miércoles, 9 de enero de 2008

En recuerdo de Valtueña

Médicos del Mundo ha premiado al fotógrafo italiano Giovanni Marrozzini con el XI Luis Valtueña, el fotógrafo asesinado en Ruanda en 1997 con apenas 33 años. El primero, junto a Jordi Pujol, en esa ya larga lista de reporteros españoles asesinados mientras trabajaban. En esta ocasión se ha distinguido una serie (La caricia) que refleja el drama de los niños ciegos en Etiopía, un lastre más a la pobreza y la desesperación, por si fuera poco.
Las imágenes premiadas, junto al resto de instantáneas seleccionadas en la edición de este año, suman las 29 fotos que integran la muestra que se expondrá entre el 14 y el 31 de enero de 2007 en Sevilla, en Las Naves del Barranco (c/Arjona, 28). Más adelante la exposición rotará por otras ciudades españolas.

martes, 8 de enero de 2008

La sombra del cazador

"Sólo las partes más demenciales de esta historia son ciertas". Con esta advertencia arranca La sombra del cazador, la última película de Richard Shepard que desde luego no es la mejor historia de periodistas jamás filmada pero que me pareció, al menos, entretenida. Es ingeniosa, es divertida, es algo sensiblona cuando no debe, ácida sin pasarse (sobre todo teniendo en cuenta que se ambienta en la Bosnia de postguerra, que no es precisamente un escenario para morirse de risa). Pero lo mejor es que rescata del olvido un artículo de la revista Esquire en el que se relata el truculento viaje de unos periodistas que se ponen a buscar por su cuenta a Radovan Karadzic, el carnicero serbio que sigue como Bin Laden, en paradero desconocido, en su particular montaña de Tora Bora. El reportaje juega con una idea: si las fuerzas de la ONU, las de la OTAN, los observadores internacionales y la población serbia saben dónde encontrar al zorro y a acólitos suyos como Ratko Mladic, ¿por qué nadie los detiene? ¿Por qué son anecdóticas las detenciones de criminales de guerra de la Antigua Yugoslavia? De ahí que una expedición de reporteros (el veterano alcohólico hundido por las guerras que trata de venderle piezas a Jamaica y Perú para poder comer, el cámara que sube a realizador de postín y el novato respondón, hijo del vicepresidente de la cadena) se decidan a buscar al zorro, primero para entrevistarlo, después para cobrar la recompensa.
Shepard lo cuenta de forma tragicómica, con ramalazos estrambóticos pero totalmente imaginables en este oficio. No me creo, nunca lo he hecho, a Richard Gere, que pone la misma cara de pena imposible de Brad Pitt. Es igual si sonríe o si llora. Sin embargo, Terrence Howard (grande en Crash) lo borda. Tiene la sonrisa canalla de Carmelo Gómez en Territorio Comanche, la del cámara que consigue la imagen deseada, de quien se siente vivo entre los muertos. Un Márquez a la americana, eso sí. Me lo creo cuando compadrea con la tribu en el Holiday Inn de Sarajevo, cuando tiembla ante los serbios y cuando habla con su ligue. Tiene los mejores ramalazos de sorna, los mejores toques de humor.
Aunque la película rescate una buena historia de periodismo, no es especialmente certera a la hora de definir el oficio, pero tampoco lo pretende, así que no seremos puristas. Tiene un par de frases de pundonor y orgullo profesional, unas tópicas y otras bien logradas. Al menos no quedamos como unos cupasangres locos, ni como desalmados. Os añado el trailer por si os animáis. Lo mejor, el artículo de Esquire.
http://movies.yahoo.com/movie/1809761931/video/3191028/

viernes, 4 de enero de 2008

Tres años


Hace hoy tres años me hicieron el mejor regalo de Reyes de mi vida. Mis amigos Raúl y Manuel se liaron la manta a la cabeza y accedieron a viajar conmigo a Israel y Palestina. Son tres años ya desde que me olvidé los pasajes y el pasaporte (toda la leña) en un mostrador del Prat, desde que sufrimos el interrogatorio aquel al llegar al Ben Gurión, desde que respiramos la sal del Mediterráneo desde la otra orilla, allá al fondo, en Tel Aviv. Qué lejos queda esa primera vez, aquella aventura con banda sonora de Paco Ibáñez y The Cure, cuántas cosas han pasado desde entonces. Esta entrada, que aporta lo justo, sólo es un desahogo. La voluntad de recordar algunos de los mejores momentos de mi vida. Seis días apenas, pero seis joyas que guardar. No sabéis, hermanos, cuánto os lo agradezco.

El otro periodismo

"¿Que eres periodista? Vaya, entonces perteneces al gremio más odioso del mundo. Los periodistas son todos una panda de indocumentados, inútiles, incultos y malhablados. Así de claro te lo digo, como lo siento". Semejante ataque de sinceridad me dejó helada hace unos días. Me lo lanzó a la cara un vecino de mi nuevo bloque, con el que ya tengo pocas esperanzas de llevarme bien. Sin embargo, aunque este buen señor no quiera verlo, entre tanta basura y mediocridad, en este país también se ejerce el periodismo de altura. El otro periodismo, el minoritario (qué triste), rodeado de corazones macerados en veneno. No me voy a poner ahora a enumerar a todos los grandes del oficio. Lo que voy a hacer es recomendaros el último rincón de buen hacer que he encontrado en la red. Se llama Análisis Internacional y es un blog serio, riguroso y bien escrito, capitaneado por Iván Sevilla, redactor de TVE. Casi todos los colaboradores son compañeros de los Servicios Informativos de la pública, lo que ya de por sí le da caché a la web. Son jóvenes pero también profundos, lúcidos, inteligentes. Por ejemplo, encontraréis análisis sobre Hamás o Darfur que ya querrían firmar los grandes analistas que sientan cátedra. Un oasis quizá, pero también una esperanza. Echadle un vistazo y recuperad la fe en el oficio si es que la habíais perdido. Con gente como esta podemos ayudar a cambiar la opinión de El Roto...

jueves, 3 de enero de 2008

El poeta polaco


En la web de la editorial Bartleby informan de que van a celebrar su décimo aniversario con la edición bilingüe (español-polaco) de la poesía reunida de Ryszar Kapuscinski, inédita en español hasta el momento. La obra, que incluye varios poemas nunca antes publicados por el maestro de reporteros ni siquiera en su país, ha sido traducida por Abel A. Murcia Soriano.

En Los cínicos no sirven para este oficio, Kapuscinski ya relata que, antes de como periodista, sus inicios en la escritura fueron como poeta. En sus entrevistas siempre disfrazó esta faceta, porque afirmaba ser un mal rimador de versos. "Empecé a escribir como poeta. Cuando estaba todavía en el colegio, publiqué algunas poesías, el director de una revista se fijó en mí y me pidió que trabajara para ellos cuando acabara los estudios. Así que terminé la escuela a los 18 años y al día siguiente empecé a trabajar como periodista. Desde el primer momento descubrí lo fascinante que es esta profesión...", cuenta en su libro de conferencias. Aquí va uno de los poemas, aunque no sé si con la traducción que aparecerá en el libro de Bartleby; lo tengo desde hace muchos años, desde que descubrí al polaco viejete, desde que me convertí al kapuscinskismo.


La naturaleza y sus leyes
En este lugar la tierra se hunde

formando un valle

en cuyo fondo corre un río

su corriente estrecha

busca las grandes aguas

visibles hasta en mapitas escolares

quiere sumirse en su profundidad

desaparecer en el abismo verde

en adelante será océano

amenazante e infranqueable

devorará al atrevido al loco al náufrago

los borrará de la móvil superficie ondeante

después de la vida se mantendrán

las mismas leyes de la naturaleza – la muerte

al final del valle soleado

el Estigia y las tinieblas glaciales

un río distinto se va al fondo

del abismo del océano.

Reporteros y foteros

Tecleando la web de Reporteros Sin Fronteras cometí el error de picar .es en vez de .fr, que es la extensión correcta de la ONG. La equivocación me ha llevado a descubrir la página de la Real Sociedad Fotográfica de España, un sitio muy recomendable, con una agenda cultural potente, concursos y un buen puñado de galerías interesantes. Os dejo el enlace. Y si no hay foto de acompañamiento es porque están en Flash y no os puedo adjuntar ninguna...

http://www.rsf.es/

Chejov

LA TRISTEZA
La capital está envuelta en las penumbras vespertinas. La nieve cae lentamente en gruesos copos, gira alrededor de los faroles encendidos, se extiende, en fina, blanda capa, sobre los tejados, sobre los lomos de los caballos, sobre los hombros humanos, sobre los sombreros.El cochero Yona está todo blanco, como un aparecido. Sentado en el pescante de su trineo, encorvado el cuerpo cuanto puede estarlo un cuerpo humano, permanece inmóvil. Diríase que ni un alud de nieve que le cayese encima lo sacaría de su quietud.Su caballo está también blanco e inmóvil. Por su inmovilidad, por las líneas rígidas de su cuerpo, por la tiesura de palos de sus patas, parece, aun mirado de cerca, un caballo de dulce de los que se les compran a los chiquillos por un copec. Hállase sumido en sus reflexiones: un hombre o un caballo, arrancados del trabajo campestre y lanzados al infierno de una gran ciudad, como Yona y su caballo, están siempre entregados a tristes pensamientos. Es demasiado grande la diferencia entre la apacible vida rústica y la vida agitada, toda ruido y angustia, de las ciudades relumbrantes de luces.Hace mucho tiempo que Yona y su caballo permanecen inmóviles. Han salido a la calle antes de almorzar; pero Yona no ha ganado nada.Las sombras se van adensando. La luz de los faroles se va haciendo más intensa, más brillante. El ruido aumenta.
- ¡Cochero! -oye de pronto Yona-. ¡Llévame a Viborgskaya!
Yona se estremece. A través de las pestañas cubiertas de nieve ve a un militar con impermeable.
- ¿Oyes? ¡A Viborgskaya! ¿Estás dormido?
Yona le da un latigazo al caballo, que se sacude la nieve del lomo. El militar toma asiento en el trineo. El cochero arrea al caballo, estira el cuello como un cisne y agita el látigo. El caballo también estira el cuello, levanta las patas, y, sin apresurarse, se pone en marcha.
- ¡Ten cuidado! -grita otro cochero invisible, con cólera-. ¡Nos vas a atropellar, imbécil! ¡A la derecha!- ¡Vaya un cochero! -dice el militar-. ¡A la derecha!
Siguen oyéndose los juramenitos del cochero invisible. Un transeúnte que tropieza con el caballo de Yona gruñe amenazador. Yona, confuso, avergonzado, descarga algunos latigazos sobre el lomo del caballo. Parece aturdido, atontado, y mira alrededor como si acabara de despertar de un sueño profundo.
- ¡Se diría que todo el mundo ha organizado una conspiración contra ti! -dice con tono irónico el militar-. Todos procuran fastidiarte, meterse entre las patas de tu caballo. ¡Una verdadera conspiración!
Yona vuelve la cabeza y abre la boca. Se ve que quiere decir algo; pero sus labios están como paralizados, y no puede pronunciar una palabra.El cliente advierte sus esfuerzos y pregunta:- ¿Qué hay?Yona hace un nuevo esfuerzo y contesta con voz ahogada:
- Ya ve usted, señor... He perdido a mi hijo... Murió la semana pasada...
- ¿De veras?... ¿Y de qué murió?
Yona, alentado por esta pregunta, se vuelve aún más hacia el cliente y dice:- No lo sé... De una de tantas enfermedades... Ha estado tres meses en el hospital y a la postre... Dios que lo ha querido.
- ¡A la derecha! -óyese de nuevo gritar furiosamente-. ¡Parece que estás ciego, imbécil!- ¡A ver! -dice el militar-. Ve un poco más aprisa. A este paso no llegaremos nunca. ¡Dale algún latigazo al caballo!
Yona estira de nuevo el cuello como un cisne, se levanta un poco, y de un modo torpe, pesado, agita el látigo.Se vuelve repetidas veces hacia su cliente, deseoso de seguir la conversación; pero el otro ha cerrado los ojos y no parece dispuesto a escucharle. Por fin, llegan a Viborgskaya. El cochero se detiene ante la casa indicada; el cliente se apea. Yona vuelve a quedarse solo con su caballo. Se estaciona ante una taberna y espera, sentado en el pescante, encorvado, inmóvil. De nuevo la nieve cubre su cuerpo y envuelve en un blanco cendal caballo y trineo.Una hora, dos... ¡Nadie! ¡Ni un cliente!Mas he aquí que Yona torna a estremecerse: ve detenerse ante él a tres jóvenes. Dos son altos, delgados; el tercero, bajo y chepudo.
- ¡Cochero, llévanos al puesto de policía! ¡Veinte copecs por los tres!
Yona coge las riendas, se endereza. Veinte copecs es demasiado poco; pero, no obstante, acepta; lo que a él le importa es tener clientes.Los tres jóvenes, tropezando y jurando, se acercan al trineo. Como sólo hay dos asientos, discuten largamente cuál de los tres ha de ir de pie. Por fin se decide que vaya de pie el jorobado.
- ¡Bueno; en marcha! -le grita el jorobado a Yona, colocándose a su espalda-. ¡Qué gorro llevas, muchacho! Me apuesto cualquier cosa a que en toda la capital no se puede encontrar un gorro más feo...
- ¡El señor está de buen humor! -dice Yona con risa forzada-. Mi gorro...
- ¡Bueno, bueno! Arrea un poco a tu caballo. A este paso no llegaremos nunca. Si no andas más aprisa te administraré unos cuantos sopapos.- Me duele la cabeza -dice uno de los jóvenes-. Ayer, yo y Vaska nos bebimos en casa de Dukmasov cuatro botellas de caña.
- ¡Eso no es verdad! -responde el otro- Eres un embustero, amigo, y sabes que nadie te cree.
- ¡Palabra de honor!- ¡Oh, tu honor! No daría yo por él ni un céntimo.Yona, deseoso de entablar conversación, vuelve la cabeza, y, enseñando los dientes, ríe atipladamente.
- ¡Ji, ji, ji!... ¡Qué buen humor!- ¡Vamos, vejestorio! -grita enojado el chepudo-. ¿Quieres ir más aprisa o no? Dale de firme al gandul de tu caballo. ¡Qué diablo!
Yona agita su látigo, agita las manos, agita todo el cuerpo. A pesar de todo, está contento; no está solo. Le riñen, lo insultan; pero, al menos, oye voces humanas. Los jóvenes gritan, juran, hablan de mujeres. En un momento que se le antoja oportuno, Yona se vuelve de nuevo hacia los clientes y dice:
- Y yo, señores, acabo de perder a mi hijo. Murió la semana pasada...
- ¡Todos nos hemos de morir!-contesta el chepudo-. ¿Pero quieres ir más aprisa? ¡Esto es insoportable! Prefiero ir a pie.
- Si quieres que vaya más aprisa dale un sopapo -le aconseja uno de sus camaradas.
- ¿Oye, viejo, estás enfermo?-grita el chepudo-. Te la vas a ganar si esto continúa.Y, hablando así, le da un puñetazo en la espalda.
- ¡Ji, ji, ji! -ríe, sin ganas, Yona-. ¡Dios les conserve el buen humor, señores!
- Cochero, ¿eres casado? -pregunta uno de los clientes.
- ¿Yo? !Ji, ji, ji! ¡Qué señores más alegres! No, no tengo a nadie... Sólo me espera la sepultura... Mi hijo ha muerto; pero a mí la muerte no me quiere. Se ha equivocado, y en lugar de cargar conmigo ha cargado con mi hijo.Y vuelve de nuevo la cabeza para contar cómo ha muerto su hijo; pero en este momento el chepudo, lanzando un suspiro de satisfacción, exclama:
- ¡Por fin, hemos llegado!Yona recibe los veinte copecs convenidos y los clientes se apean. Les sigue con los ojos hasta que desaparecen en un portal. Torna a quedarse solo con su caballo. La tristeza invade de nuevo, más dura, más cruel, su fatigado corazón. Observa a la multitud que pasa por la calle, como buscando entre los miles de transeúntes alguien que quiera escucharle. Pero la gente parece tener prisa y pasa sin fijarse en él. Su tristeza a cada momento es más intensa. Enorme, infinita, si pudiera salir de su pecho inundaría al mundo entero.Yona ve a un portero que se asoma a la puerta con un paquete y trata de entablar con él conversación.
- ¿Qué hora es? -le pregunta, melifluo.- Van a dar las diez -contesta el otro-. Aléjese un poco: no debe usted permanecer delante de la puerta.
Yona avanza un poco, se encorva de nuevo y se sume en sus tristes pensamientos. Se ha convencido de que es inútil dirigirse a la gente.Pasa otra hora. Se siente muy mal y decide retirarse. Se yergue, agita el látigo.
- No puedo más -murmura-. Hay que irse a acostar.
El caballo, como si hubiera entendido las palabras de su viejo amo, emprende un presuroso trote.Una hora después Yona está en su casa, es decir, en una vasta y sucia habitación, donde, acostados en el suelo o en bancos, duermen docenas de cocheros. La atmósfera es pesada, irrespirable. Suenan ronquidos.Yona se arrepiente de haber vuelto tan pronto. Además, no ha ganado casi nada. Quizá por eso -piensa- se siente tan desgraciado.En un rincón, un joven cochero se incorpora. Se rasca el seno y la cabeza y busca algo con la mirada.
- ¿Quieres beber? -le pregunta Yona.- Sí.- Aquí tienes agua... He perdido a mi hijo... ¿Lo sabías?... La semana pasada, en el hospital... ¡Qué desgracia!
Pero sus palabras no han producido efecto alguno. El cochero no le ha hecho caso, se ha vuelto a acostar, se ha tapado la cabeza con la colcha y momentos después se le oye roncar. Yona exhala un suspiro. Experimenta una necesidad imperiosa, irresistible, de hablar de su desgracia. Casi ha transcurrido una semana desde la muerte de su hijo; pero no ha tenido aún ocasión de hablar de ella con una persona de corazón. Quisiera hablar de ella largamente, contarla con todos sus detalles. Necesita referir cómo enfermó su hijo, lo que ha sufrido, las palabras que ha pronunciado al morir. Quisiera también referir cómo ha sido el entierro... Su difunto hijo ha dejado en la aldea una niña de la que también quisiera hablar. ¡Tiene tantas cosas que contar! ¡Qué no daría él por encontrar alguien que se prestase a escucharlo, sacudiendo compasivamente la cabeza, suspirando, compadeciéndolo! Lo mejor sería contárselo todo a cualquier mujer de su aldea; a las mujeres, aunque sean tontas, les gusta eso, y basta decirles dos palabras para que viertan torrentes de lágrimas. Yona decide ir a ver a su caballo. Se viste y sale a la cuadra. El caballo, inmóvil, come heno.
- ¿Comes? -le dice Yona, dándole palmaditas en el lomo-. ¿Qué se le va a hacer, muchacho? Como no hemos ganado para comprar avena hay que contentarse con heno... Soy ya demasiado viejo para ganar mucho... A decir verdad, yo no debía ya trabajar; mi hijo me hubiera reemplazado. Era un verdadero, un soberbio cochero; conocía su oficio como pocos. Desgraciadamente, ha muerto...Tras una corta pausa, Yona continúa:
- Sí, amigo..., ha muerto... ¿Comprendes? Es como si tú tuvieras un hijo y se muriera... Naturalmente, sufrirías, ¿verdad?...El caballo sigue comiendo heno, escucha a su viejo amo y exhala un aliento húmedo y cálido. Yona, escuchado al cabo por un ser viviente, desahoga su corazón contándoselo todo.

miércoles, 2 de enero de 2008

Las violaciones de la Historia

Decía Alejandro Dumas: "Es cierto, yo violo constantemente a la Historia pero, ¿a que le hago bellas criaturas?". Con esa máxima, el rey del folletín ha marcado el conocimiento que muchos tenemos de algunos de los principales personajes de la gloria de Francia del XVI y el XVII. Da igual que los libros de texto nos expliquen que Richelieu no era tan venenoso. Nosotros siempre lo veremos como un vil intrigante que mandó matar a Buckingham, que ordenó robar los erretes de la reina Ana, que envió (con intermediaria) vino de Anjou a los cuatro amigos que defendieron el baluarte de San Gervasio.

El ejemplo del cardenal me sirve para explicar la tremenda compasión que me provoca el personaje de Carlos I de Inglaterra, el inglés al que cortaron la cabeza en 1649. Ese que gritó a la plaza ("Remember") antes de morir, el que regó con su sangre la frente del caballeroso, del noble Athos. Desde que leí Veinte años después, el Estuardo ha sido uno de mis mayores modelos de valentía y coraje, uno de los pocos perros ingleses a los que admirar. He llorado con su familia buscando dinero para mantener la corona frente al arribista de Cromwell, he galopado a su lado justo cuando le daban caza, he vivido su gratitud con los que intentaron salvarle. Porque yo quería salvarlo sobre todas las cosas, aunque fuese un maldito rey absolutista. El caso es que una biografía muy mal escrita me ha tumbado el mito: cuando declaró a España la guerra (total porque le pidieron que se hiciera católico para casarse con la Infanta, tras cruzarse en los madriles con un capitán llamado Batiste o Alatriste), arrinconó a impuestos a los suyos; se casó con una francesa católica y comenzó a legislar contra los protestantes, al fin y al cabo, los suyos; gestionó el dinero peor que mal y descuidó los ejércitos, que por todo le dimos las suyas y las del vecino cuando osó tocar Cádiz; emprendió la liberación de La Rochelle y fue un fiasco que pagó con las cosechas de los ingleses, muertos de hambre para poder dar de comer a la tropa mal pagada y desestructurada; encarcelaba a quien le daba la gana; se atrevió, osado, a gobernar sin Parlamento; recuperó diezmos que databan del siglo XIII y pateó a quien se le puso por delante porque, qué olvido el del pueblo, era rey por la gracia de Dios....

El caso es que no fue el mejor monarca de la Historia, lo que tampoco quiere decir que se ganara el hachazo en el cuello a mayor gloria del negro Cromwell (otro que ya puede hacer lo que haga, que siempre será el personaje siniestro que tenía a sueldo a Mordaunt, el hijo de Milady). El caso es que el mito se ha encogido, pensaba yo, que ya no lo lloraré tanto la próxima vez que sienta la respiración de Athos a un paso de su frente, incapaz de salvarlo. Pero no es así, no señor: hace unos días, paseando por el Museo del Prado, descubrí que la Salomé de Tiziano que cuelga en su pared fue comprada por el marqués de Laganés en la almoneda de Carlos I después de que lo mataran, y lo mismo sucede con la Venus recreándose en la música, que tras su ajusticiamiento pasó a manos de Felipe IV. Y qué queréis que os diga: el corazón me volvió a dar un vuelco, y volví a repasar la dignidad del rey hundido, la templanza ante la muerte. El daño de Dumas a la Historia se compensa con el puñado de héroes y antihéroes soberbios que nos ha legado. Aunque no se lo merezca, viva el rey.

De mal en peor


Reporteros Sin Fronteras ha hecho pública hoy su memoria anual, en la que informa de que han sido 86 los periodistas asesinados en el mundo durante 2007. No está mal la cifra, casi se ha triplicado en cinco años. Cada vez incomodamos más por ahí fuera, mientras aquí nos dormimos en las ruedas de prensa y no pregunta ni dios. Aunque quede un poco antiguo, os recomiendo un paseo por ¿Quién mató a Daniel Pearl?, de Bernard-Henri Levy (Tusquets), un libro que revive el sacrificio del humilde plumilla del Wall Street Journal que he liquidado estas navidades. Viene bien a la hora de entender que los límites entre el aventurero, el temerario y el profesional ya se pierden en este mundo de redes y telarañas, donde el enemigo está pero nunca sabes dónde. Vamos, que a veces el periodista va al matadero y piensa que le aguarda el Pulitzer. Duro y tremendamente bien documentado. Un libro, por cierto, que nunca debió ser para mí: me lo regaló en octubre de 2006 el maestro Alfredo Valenzuela, de la Agencia Efe. Fue la mañana en que visité su redacción porque habían secuestrado a Emilio Morenatti en Gaza. "Toma, quédatelo, lo tenía guardado para él pero llévatelo que a ti estas cosas te gustan. Y no sé cuándo se lo voy a poder dar...". No debí cogerlo, pero el caso es que el libro de Emilio es ahora mi libro. Le debo una.


Feliz año...

Por un año lúcido. Lo único que le pido a 2008 es sentido común.