domingo, 11 de mayo de 2008

60 años

Ben Gurión observa a Golda Meir mientras firma la Declaración de Independencia de Israel.


Dice el Génesis que Dios le hizo una gran promesa a Abraham, el primer patriarca judío: "A tus hijos les daré la Tierra de Israel como heredad". Andando el tiempo, Moisés acabó con la esclavitud de los judíos en Egipto e inició el éxodo con lo que ya se llamó así, el pueblo de Israel. Un pueblo sin tierra. Elegido por Dios, pero sin tierra. A los suyos, Moisés les pone una condición: que renuncien a dominar a los pueblos que se disponen a ganar, porque quiere romper la tendencia fatal de la historia de convertir a los judíos en esclavos. Más claro: aquellos cuyas tierras debía ocupar Israel tenían que ser exterminados, exterminio sagrado, impuesto por Dios. Por si acaso se hacen más fuertes que nosotros. Nunca más sometidos, pensaron.


Muchos siglos después, los judíos fueron diezmados por el peor proceso de su historia, al holocausto nazi, ejecutado ante la ceguera de los que veían y no querían ver (alemanes de a pie y algún que otro estado europeo). La culpa inmemorial que pesó como una losa en Occidente por no haber parado esa masacre (entre seis y siete millones de víctimas) hizo que las entonces colonias de Oriente Próximo, Francia y Reino Unido, decidieran consumar con un estado judío la expropiación injustificada de tierras en perjuicio de los árabes, que se llevaba a cabo ya desde hacía décadas. La ONU recién parida avaló el nuevo país. La llamada comunidad internacional habló de justicia. Una tierra para un pueblo. Al fin.


Ahora ese estado cumple 60 años, con la satisfacción de saber que los judíos han encontrado un lugar donde vivir sin discriminación, sin persecución. Un espacio donde respirar. Bien. Ese es un buen balance. Pero, aunque está claro que nadie hoy va a poner en duda ya la legalidad del Estado israelí (no hablaré de legitimidad...), en semejante aniversario hay que echar una mirada al otro lado. A los palestinos. El sometimiento con el que los arrinconaron hace 60 años hoy sigue existiendo, pese a las numerosas resoluciones de Naciones Unidas, la Hoja de Ruta a ninguna parte, Annapolis y las buenas palabras de Bush. Los palestinos no tienen nada que celebrar, pero sí recuerdan su naqba, su día de la vergüenza, cuando se lo quitaron todo. ¿Feliz? No, este aniversario es una constatación del tiempo pasado y poco más. Sigue habiendo demasiado dolor en la otra trinchera para descorchar el champán. Pero eso parece darle igual a todos, hasta a Obama. Más de lo mismo, ya sé, pero cómo escuece. Os dejo un párrafo de los diarios de Theodor Herzl que da la clave que sustenta hoy y siempre a Israel.

"(...) La Tierra Prometida, donde estará permitido tener la nariz y las piernas torcidas y gastar barbas negras o rojas, sin ser por ello despreciable. Donde, finalmente, podremos vivir como los hombres libres en nuestra propia tierra y morir, tranquilamente, en nuestra propia patria. Donde se nos tributarán honores en premio a grandes obras. De suerte que la palabra injuriosa "judío" llegará a ser un título de honor... De suerte que nuestro Estado nos permitirá educar a nuestro pueblo para las tareas que todavía se hallan más allá de nuestro horizonte. Dios no habría conservado a nuestro pueblo durante tanto tiempo si no tuviéramos que cumplir todavía una misión en la historia de la humanidad".

2 comentarios:

Gordi dijo...

Aunque, sorpresa, la entrada está escrita como una castaña (nena, no entiendo cómo enlazas las ideas, lo siento), entiendo lo que dices. La fiesta de unos es la indignación de otros. ¿Habrá paz cuando lleguen a los 100 años de existencia?

Herblay dijo...

Toda la razón guapo. Está escrito con el pie. La rabia se me mezcla con la pluma seca de un mes y mira lo que sale... Así no puedo volver a un periódico!