lunes, 25 de febrero de 2008

Cabo Verde


Cómo respira el alma aunque sólo pases día y medio en otro país. Y más si es en África. Y más si es en el trópico y dejas a tus espaldas, allá, muy lejos, la lluvia y el frío helado. Ni 30 horas estuvimos en Cabo Verde, pero con eso bastó para traernos en la retina una tierra volcánica, a la que no hay dios de arrancarle nada comestible, habitada por gente pobre, sí, pero feliz. De nuevo la dignidad de la pobreza y la sonrisa en mitad de los escombros, la suciedad y el hambre. Como mis palestinos. Poner un pie en la pista del aeropuerto de Praia, la capital, es bañarte en humedad ardiente. Fuera abrigos y bufandas y pasminas. Con la misma bocanada de calor entra en el cuerpo el olor a sal del mar recuperado, hacía ya tantos meses que no lo veía. Agua y sol. Un escenario propicio para espejismos. Pero no, lo que encontramos de camino a la ciudad era bien real: una carretera solitaria porque allí hay 0,14 coches por familia, o sea, doce veces menos que la media española; chiquillos en bicis destartaladas comiendo mangos; cuadrillas de obreros apiñadas en furgonetas prehistóricas; chicas que vienen ellas sabrán de dónde afanadas en hacer autostop. Por las ventanillas entra el mar por los ojos, por la nariz, mientras la gentileza caboverdiana empieza a manifestarse en parabienes y ofrecimientos. Oír otra lengua, qué gozada, ese portugués chillón.


Al alcanzar la ciudad es cuando se toma conciencia del atraso del país, que tiene más de 800.000 paisanos repartidos por el mundo, enviando remesas para mantener a su gente a flote. Casas de adobe entre carteles que avisan del riesgo de contagio del SIDA, tiendas que parecen chabolas ocultas tras toneladas de chatarra, carteles que piden que votes a FILU, un partido que se anuncia con una gaviota. Lo juro. Aquí y allá un bloque de pisos medio apañados, en cuyas escaleras el personal ve pasar la vida mientras tararean ritmos de morna. Y allá a lo lejos, la zona rica, con hoteles más que decentes. Allá, pasando ese muro que hace de pequeño malecón negro. Pasando ese islote triste en el que se conservan los restos de un hospital, ese al que mandaban a los enfermos recién llegados en barco, a pasar la cuarentena. Hoy no hay enfermos (casi ni barcos) y sus paredes muestran pintarrajeadas estrellas del Che. Los barbudos cubanos son allí un mito, porque en las escuelas de Fidel se formaron para la revolución muchos de los que se levantaron en armas en 1975 y lograron la independencia de Portugal. La revolución de los claveles fue la llamada a la acción. La formación en Cuba dotó de cabeza, estrategia y valor a esa lucha. De ahí que media isla, que medio país, hable un español dulzón, cubanísimo.


Los mil viajes en coche de edificio oficial a edificio oficial nos permitieron ver calles asfaltadas y baches imposibles, niños desnudos y mujeres occidentales, sudor de obrero y oficinas de estafador inmobiliario. Entrar en una de las dependencias del Gobierno es como acudir a esas oficinas del INEM franquistas, grises, de nuestros años 80. Eso sí, pobladas con unos políticos con ganas locas de comerse el mundo. Doy fe.


Sólo unas horas tuvimos para enamorarnos de Cidade Velha, la Ciudad Vieja de Praia. A un cuarto de hora en coche (por carreteras excelentes por las que nadie transita), están los restos del dominio español, cuando en el siglo XVI aquello también cabía bajo el manto de Felipe II. Coronando una meseta agreste y seca se encuentra la Fortaleza Real de San Felipe, que el buen católico mandó construir en 1587 tras haber sufrido los ataques de Francis Drake, un maldito perro inglés que se ganó a pulso el título de pirata. Similar a la fortaleza blanca de Punta de Sagres pero oscura y amenazante (poco legado alegre nos dejó don Felipe), ha sido levantada de nuevo con dinero español, el de la Agencia Española de Cooperación Internacional, que también ha construido un centro de interpretación en el que se explica que, cinco siglos atrás, ese recodo de isla fue un puntal para España y Portugal. En ese centro, un humilde vídeo narra la historia, mientras un gato enclenque y amarillento ronronea a mis pies. Parece que murmure un fado. A la salida, riadas de niños como el tizón, con sus baberos azules del cole, visitan la fortaleza con sus profes. Sé que no me creeréis, pero en la megafonía suena de fondo Al alba, de Aute, y hay un enano de ocho o nueve años que se la sabe. Palabra. Lo mejor es la vista, saber que en línea recta, allá en dirección al agua, no encontraremos más tierra hasta la Antártida...


Tras una bajada accidentada entre piedras y arena llegamos a la playa de Cidade Velha. Ha sido un camino caluroso, tortuoso e inmensamente instructivo. Porque vimos lo que no se quiere enseñar: casas destrozadas, niños harapientos, gallos retozando en los patios de argamasa de cal, abuelas moliendo grano, regueros que no son de agua, chozas sin puerta, sin luz, sin agua, bocas sin dientes, ojos con alegría desbordante entre tantas faltas. Al final de ese viacrucis, de ese bofetón sin manos en la conciencia, vuelve la luz, el mar, la plaza urbanizada de la ciudadela. Cerca de los muros remozados de la , la Catedral, está el pelourinho, o la picota que diríamos aquí. Es el punto, marcado con un obelisco, en el que nuestros antepasados compraban y vendían esclavos. Hoy es lugar de charla y descanso para viejos y niños. Los barcos llegaban cargados de lastre de piedra blanca europea, lista para ser usada en las iglesias, y de vuelta, para que el barco no se hundiera, se llevaban esclavos. Sencillo, humillante. Es nuestra historia. Lo hicieron los nuestros... En la picota desemboca la Rua Banana, la calle más antigua del país, donde hace seis siglos se apiñaban las grandes mansiones de los tratantes de esclavos y los armadores de postín. Ahora, perdido el esplendor, la pueblan casas de adobe, al final de una ribera de 20 kilómetros cuajada de palmeras, a modo de oasis. Y al lado de la gran calle, la gran sorpresa: la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario, donde se pararon a rezar (y a por provisiones, eh) el almirante Colón (en su tercer viaje a las Américas), y Vasco de Gama. Al entrar se siente una sensación doble, el frescor y la sorpresa. Frescor de templo blanco, salvador del bochorno; sorpresa de encontrar la bóveda de crucería más meridional del mundo, puro gótico del XV a la altura del corazón de África. Ni en Santo Domingo hay ejemplos coloniales tan al sur. Levantada por negros esclavizados, alberga las tumbas de los grandes señores que gobernaron el país, una maraña de calaveras y tibias que nunca se ordenará. Hasta hace nueve años, esa iglesia estaba hundida en el lodo, olvidada. Fue la cooperación española quien la rescató. Pardiez, permitid que le eche piropos a los nuestros por una vez. No me lío más, sólo os comento que a 200 metros se encuentra un convento franciscano de 1640, hecho polvo por piratas ingleses por pura codicia. No llegamos a verlo, pero seguro que vale el regreso a la isla.


La plácida comida entre macacos y gallos, a 32 grados y con humedad del 87%, acabó en un suspiro. Tocaba vuelta al trabajo, al durísimo trabajo. Vuelta a la ciudad civilizada, donde ni un ladrillo supera los 40 años de antigüedad. Quiero comprar algo de Cesaria Evora, quiero comprar café, quiero una tortuga gigante aunque sea de madera. Nada de nada. Sudor y trabajo mientras los occidentales se bañan plácidamente, mientras un niño chiquitín se acerca a la valla -la que separa al rico del resto- y sonríe y ofrece cacahuetes. Y vuelta al oficialismo y a los pasillos. Es lo que toca. Cuando a las ocho embarcamos rumbo a casa tengo la sensación de no haber ni rozado con los dedos este país. De que quise bucear en su alma y me quedé en los labios. Tantos misterios en una tierra de mezcla, de razas sin raza, de religión sin dios y con mil dioses, de sangre viva. Hay que volver. A ver quién se apunta...

6 comentarios:

Gordi dijo...

Si llegas a estar allí un mes que nos cuentas, la Biblia??? Jaja. Gracias por la crónica y por dar señales de vida. Y si quieres café caboverdiano vete a la tienda de comercio justo de Intermon. Tan rico como el que pudieras comprar allí

Mariana dijo...

No mames! Mira por donde se me va la pendeja esta con su nuevo empleo. No me das envidia, no creas, ir pillada para dia y medio. Ademas nosotros tenemos en unos dias por aca a Cesaria Evora, hasta mi gringo me consiguio entradas y la veremos aca en LA. Conformate con un disco del corte ingles. Que sepas que te seguimos esperando a este lado. Me ha dado muchisimo gusto recibir tu ultimo correo

Kacho dijo...

Compensas la envidia que causas con lo detallado de la narración. Por un ratito he podido oler, ver y oir, casi tocar y saborear; un país tan hermoso como desconocido y desfavorecido. No sé si te aprovechan bien en ese ministerio, pero gracias a él puedes jugar a ser Conrad, y nosotros deleitarnos con tus relatos, preciosos, por cierto. Bienvenida otra vez a la Ciudad de las Facturas.

Toñi dijo...

Nos tienes que enviar fotos, que la que has puesto viene en Google, Maripuri

Nino dijo...

Niñuca, bienvenida al blog, que no a España. ¡Ya veo que tus viajes son más cortos que mis puentes en casa!

Marisa dijo...

EN ESTA PÁGINA HABÍA ALGUIEN QUE NOS DEBE SU EXPERIENCIA CON LA INMIGRACION EN SENEGAL Y AUN NO NOS LA HA CONTADO. KACHO, NO MIRO A NADIE...

P.D: tienes un blog estupendo tío