemos pedido hoy con tu adiós: un hombre tierno, íntegro, curioso, apasionado y humanísimo. Releo todo lo que nos dijimos -ay, Leguineche, el Islam, el jazz...- y constato tu bondad y tu saber. Y, por tanto, el enorme agujero que nos dejas. 
No me sale lo que quiero decir. Quizá baste un gracias, pero multiplicado mil millones de veces, a ver si me aproximo al menos a lo que te debemos. 
Mejor que hable este temazo que me descubriste, "todo un alegato a la vida y a sus desafíos". Hasta pronto, amigo.

martes, 13 de enero de 2015

Gracias, colegas

Aquí va el "urgente" de una tarde de emociones desatadas. La cosa se viene resumiendo en incredulidad, nervios, llanto, risa floja, más llanto, tembleques variados y éxtasis final agotador, todo entreverado, creo, de cinco cargas de batería completas del Samsung (y lo que queda). Esto es lo que desata la generosidad de mis compañeros de la Asociación de la Prensa de Sevilla. Esta es la alegría que no merezco.
Están locos estos romanos... ¿Cómo se les ha ocurrido darme un premio por hacer lo que todos hacemos, eh? ¿Pero en qué cabeza cabe? Como si Sevilla no estuviera cuajada de periodistazos en cada esquina... En serio, es que no os entiendo. Pero os lo agradezco. Enormemente. Con el corazón dando brincos. Con el pulso desbocado. Con el alma dichosa. Porque no hay mayor halago que el de un colega de la tribu que sabe leer, que sabe escuchar, y que sabe lo que cuesta a veces contar historias. Y porque no sabéis lo que supone vuestro aliento en este momento, cuando empiezo de nuevo a regar las calles de currículos tras la aventura jerosolimitana (nunca acabada, porque nunca me iré. De allí soy).
En este instante soy incapaz de contestaros a todos, a tanta gente buena que sé que comparte este estallido de sonrojo y júbilo. Pero lo iré haciendo. De momento, os mando desde este baluarte nunca del todo olvidado mi infinito agradecimiento, a la APS con Rafael Rodríguez al frente, a los que votaron, a los que presentaron la candidatura y a los que hoy habéis sonreído sabiéndome feliz. Nos vemos en Sevilla.
GRACIAS, COLEGAS

viernes, 1 de noviembre de 2013

El crimen de El Correo

Lejos, a 4.000 kilómetros largos de Sevilla, no sé cómo hacer para que llegue mi conciencia sublevada allí donde está mi gente, la de El Correo de Andalucía, que está aguantando a lo peorcito del empresariado patrio, gente de chanchullo que compra por un euro un diario más que centenario, ADN de una ciudad que tampoco veo moverse ante la joya que amenaza con perder.
Bien. Toda empresa tiene derecho a recortar y a cerrar incluso si va mal. Correcto. Pero esta historia, este crimen, va mucho más allá de la manida crisis, lleva la impronta de la premeditación –cómo nos quitamos el marrón de encima sin mancharnos demasiado- y del desprecio –el que ha demostrado su propietario hasta hace dos días, el Grupo Alfonso Gallardo, y el que empieza a evidenciar el supuesto comprador, Diego Israel Castrejón Barco, señor tenebroso que ha tornado la esperanza en terror y desconcierto-. El Correo, desde 2010, ha pasado por tres bloques de despidos, si no he perdido la cuenta, y por varios recortes salariales para los que se quedaron dentro, peleando. Hoy hay 53 empleados sobre el abismo, mirando de reojo el fondo con el hambre que dan las nóminas sin cobrar y, aún así, haciendo equilibrios, tratando de llevar sus ojos al frente para ver lo que pasa en Sevilla y en el mundo y así contárselo a ustedes, sin firmas, que toca protestar, pero con la maestría y la entrega a que nos tienen acostumbrados. Con orgullo, el que da saber que se trabaja en un medio “honorable”, esa etiqueta que nos exigió el cardenal Spínola al fundar El Correo hace casi 115 años.
Honor y “orgullo”, como ha etiquetado mi colega Antonio Delgado-Roig una foto que me compaña en Jerusalén, de un ramillete de trabajadores –cinco años atrás, en la Avenida de la Constitución, con las portadas históricas del diario en su 110 aniversario-. Muchos ya faltan, faltamos. Por unas razones o por otras. Los que quedan no saben si la de hoy será su última edición. Lo que me sale al verla es un susurro arrastrado como el que saca mi madre cuando ve en la tele a un maltratador asesino, a un terrorista, a gentuza de ese calado: “¡Canalla!”. Eso quisiera gritarle a los que están asesinando a mi periódico.
No lo era, lo confieso, hasta que comencé a trabajar en él, estudiante de El País diario e hija de fiel lector de ABC como llegué. Pero El Correo era, indudablemente, una institución en la ciudad, una escuela de oficio, una casa seria que hasta los alumnos con ganas de Internacional, que aún no habíamos probado el elixir de amor eterno con el periodismo local, teníamos por admirable. Su redacción la pisé por primera vez, en realidad, en Segundo de carrera, para entrevistar a Paqui Godoy, cosa de un trabajo. Me llevó de la mano Rocío Rodríguez Jurado. Por allí nos presentaron a un joven argentino, Claudio Guarino, que estaba recién llegado. Aún se imprimía en la rotativa de la Carretera Amarilla la hoja parroquial de los domingos. Olía a aventura. Luego volví con contrato. Cañal, Reviejo, Ibáñez. Los que saben asentirán con la cabeza. Sí, mucha suerte. Enorme sección. Mucho bueno cerca.
Con los días vino todo, el aluvión de sensaciones intensísimas, de lecciones aprendidas, de batacazos y de alegrías, de roces y más compañerismo –ese primer diciembre, con Antonio Ramos Espejo y los chicos de Muchodeporte recogiendo el Andalucía de Periodismo... nunca hasta entonces había visto a un equipo tan feliz...-. El Correo de mi vida, ha titulado el gran Manolo Bohórquez su defensa de nuestra casa. Desde que llegué, para siempre, ya siempre también fue de la mía, de mi vida, llenó mis días durante nueve años, un tiempo en el que casi no había nada más que su redacción y su gente. No todo fue rosa, qué va, pero lo bueno fue infinitamente más brillante, más preciado. El Correo me regaló a mis mejores amigos y, sobre todo, a la gente a la que cada día cité en mis noticias, a la que entrevisté, a la que conocí de pasada o en profundidad; El Correo me llenó los ojos de paisajes que, sin el periodismo, sin mi diario, nunca hubiese contemplado.
Dejemos el “yo”. Todo esto se resume en algo muy simple que quiero decir, para quien escuche: El Correo no puede morir. Ha insuflado vida a cada uno de sus redactores, fotógrafos, diseñadores, administrativos… y ellos, con su labor, han entregado a Sevilla un mundo tamizado con las artes de los buenos contadores de historias, leales y comprometidos. Recuerden los años peleones del cura Javierre y su hoja de información laboral, sin ir más lejos. Los que hoy tiemblan por su futuro les han narrado a ustedes las elecciones de la democracia, un 11-M y un 11-S, les han dado voz cada vez que denunciaban algo –usted, portavoz vecinal, ecologista, madre de alumno-, les han puesto en bandeja la plata la información más útil para disfrutar de su feria o su Semana Santa, les han desmenuzado un pleno del Parlamento –o peor, una comisión-, han vibrado con ustedes en cada victoria del Betis o del Sevilla...
El Correo no puede morir porque no es sólo una empresa, por mucho que nos digan en la facultad y nos insista la realidad tozuda. No. Un medio de comunicación centenario, el decano de la prensa de Sevilla, es más que una cuenta de resultados. Y lo han tratado como si fuera un saco de patatas, sin conocimiento del mercado que se traía entre manos, sin cariño cuando es, en su raíz, una familia, no un ramillete de asalariados. Un euro. Ni lo que vale el periódico en el kiosco. Los nuevos amos se han puesto precio ellos solitos, precio a su alma turbia que nada sabe de periodismo ni de educación. La de El Correo no tiene precio. Es el alma inmemorial del contador de la vida, hecha de tinta y palabras. Ante este crimen brutal no vale la condena, las lágrimas. No sólo. No entiendo qué hace mi ciudad, que no se mueve cuando le quieren rajar la garganta y callar su voz.
Se acabó el desahogo caótico. Compañeros de El Correo, buen cierre hoy, y mañana y siempre. Valor y fortaleza para lo que viene. Que paséis de la agonía a la resurrección. 

viernes, 24 de febrero de 2012

Cierra 'Público'

Hace un par de días me tocaba contar en la distancia la muerte de dos periodistas, Marie Colvin y Remi Ochlik, en Homs, Siria. Dos voces silenciadas que nunca más contarán historias. El cierre de un periódico no es algo tan definitivo, es una voz coral que calla, pero los reporteros y fotógrafos y diseñadores pueden seguir narrando a la gente lo que le pasa a la gente. ¿Sí? ¿Seguro? La crisis nos ha dejado tan pocas posibilidades que parece, hoy, que el fin de un medio es una condena de muerte para sus periodistas. ¿Dónde irán ahora? ¿Dónde encontrarán un altavoz para contar la vida? Sí, estamos en la era de las tecnologías, todo el mundo puede tener un blog, su twitter y esas cosas, pero ninguno de estos escaparates dan para la barra de pan y, maldición, los periodistas somos más humanos de lo que muchos creen y necesitamos comer para vivir, para seguir escribiendo historias.
Cierra Público y yo hoy pienso en esa voz necesaria, diferente, que dejará de resonar pero, sobre todo, en los amigos, en los compañeros que empezarán a pelear en la calle por un rincón donde hacer periodismo, ese medio tan extraño que han elegido como forma de vida. Para mí no es un periódico más. Ideologías aparte, Público es especialmente entrañable porque tiene en nómina a algunos de mis mejores maestros y amigos: Raúl Bocanegra, Olivia Carballar, Alicia Gutiérrez, Alberto Cabello, Ángel Munárriz, María Serrano y ese delegado, Antonio Avendaño, paisano con el que nunca he compartido redacción pero que tiene mucha culpa de que hoy me vayan bien las cosas, de que pisara esta tierra con el entusiasmo recobrado y con esperanza, perdida en los últimos años. Les tomó el relevo, aquí, el inmenso y adorable Eugenio García Gascón, nuestro decano. Inconcebible que le obliguen a parar la máquina de contar esta tierra.
Como lectora les debo emociones, indignaciones, mucho aprendido, mucho descubierto. Como profesional, lecciones magistralmente humildes de cómo se ejerce este oficio. Como amiga... eso no tiene cabida en este blog. Público, además, nació en septiembre de 2007, a la par que yo daba mis primeros pasos en Defensa, para las dos partes fueron días de júbilo y nervios y satisfacciones compartidas. Imposible no encariñarse con el rumbo de ese medio.
Hoy me duele la cabecera y me duelen los míos. Hoy querría tener dinero y montar ese periódico de ensueño (en papel, sí, en papel) y contratar hasta la eternidad a esos que hoy quedan huérfanos de patrón. Y pedirme el puesto de becaria para mirarlos de cerca, y aprender, aprender, aprender...
Confío aún en la justicia con los hombres y las mujeres que pelean en la vida, por eso aguardo un buen futuro para los redactores de Público, excelentes cronistas del día a día. Ellos lo merecen y el oficio los necesita. Larga vida a los buenos.

jueves, 19 de enero de 2012

Juanlu

Ya no sé si nos dijimos hola antes, en alguna quedada o cruce de saludos con Beatriz Romero de por medio, pero el primer recuerdo que tengo de él es el de una noche cómplice, en la Sala Villasís de Sevilla, a cada cual más espídico mientras nos empapábamos, casi memorizábamos, cada una de las palabras que iba pronunciando Carlos Llamas en aquel Hora 25 en directo. Mi madre me diría después: "Vaya muchacho más apañao". Era más que eso, como me demostró desde aquella noche: un compañero de sueños, de inquietudes, el reportero hecho carne. Un compadre con el que hablar incansablemente de periodismo y vida. De esas personas que, aún en la lejanía, aún con apenas un puñado de encuentros de por medio, sabes que son de los tuyos. Feeling, dicen los modernos. Comunión, prefiero yo. Idealista pero no voluntarista sino voluntarioso, fue dando pasos en el oficio, sin olvidarse de sus principios y valores, hiciera lo que hiciera en cada fase. Nunca compartimos una redacción, ni una rueda de prensa, apenas los pasillos de la facultad, pero él, que nunca dejó de seguirme los pasos (nunca), propició que, al fin, a los diez años de aquella primera toma de contacto, nos convirtiéramos en compañeros: una de esas cadenas maravillosas de las redes sociales me puso en línea con Patricia Simón, subdirectora de Periodismo Humano, una historia que interesa ("¿Podrías escribirla para PH?"), una confianza que cuaja, una colaboración que me regalaron entre los dos. Ya era hora, Juanlu, ya compartíamos cabecera, y qué cabecera. La soñada. Luego, un año y medio de historias contadas. Hoy Juanlu cierra edición en PH y me he dado cuenta de pronto de que nunca le di las gracias realmente por abrirme las puertas de la web, por permitirme estar cerca. Es el momento. Gracias por ser un buen compañero, por el aliento, por los ánimos y la complicidad. Gracias por crear de la nada ese medio que me da altavoz para las historias que siempre soñé contar. Y gracias, como lectora, por hacer periodismo del bueno, del mejor, desde la denuncia, la solidaridad y el compromiso. "La vida tiene forzosamente que ser generosa con los que tanto luchan por confiar en ella", le decía Carlota Bruner al capitán Xaloc en La piel del tambor, de mi idolatrado Pérez-Reverte. Confío ciegamente en ello, en que a los buenos, a los que pelean, les llega su momento y su recompensa. Aún quiero pensar que hay justicia en el mundo. Por eso no te deseo suerte, sino justicia, la que merecerás por el trabajo que, sin duda, acometerás de ahora en adelante con igual tesón y entrega. Donde sea. Te seguiremos los pasos allá donde vayas. Ahora, además, con el orgullo de haberte podido llamar compañero. Te echaré de menos.

miércoles, 1 de junio de 2011

Eugenio, Mónica, Luis

Luis de Vega, Mónica G. Prieto y Eugenio García Gascón, en Segovia. / R. Blanco, segoviaudaz.es


En los años de facultad solía acumular en casa pilas de periódicos para recortarlos cada fin de semana. Todo lo que se hubiera publicado sobre Oriente Próximo, algo de Cultura, cualquier noticia que informara o reflexionara sobre el periodismo. Había de todos los tipos, colores y tendencias, los que compraba yo, los que traía mi padre, los que mangaba en la facultad, los que ya habían leído los compañeros... Me gustaba llegar a las portadillas de Internacional de Diario de Sevilla porque allí estaban, impecables, las crónicas de Eugenio García Gascón firmadas en Jerusalén. Muchas hojas amarillean ahora en casa de mis padres, con su firma abriendo; muchas fotocopias de sus reportajes han ido encartadas como anexos en trabajos de la carrera, siempre con el monotema a cuestas. Cuando fichó por Público le puse cara, lo desvirtualicé por su Balagán, su blog. Allí conocí su biografía. "Anda, el antiguo de Colpisa, con lo que me gusta...", me repetía. Eso ocurría en 2007. Hace ahora casi un año, me quise hacer vecina de Eugenio y de toda la trupe maravillosa de corresponsales españoles que reside en Jerusalén, y a él fui a pedirle ayuda. Fue el primero que escuchó mis dudas, mis miedos, mis ruegos. Ante un nescafé, en su terraza de Rehavia, con su perro jugueteando a mis pies. Eugenio escuchó -como siempre-, callado y concentrado, serio, como si fuera cosechando respuestas poco a poco. Luego, las regaló como suele, con una amabilidad que desarma, con una preocupación sincera impagable para quien empieza a gatear apenas. No sólo es que sea un hombre bueno, es que es el que más sabe, porque es nuestro decano en la zona. Y es tan generoso que no se guarda nada para sí. 20 años de vivencias a tu disposición. Pese a tanto recorrido, guarda la capacidad de sorprenderse, de indignarse, de entusiasmarse. Todo ayuda para que sea el eje, el patriarca de las quedadas del oficio en la ciudad, el que nos aglutina a todos.

Eugenio es noticia estos días porque ha sido galardonado con el Premio Cirilo Rodríguez, que lo distingue como el mejor corresponsal español en el exterior. Ahí está, junto a los grandes como él: Enric González (no os canso más, buscad unos cuantos post más abajo, ahí está la explicación de mi adoración plena y eterna), Manu Leguineche, Soledad Gallego-Díaz, Gervasio Sánchez, Ramón Lobo, Rosa María Calaf, Javier Espinosa, José Luis Márquez, Tomás Alcoverro, Evaristo Canete... Contra tantos quilates de buen periodismo, hay afirmaciones que sobran. Y que merecen una disculpa pública.

Reconozco que este año tenía el corazón dividido. Mucho cariño le tengo a los tres nombres seleccionados para la final: Eugenio, Mónica G. Prieto y Luis de Vega. Con Mónica tengo el privilegio (inimaginable hace apenas 10 meses) de compartir medio, Periodismo Humano, esa casa acogedora donde siempre hay calor y cariño y receptividad, el medio que me la ha puesto en suerte. Un honor poder llamar compañera a la que es una maestra desde que empezó a recorrer y contar el mundo. Tenía 19 años. Admiro su compromiso con los derechos humanos, su indignación con lo injusto, la firmeza de sus análisis, certeros y clarificadores. Y la amabilidad, de nuevo, con los que no tenemos ni idea pero queremos aprender. Luis de Vega es una firma que busco con ansia en ABC. Tan vivo en sus crónicas que palpas cada historia, escritas con una lucidez y un estilo envidiables. Sin conocerlo, lo quiero. Quizá por la sonrisa de mi amiga Fátima Vila (otra grande), gaditana como Luis, cuando lo describe como entrañable, divertido, servicial. Un buen tipo que contaba las cosas que a Marruecos no le hacían gracia...

Buenos periodistas que cuentan lo que pasa fuera, oficio puro, batalla diaria por informar desde lugares complicados para que luego nadie pueda decir "no lo sabía". Mientras haya eugenios y mónicas y luises, el periodismo estará vivo.

viernes, 6 de mayo de 2011

"Lo tengo"

"Teníamos (...) a la extraordinaria Maxine Cheshire, "la indecente Max", como la conocían en la redacción. Maxine era hija del director de una mina de carbón de Harlan Country, Kentucky, y no temía a nadie. Una vez fue descrita admirablemente por uno de sus jefes en Harlan Country como "cien por cien, la reportera más dura que he visto nunca". El problema de Maxine, si es que era un problema, radicaba en su total entrega al periodismo de investigación. Escribía tanto sobre las irregularidades financieras de un empresario extranjero como de su comportamiento social. Probablemente pasé más tiempo apagando los fuegos que encendió Maxine que los que encendió cualquier otro periodista, a excepción del que prendieron Woodward y Bernstein en 1972. Pero era divertido trabajar con ella e increíble verla una vez que había hincado sus dientes en alguien. "Lo tengo", decía tranquilamente, "lo tengo". Y generalmente lo tenía".
Ben Bradlee, La vida de un periodista, Ediciones El País, Madrid, 2000.
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Esta parrafada de Bradlee me ha recordado a otra mujer fuerte que investiga como nadie y que, cuando engancha, engancha. La maestra Alicia Gutiérrez.

miércoles, 27 de abril de 2011

De nuevo...

Pensábamos que ya no más, que 13 nos fuimos y que éramos suficientes. Que esa frontera de dolor no habría que cruzarla de nuevo. Que el sacrificio de los que quedaban daría de nuevo verdor a las cuentas. Pero no ha sido así. Uno a uno, ayer cayeron siete más, y los que se han perdido por el camino, poco a poco, en silencio, hasta dibujar esta escena de barco fantasma que se vive hoy en la que fue mi casa, mi periódico, El Correo de Andalucía. Dicen que los números no salen, que el mercado está imposible. Puedo entender que no sea sencillo tomar decisiones dolorosas, pero no que siempre se tomen metiendo la tijera en la partida de personal, el mayor valor del periódico, su gente, los que levantan un tema de portada a las once de la noche, los que se montan en una tapia oscilante para tener la mejor foto, los que pintan las páginas más hermosas para que sus colegas se luzcan, los que dan la pátina última al diario, antes de que se convierta en papel y tinta... Eso es sólo un trámite final, las máquinas no saben hacer periódicos. Porque no es justo, cada tarde a las seis, a mis seis y a las suyas, estaré con su aplauso en La Cartuja, aunque sea a 4.000 kilómetros. Porque no podía hacerme a la idea de cómo era mi casa sin los 12 adioses del año pasado, porque no puedo hacerme a la idea de lo que es ahora mi casa sin los que han dicho "me voy" y los que han dicho "me echan", sin Álvaro Ramírez, sin Paco Cazalla, sin Rosa Torres, sin Antonio Ruiz, sin Brenda Macías, sin Felipe Villegas, sin Olga Granado, sin Lola Martín de Oliva.




Ya no tendría quien me ayudara con la impresora de Deportes, porque en eso Álvaro -también Lastra, también- es especialista. En eso y en currar sin dar problemas, sin levantar la voz, siempre con un buen gesto, tímido, para los compañeros. Un tipo que ha hecho, junto a Quico Canterla, que la información de referencia sobre el sevillismo se publique en El Correo. Uno de esos colegas que te sorprende un día, a media voz, y te dice: "Qué bueno lo que das hoy". Anda, ¿te has tragado ese rollo? "Sí, no es un rollo. Está muy bien. Y me gusta leerme mi periódico", me dijo un día. Uno de esos días jodidos en los que pagas por una palabra amable. Uno de esos compañeros que, el día que sales por la puerta, lamentas no haber tratado más.




Tampoco podría pegarme las charlas infinitas con el maestro Cazalla, mezclando batallitas, quejas y penalidades del día. Siempre con una foto en la retina por recordar, por un episodio de buen periodismo que rescatar, de aquellos tiempos en los que todo era diferente. A veces decía que estaba cansado, pero lo desmentía con pisar la calle, su ansiada calle... la libertad. Impagables los viajes y las lecciones de camino a la noticia. Cómo olvidar Alfacar, Paco, y Morón, y hasta esa Puerta del Príncipe que no presencié, pero que sé por tus palabras. Es que no veo una redacción por la que no pasee lento este soldado flaco y recio, cámara en ristre, en la que no pueda ir a buscarlo a decirle la última de mis chorradas mitómanas. O a pedirle una foto.




Pero ahí tienen más galones Rosa y Antonio... Ella, con su "buenas tardes" exactas a las tres, los periódicos bajo el brazo, lista para aguantar la primera petición del día, que en los últimos meses solía ser mía, por editora secundona y verde. Horas a su lado buscando la imagen justa para dar sentido al texto, o para cuadrarla en la maqueta imposible que me habían pintado -un poquito más, alarga un poco más esa caja, achata un poco más la foto, anda...-. Horas con ella en el archivo cuando llegaban los especiales, manejando sobres de políticos repentinamente jóvenes, de aquellos tiempos de jornaleros en armas, de Expos por venir, de proezas del Cuatro Vientos. Rosa y Antonio, al que me enganchaba si ella faltaba, o al que pedía siempre lo más raro, siempre a última hora... Un pantallazo, una foto perdida, una imagen rescatada de hacía mil días. Nunca me llevé de esa mesa un "no puedo", un "no des la lata", un "imposible". Incansables ambos. Lo que sí me regalaron fueron sonrisas, guiños (arropados por esa panda maravillosa con Rafa, Pedro, Txetxu, Ramón...), polémicas cinéfilas y algunas chucherías, de paso. Siempre a la orden. Siempre engrasando la maquinaria para que los plumillas brillaran al día siguiente.




A Brenda la conocí antes que a todos ellos, de becarias las dos en ABC, 11 años atrás, pero pasó el tiempo y volvimos a encontrarnos. De nuevo en La Cartuja. Ella me tranquilizaba cuando empezábamos con aquella cosa extraña de la web. "Que esto es muy fácil", me repetía. A mi lado estuvo cuando monté el primer vídeo, y quien sabe lo que eso supone comprenderá el agradecimiento que le gasto... Ahí estaba, por las mañanas, esos días de encierro, para comentar las jugadas del día, y cuando había calle, para atender los primeros titulares: paciente al teléfono, rauda en el teclado, lista para contar en tu nombre lo que estaba pasando. Otro eslabón imprescindible de la cadena.




Felipe... Felipe. Primero compañero, luego jefe, con la cercanía que eso implica, con la intensidad del roce, del entusiasmo ante los temas, de la presión cuando tocaba, del debate y el cruce de pareceres, a veces calmo, a veces no. Siempre con la base de una complicidad previa, de cuando no había galones de por medio, que nunca se perdió. Una rutina hecha de libros prestados y de exposiciones recomendadas, de favores hasta cuando se fue al lado oscuro. O sea, a un gabinete. Me regaló fuentes, y sobre todo me metió el veneno del cariño hacia los temas de memoria histórica. No creo que me abandone nunca, por suerte. Muchos guiños, Felipe, muchas cosas vividas, muy intenso todo como para condensarlo aquí, mucho bueno...




Y Olga. La que me abrió las puertas de El Correo con su ascenso, la que me recibió el primer día. "¿Eres Ángela Cañal?", le dije, pensando que ella era mi jefa. Le entró la risa floja, nunca supe si por mi pregunta o por algo previo, desconocido, y así empezó la conversación. Así descubrí que también ella fue la primera de la casa que me hizo un favor, un día que llamé, aún en la Ser, para pedir un teléfono. Movió cielo y tierra, preguntó a mil compañeros, hasta que lo logró. Hasta entonces para mí era una foto encartada en las crónicas del 11-S, la única sevillana contando lo que pasaba en Nueva York. Luego fue Olga. La única. Una de las mujeres más firmes que he conocido. Algunos dirían "de esas que tienen un par", pero igual me quedo corta si me acojo a la expresión. Hablo de sobriedad en las maneras y de cariño en el núcleo. Las apariencias, me enseñó, engañan. Mucho. Porque me ayudó con sus bromas a perder la parálisis de novata, porque me dio ideas (sobre temas, sobre fuentes, sobre cómo buscar alternativas), porque se ofrecía insistentemente a ayudarme con las páginas cuando no llegaba al cierre. Ella y su gente, fieles escuderos de una jefa a la que adoran. La llaman maestra, y saben de lo que hablan. Imposible pensar nuestra fila larga sin ella en la esquina. No. Imposible.




La lista del dolor la cierra esta vez Lola. No estaba en la redacción, sino en las entrañas de administración, quizá por eso el roce fue menor, pero fue. Siempre feliz, festiva, siempre con un piropo en la boca. Un terremoto de entusiasmo. Ella tramitó mi primera acreditación con el Gobierno de Israel, en 2006. Tres veces lo hizo, porque me perdieron los papeles. "Lola, que necesito que mandes los papeles otra vez, pero esta vez a un número más largo". "¿Pero tú dónde andas ahora?". "En Jerusalén". "Reina, allá va". Y llegó, claro, con un mensaje lleno de corazones que el funcionario de la GPO aún trata de desencriptar. A lo mejor hasta lo tiene el Mossad y todo. Mucha Lola. Valiente hace un año. Media vida dedicada a El Correo. En otro lugar se nutrirán de su alegría.




Mi gente, la que se fue, la que se va, y sobre todo la que se queda. La que ha de lidiar a diario con las noticias aguantando el peso, una losa inmensa, del adiós de sus amigos. Los que seguirán dignificando el periodismo, porque es lo que mejor saben hacer. Los que van a luchar, y están luchando, al menos para quedar roncos en la pelea. Hoy, de nuevo, a las seis en La Cartuja. De nuevo a pelear. A combatir, como decía Pavese...




"Combatiremos todavía,




combatiremos siempre,




porque buscamos el sueño




de la muerte amparados,




y tenemos voz ronca,




frente baja y salvaje,




y un idéntico cielo,




fuimos hechos para esto...




Si cedemos al choque,




sigue una larga noche




que no es paz o tregua..."





P.D. Y vean cómo se aplaude...

sábado, 19 de marzo de 2011

Historias


La base de nuestro oficio es contar historias, las cosas que vive la gente, lo que les ocurre, preocupa, alegra y estremece. Vida, en resumidas cuentas. No me canso de insistir en ello. Historias son las guerras políticas, un nuevo libro que se publica, un gol (del Atleti, a ser posible). También son historias el robo a un frutero, el drama de un inmigrante, el trabajo de un médico que cura desde su laboratorio. Es lo que contamos a diario. Todas ellas tienen rostro, más o menos conocido. Son nuestra base. Pero sin el equilibrio entre calle y despachos, entre anónimos y reconocidos, el oficio se hace más plano, menos vivo, menos integrador. Es lo que creo, y quizá por eso estoy incómoda leyendo, viendo, oyendo las grandes noticias de estos días, Libia y Japón. No veo gente, veo políticos, expertos, estrategas. Necesarios, pero insuficientes. No veo a los que sufren el terremoto, a los que tratan de bloquear la radiación, no veo a los oprimidos por Gadafi, a los que sufren los bombardeos. No hablo de rostros, que también: hablo de vidas contadas. Son las consecuencias de una cobertura informativa durísima, lo sé. No es un reproche al trabajo sensacional de los compañeros. Es sólo que ansío conocer vivencias hechas carne, antes de cansarme de ver la foto fija de los correponsales de la CNN. Quizá la incomodidad procede, en parte, de que ahora tengo la suerte de escribir muchas historias sin corbatas, sin uniformes, sin moqueta, y siento la fuerza de la gente común latiendo en las palabras. Y quiero ver esa fuerza en cada titular del planeta. Coordenadas, mediciones, armamento, números, previsiones, tecnicismos... Todo periodismo indispensable. Como las historias. Esas que, depende del medio, tanto escasean. Como en la ilustración que acompaña a esta entrada, la gente se cae de los periódicos. Pero quiero creer que ahora no tenemos estas historias porque la naturaleza, la radiación o las bombas no nos dejan llegar a ellas. Que no es un síntoma más de la desaparición de las voces de base en la prensa mundial. Ahí están las revoluciones egipcia y tunecina para demostrar que no hay que ser agoreros, que se puede contar la Historia con historias. Seguro que en Libia y Japón es cuestión de tiempo que las veamos.

miércoles, 16 de febrero de 2011

La 'mentira' de De Cavia

Ahora que Cercas y Espada se tiran los trastos a la cabeza, y está de moda reflexionar sobre periodismo y ficción, he recordado este artículo. El 25 de noviembre de 1891, El Liberal publicaba una noticia aterradora: "La catástrofe de anoche. España está de luto. Incendio en el Museo del Prado". La firma de Mariano de Cavia daba cuenta del horror causado en la pinacoteca por la suciedad, el desorden, los mendigos, la falta de seguridad. Tanta dejadez gubernamental acabó provocando un fuego tremendo. Ese artículo fue la base del examen que nos pusieron en Tercero de carrera, en la asignatura Periodismo y literatura. Todos analizamos sesudamente las palabras bien juntadas de don Mariano, pero nadie, ni uno, y éramos 90 alumnos, descubrió el truco: aquel artículo era un ejemplo de periodismo-ficción, porque contaba una mentira monumental. El periodista narró una trola a sus lectores para concienciarlos de la situación de penuria que atravesaba el museo. "Hemos inventado una catástrofe... para evitarla", justificó De Cavia. Así que la máxima de que el periodismo es la realidad y la literatura es la ficción saltó por los aires. Cuando el profesor, Miguel Nieto, nos desveló el secreto, se nos quedó una cara de tonto digna de retratar. Aquí va el texto, añadiendo el final, que no todos los lectores alcanzaron a leer, azorados por la noticia, (y que por supuesto no estaba en nuestro examen); en él, De Cavia deja claro que aquello no era cierto, aunque estuviera a punto de serlo. Aunque sacara a la calle a medio Madrid, indignado, como si lo fuera. Decía De Cavia que era una mentira publicada para evitar una verdad... Creo que el duelo entre Cercas y Espada va mucho más allá de los propósitos del XIX.

El incendio del Museo del Prado
Las primeras noticias
¡Noche, lóbrega noche!
A las dos de la madrugada, cuando ya no nos faltaba para cerrar la primera edición más que las noticias de última hora que suelen recogerse en las oficinas de Gobierno Civil, nos telefonean desde este centro oficial las siguientes palabras, siniestras y aterradoras:
-El Museo de Prado está ardiendo. ¡Ardiendo el Museo del Prado!...
En aquel mismo instante daban comienzo las campanas de las parroquias a sus tétricos toques. Nos echamos a la calle, y al llegar a la Puerta del Sol advertimos desusado movimiento de gentes. De los cafés, de los círculos, de los casinos, salían en revuelto tropel los trasnochadores, y el vocerío era tal, que apenas había ventana ni balcón donde no se asomarán los pacíficos vecinos, turbado el sueño por el estruendo de la calle.
-¡Qué desdicha! ¡Qué catástrofe! ¡Pobre España!... ¡Perdemos lo único que aquí tenemos presentable!...
Así hablaban las gentes, y corrían desoladas hacia el Prado, ávidas de ver para creer en tamaña desgracia, deseosos de que la realidad estuviese muy por debajo del temor. Por desgracia, los resplandores del incendio, iluminando intensamente los nubarrones apiñados sobre Madrid, parecían decir:
-¡Rechazar toda esperanza!
Un grito de angustia, seguido de violentas imprecaciones, de palabras de lástima y aún de blasfemias, se escapaba de todos los labios cuando los curiosos llegaban al Prado, y veían al monumental edificio trazado por don Ventura Rodríguez, coronado de llamas, lanzando columnas de humo hacia las nubes, y de cuando en cuando haces de chispas que semejaban luminosos residuos del espíritu de Velázquez, Murillo, Rafael, Rubens, Tiziano, Goya… No: No ardía sólo el ala de Poniente, ni el ala de Levante, ni el centro del edificio. Lo que ardía era el Museo todo, el Museo Entero, el Museo por los cuatro costados.
-Europa entera –oímos decir a un espectador- dirá mañana que España ha perdido uno de los pocos florones que quedaban en su corona. Esto es como una desmembración de la patria. Algunas personas lloraban… Otras se precipitaban hacia el edificio, siguiendo a los soldados que llegaban de los próximos carteles de los Docks. Por la puerta central salían algunos hombres arrastrando lienzos –tal vez los de menos valor, los menos interesantes- que habían logrado arrancar de los marcos, cortándolos con cuchillos y navajas. Las bombas funcionaban con dificultad que llamaríamos extraordinaria, si no fuese eso lo ordinario en semejante servicio. Ni ¿de qué podían servir unas cuantas mangas ante las proporciones del siniestro? Los chorros de agua que se lanzaban hacia el museo desde la explanada de los Jerónimos más parecían avivar la hoguera que extinguirla.
La premura del tiempo y lo angustioso de las circunstancias nos impide entrar ahora en pormenores acerca del Museo de Pinturas, ni en la descripción de sus espléndidas salas, ni en la reseña de sus riquísimos tesoros. Tiempo nos quedará para recordar a la patria lo que a estas horas está perdiendo, como lo pierden la Humanidad y el Arte, por culpa de la imprevisión oficial. Si la maldita y sempiterna imprevisión de nuestros gobiernos, ha sido el origen de esta grandísima catástrofe. Parece ser que el fuego se inició en uno de los desvanes del edificio, ocupados, como es sabido, a ciencia y paciencia de quien debiera evitarlo por un enjambre de empleados y dependientes de la casa. Allí se guisaba, allí se encendía fuego para toda clase de menesteres caseros, allí se olvidaba que una sola chispa podía bastar para la destrucción de riquezas incalculables… los suelos y la techumbre eran, por otra parte, inmejorables agentes para el elemento destructor, gracias a la endeblez y combustibilidad de sus tablones y cañizos, poco menos que desnudos. Un brasero mal apagado, un fogón mal extinguido, un caldo que hacer a media noche, una colilla indiscreta… ¡y adiós, Pasmo de Sicilia! ¡Adiós Sacra Familia del Pajarito! ¡Adiós testamento de Isabel la Católica! ¡Adiós Vírgenes y Cristos, Apolos y Venus, héroes y borrachos, reyes y bufones, diosas de Tiziano y anacoretas de Ribera, visiones de Fra Angélico y desahogos de Teniers!
Inmensa debiera ser la responsabilidad para los que no han querido cortar abusos a tiempo y conjurar peligros oportunamente: pero ¿qué es en España la responsabilidad? Una palabra hueca.
Ultima hora
Con lágrimas en los ojos, cerramos apresuradamente esta edición, reproduciendo la siguiente carta que nos envían desde el siniestro: “Amigo y director: Creo que, para ser ésta la primera vez que ejerzo como reportero, no lo hago del todo mal. Ahí va, en brevísimo extracto, la reseña de los tristes sucesos… que pueden ocurrir aquí el día menos pensado. Tuyo, Mariano de Cavia.”

MARIANO DE CAVIA.

(Artículo propiedad del Diario ABC).