lunes, 3 de diciembre de 2007

Emiratos

Todo es negrura allá abajo. El reloj apenas marca las cuatro de la tarde pero eso era atrás, muy lejos, en España. Aquí son tres horas más. Por la ventanilla del avión no se ven ya ni nubes, ni mar, ni nada. Ya pasamos el valle de la Bekaa, el campo de batalla entre libaneses e israelíes. Allí donde se mezclan las montañas nevadas y los trazos gruesos de verde intenso es donde llevan décadas matándose. Parece una tierra en calma. Aunque eso es sólo a 10.000 pies de altura, claro. Todos duermen la siesta sobre el Medio Oriente (hasta el piloto parece que cabecea peligrosamente), así que ellos se lo pierden: a la izquierda, brillante y salvadora, aparece una llama. Y luego otra. Y otra más. Parece que el suelo negro se ha roto y pequeñas lenguas de lava luchan por salir. Pero no. Es mucho más prosaico, aunque no menos bello: son las torres petroleras ardiendo bajo nuestros pies, a la altura de Qatar. Las chimeneas, arracimadas, parecen ramilletes de rosas ardientes. Me gustaría haber aprendido más de botánica en mis tiempos ambientales para dar con la especie exacta que describa lo que vi, pero debéis conformaros con lo que más a mano tengo.
El viaje ya se hacía largo, cuatro horas hasta Atenas (gris, nublada, triste nos recibió) y otras tantas hasta el destino final: los Emiratos Árabes Unidos. Pero entonces salió la luna para espabilarnos, un faro que nos iluminó, al fin, Abu Dhabi. Aquella es la tierra del derroche. ¿Se pueden poner más farolas por metro cuadrado? Lo que hace el petróleo. La ciudad no tiene nada de particular, aunque sí su gente. Una tras otra se encuentran calles iguales, planas, simétricas. Una capital cortada con escuadra y cartabón en la que no hay ni rastro de la historia pasada. Los palacetes de adobe se conservan fatal. Tampoco hay mucho sentimiento del pasado entre sus habitantes, son un país recién nacido, creado entre 1971 y 1972 por pura necesidad: siete emiratos se ven libres del yugo colonialista de los ingleses (siempre ellos) y deciden unirse para sobrevivir. Al desierto, al aislamiento, a los gigantes del Golfo Pérsico. No tienen ni un 1% de tierra cultivable para arrancar tomates. Después vino el descubrimiento que los hizo de oro, el petróleo. Lo grande de este país es que otros vecinos suyos, con similares recursos, han mantenido hasta el extremo la división de clases, los estratos, el rico y el pobre. En Emiratos no. Todas las casas por las que uno pasa son dignas, higiénicas, de renta media, de dignos trabajadores. Al menos, así ha sido casi siempre, aunque ahora se les ha pegado lo peor de la economía global… La explotación. Y tratan más que regular a los hindúes y los paquistaníes.
No os cansaré con datos, pero hay cuatro reglas para entender el país: hay dos emiratos fuertes, Abu Dhabi y Dubai (el presidente suele ser siempre el jeque del primero y el primer ministro, el jeque del segundo, para equilibrar). El primero se destapó como la gran mina petrolífera de los EAU, así que con los años se convirtió en el centro del poder político y económico de la nación. Al hermano pobre, a Dubai, donde apenas se localizaron reservas para unos 20 años, se le concedió la gracia de explotar a lo grande el potencial turístico de la costa del Golfo. Ahora, quién lo diría, viene el cambio climático apretando el cinturón de los petroleros y, sobre todo, ha quedado constatado que la gallina de los huevos de oro está a pique de morir. Así que esa ciudad cuadriculada, tranquila, que es Abu Dhabi, se ha sumado a la carrera del turismo de millonetis. En menos de cinco años se van a contruir 20 hoteles de gran lujo, y ya tienen para empezar una joya que mostrar al mundo: el Emirates Palace, un hotel de 7 estrellas (¿era yo la única que no sabía que eso existía siquiera?) que compite con el emblema de Dubai, el Burj Al Arab (La torre del árabe), ese hotel en forma de vela de barco que es el colmo del exceso. Lo dicho, que Abu Dhabi es tranquila y diurna, vive alrededor de su Corniche, su playa limpia y fina, y sus centros comerciales. Es el emirato de la observancia religiosa, así que las mujeres, aunque hay de todo, van cubiertas de negro de los pies a la nariz. Detrás se ven ojos penetrantes, no tan tristes como los de las afganas. El dinero se ve que les hace sobrellevarlo. Los jóvenes se sientan a ver pasar la tarde en los escalones de las infinitas plazas y rotondas de la ciudad, o en las terrazas en las que el narghile, la pipa de agua, es el rey. Con una preciosidad como esa sí que fumo yo, aunque sean cáscaras de manzana y naranja…

En el puerto de Abu Dhabi, que tiene un proyecto de ampliación faraónico a punto de cambiarle el rostro, nos encontramos una de las escenas más hogareñas: una botellona en toda regla. Pandillas de coches arrimadas a la orilla del mar, haciendo un corrillo y, en medio, veinte chicos, a la occidental o con sus túnicas, charlando y bebiendo. Con una tremenda diferencia: ni una gota de alcohol hay en sus lotes. Ya sabéis que Alá no lo permite. Y otra más: no hay ni rastro de las mujeres. Por lo demás son igual de gritones, de sucios, de divertidos que la chavalería española. No tienen nada de tontos, porque eligen un lugar tranquilo y con vistas privilegiadas: la de una ciudad inundada de luz en la que los edificios parecen toreros en tarde de faena, con los trajes rojos, blancos y verdes que a modo de guirnaldas brillantes alumbran su perfil. Y es que hemos ido a visitarlos en tiempos de una triple celebración: la Navidad (pagana para ellos, que se reduce a luces, Papá Noel y un par de árboles para incitar al consumo), el 36º Aniversario de la declaración de independencia de Emiratos y el tercer aniversario de la llegada al trono del Jeque Kalifa bin Zayed Al Nahyan, que lleva como líder del país desde 2004, tras suceder a su hermano, el verdadero héroe que logró la independencia nacional, el presidente Zayed, el rostro que se repite hasta el cansancio desde que uno se baja del avión hasta cuando da un paseo por la playa. Nunca vi, que lástima, el Irak de Sadam, pero al menos ya me hago una idea de lo que es el culto al líder. Salvando las distancias, que una cosa es que haya tapices y carteles y banderolas con la cara de Zayed en cada esquina y otra que allí haya un dictador sanguinario, ojo.

Os diré que el Gobierno emiratí hizo gala de una de las principales cualidades de su gente, la generosidad a manos llenas, y nos mandó el Emirates, el hotel del que antes os hablaba. No daré detalles, pero sí dos cifras: mi habitación tenía 140 metros cuadrados y su precio era de 3.000 euros la noche. Imaginad a partir de ahí. Pero prefiero contaros otras cosas: que no hay ni un coche que baje de los 5 millones de pesetas, que el canto del muecín en las mezquitas aquí es suave y lánguido, y no desgarrado y a voz en grito como en Jerusalén, que la comida (falafel, humus, pescado, dátiles) es espectacular y que la gente no puede ser más educada de lo que ya es.
En la última jornada el trabajo se nos adelantó, pero el madrugón tuvo recompensa, porque así pudimos desplazarnos a Dubai, a una hora aproximadamente en coche. Viajamos a través de una autovía hecha con regla, ni una curva. Si no hay ni accidentes en el terreno, ni valles, ni montañas, nada. Sólo desierto, a un lado y a otro, soledad trufada de cuatro jaramagos autóctonos y de seis o siete gasolineras (que no falte). Dubai tiene 1,4 millones de habitantes pero está claro que en un par de años triplicará su población. Ya no saben dónde construir, y de ahí el invento de islas artificiales, la del mundo y la de la palmera, esas que compran Beckham y gente así. Hay edificios patrocinados por Tiger Woods, por Sarapova, por Federer… Bueno, edificios no, rascacielos. Los que podían hacer la comparación aseguraban que aquello era Miami pero en Oriente. Que quiere convertirse en el centro turístico de lujo de la zona, para atraer a los millonarios del Este de Europa y del Sur de Asia. A algunos les quedaba muy lejos Shangay. Uno piensa con asco, como cuando traspasa el umbral del Emirates, que no es justo que el mundo esté mal repartido. No es demagogia, he disfrutado del lujo y no me quejo, pero es repulsivo tanto derroche. Parece mentira que semejante emporio se pueda mantener, teniendo como tenemos a nuestro alrededor referentes de la vida real: parejas que no llegan a fin de mes, jóvenes ahorcados con la hipoteca, inmigrantes en paro… Pero no, resulta que en el mundo hay 8,7 millones de multimillonarios, es decir, el 0,13% de la población mundial cuenta con más de 5 millones de euros en el banco. Sólo en rusos no os cuento cómo estaba aquello…
Lo bueno de Dubai es que, esta sí, conserva parte de la zona antigua, de lo que fue en los años 30 y 40. Así que lo mejor del viaje fue cruzar el brazo de mar que entra en la ciudad a bordo de una especie de cayuco gratuito que te lleva de orilla a orilla. Ni se nota que el motor es motor. Es tan apacible que parece que te lleva un gondolero. Y en esa otra orilla, frente a los pisos 67 y esas locuras de cristal y mármol, allí está lo auténtico. Allí huele a tomillo, romero, regaliz en rama, flores secas, azafrán, azufre y añil, a escamas de jabón perfumado, a aceites densos, a bolas de queso seco traídas desde el vecino Irán de contrabando (porque esa es otra, a 200 kilómetros está la costa de Ahmadinejad, y en el puerto descansan, en paz, los barcos que a diario se traspasan mercancía sin papeles de por medio). En el zoco se hablan todos los idiomas, el oído se amolda al regateo machacón. Unos metros más allá se encuentra la calle donde más barato se vende el oro del mundo, la ciudad del oro la llaman. El problema es que, por mucho que lo bajen, el oro nunca será barato y, además, hay que tener estómago para traerse alguno de los modelitos…aunque hay otros de ensueño. Y lo dice la que nunca lleva joyas. Apenas hay tiempo de pararse, pero en una escapada bebemos el té que nos regala Omar, siete años, una paleta mellada, una camiseta del Arsenal y una abuela de Ceuta. “Me gusta la España. Me gusta el Barcelona. ¿Quieres más té?”, repite mil veces. Con su coletilla de chuleta me recuerda a Pepe, el hijo de Sopalajo de Arriérez y Torrezno, el líder íbero de Asterix en Hispania. Es la primera vez que veo a un árabe con coleta.

Y no os canso más: en Dubai vimos el famoso hotel de siete estrellas, con la vista más espectacular de la ciudad, un lugar donde apenas puedes dar un paso en esas alfombras de grosor infinito, y nos acercamos al centro comercial con la pista de esquí más grande del planeta (en mitad del desierto! Estamos locos), y a comprar bolsos falsificados en Corea. Mi pena fue que regresamos sin pisar una mezquita, pero lo cierto es que las que vimos tenían el encanto justo, el que da la excesiva novedad, la falta de arrugas. En fin, fue un viaje de muchísimo trabajo, pero con resultados positivos, que me ha llenado los ojos de morería después de echarla tremendamente de menos. Aunque sea para dos días, ¡quiero viajar! Un siglo de estos conseguiremos la corresponsalía, ¿no?

5 comentarios:

Esmeralda dijo...

Nos das mucha envidia y a la vez nos alegramos de que por fin estés disfrutando, aunque sea en la administración. Lo que no te perdono es que no haya fotos! Nos las debes

Kacho dijo...

Qué maravilla de crónica. Cómo se nota la leche que se mama. Nos has dado tus ojos para descubrir ese mund de lujo y de opulencia que quizás, jamás escogeremos como destino de vacaciones. Las reflexiones que haces están repletas de aciertos. Cuánto pastel para repartir y qué mal se hace el racionamiento. Por lo menos, has vivido la experiencia de sentirte una sultana por unos días. También imagino que te sientes más a gusto en una haima. La corresponsalía llegará. Seguro que llegará. Así será si así lo deseas.

Marisa dijo...

Nada nada, esos viajes que te sirvan sólo para conocer mundo. Pero que no te amilanen, que no me entere. A ver si con la buena vida te vas a olvidar de la trinchera. ¿Nos has traído algún regalito? Por aquí te esperan unos cuantos. Que lo sepas. ¡que no nos hemos olvidado de tu cumple! Grancias por la crónica

Herblay dijo...

A ver si Dios o Alá te oye, Kacho, y me dan un puestito en Jerusalén, en Beirut, en Ramala, en Gaza, en Damasco, en Amman, en Egipto... Gracias por los ánimos

Luque dijo...

Peaso crónica guapetona!!!!!!!!!!