martes, 26 de agosto de 2008

Don Sebastián

Este hombre risueño y bonachón es Sebastián Gormesano, vecino de Tel Aviv. Cuando lo conocimos (Boca y Rico me acompañaban en aquella primera visita a Israel) tenía 68 años, estaba jubilado y se dedicaba a atender las taquillas en las que los visitantes del Museo de la Diáspora dejaban sus mochilas y abrigos. Un voluntario voluntarioso. A aquella sala presidida por los dólares de los judíos poderosos llegamos corriendo, tratando de resguardarnos de la lluvia, la misma que nos caló hasta los huesos en la Plaza del Ayuntamiento (donde mataron a Isaac Rabin), hasta que nos salvó aquel 24, el bus decorado con protectoras manos de Fátima, con el vaho humano de una mañana fría y pasada por agua. Era enero, 5 de enero de 2005. Entramos al museo tras atravesar el campus de la Universidad de Tel Aviv. Entramos como en un refugio. Entramos gritando en español atropellado. Nos recibió un saludo entusiasta: "¡Paisanos!". Nos hablaba el hombre de la izquierda, pequeñito, con voz algo aguda y un acento extraño. "¿Son españoles, verdad?", nos dijo como pudo, porque es difícil articular palabras y sonreír como él lo hacía, todo a la vez. Nos acercamos, habló, le escuchamos asombrados. Sebastián dejó España hace 500 años, escondido en los genes de sus antepasados sefardíes, esos que fueron expulsados porque los Reyes Católicos querían un país a su medida. Su gente residía en Toledo, y de allí pasó a Milán, a algún sitio sin definir del sur de Italia y, al fin, a Estambul (Turquía). Eso dicen mis viejas notas. Fue en tierra turca donde nació Sebastián, donde pasó sus primeros 11 años. A esa edad, su familia se marchó a Israel, en 1948, como pioneros del nuevo Estado. Recuerdo que no hablamos de los palestinos que se quedaron sin casa. De los otros exiliados. No fue aquella una conversación política. Sebastián nos habló con pasión de la llave de su casa toledana, que nos invitó a ver si le hacíamos una visita, y de su hijo el mayor, el orgullo de los Gormesano, primero en 500 años en regresar a España, aunque fuera en un viaje relámpago con su empresa farmacéutica. Dijo Sebastián que su hijo se echó una novia española, de Galicia. Dijo Sebastián que una de las mayores penas de su vida es que aquella pareja no saliera adelante. Y lo dijo muy triste. Se le iluminó la cara cuando le explicamos que Sebastián daba nombre a una ciudad española, y se lo dejamos escrito en un papel para que sus nietos lo buscaran en Internet. Él nos enseñó la base de datos en la que podíamos descubrir si teníamos antepasados judíos (sólo uno de nosotros encontró algo), y nos coló sin pagar la entrada. Se dejó fotografiar con nosotros, al pie de la escalera que subía a las salas, donde estaba esa maqueta de Santa María la Blanca, la gran sinagoga de Toledo. Nos regaló cariño y, sobre todo, una sensación cálida, extraña, conformable, de encontrarte en casa, pese a las casi cinco horas de vuelo. La conexión reencontrada cinco siglos después. Y todo por el mismo idioma, conservado de generación en generación. Pulcro, delicado, de acento más suave, de palabras hermosísimas hoy perdidas en boca de nuestra chavalería (y de los adultos...).
En 2006 regresé al museo, camino de una fundación en honor a Rabin, en busca de un experto en terrorismo. Busqué a Sebastián, claro. Le llevaba un regalo, Sefarad, de Antonio Muñoz Molina. Pero se había jubilado. En un país obsesionado con la seguridad, nadie se atrevió a darme su dirección o su teléfono. Fue una decepción. Quería ver de nuevo esos ojos de chavalín emocionado. Y, claro, quería hacerle la entrevista que debí hacerle un año antes. Las oportunidades se pierden. Así que me di media vuelta, a buscar al experto en Hamás, Hizbollah y demás gentuza. El libro lo dejé, queriendo, olvidado en un banco de piedra, en un rincón, bajo una higuera, en el cuarto judío de la Jerusalén vieja. A lo mejor lo explosionaron por miedo. A lo mejor alguien lo cogió y lo disfrutó. Sebastián, con o sin Muñoz Molina, no se va a olvidar de España. Algo le debemos a toda esta gente...

7 comentarios:

el bit errante dijo...

Qué historia más bonita y... ¿triste? No bonita y melancólica.

Diego dijo...

Qué carajo triste ni melancólica. Es una historia cojunuda, macho

Anónimo dijo...

¿Hoy te entró la vena judía? ¿Esto va por rachas? ¿O es que no te aclaras? ¿Eres de las que quieren quedar bien con todos? No entiendo nada.

Pitu dijo...

El señor tiene cara de buena gente. Pero no olvidemos que por buenagente como él se echó de allí a los palestinos. Que por él y los suyos hay tres millones de refugiados por allí. Ya he visto que no os habló de eso, veo que es una historia amable, no me voy a ensañar. Pero lo recuerdo... para que se sepa.
XXX

Anónimo dijo...

asombrosa tu memoria... y tus notas

Siramicor dijo...

A mí ya no me asombran...

Herblay dijo...

Gracias por los (inmerecidos) piropos. Si no fuera por las notas, no sobreviviría. Además, aquella historia me impactó tanto, es un recuerdo tan hermoso de aquel viaje, que es imposible no recordarlo. Mucho que contar por allí