jueves, 3 de junio de 2010

Bohórquez

Primero me dio miedo, luego respeto, que se tornó admiración ilimitada y hoy es, sobre todo, un cariño verdadero, por más que no se lo diga (porque estas cosas, y depende con quién, no se dicen). A Manolo Bohórquez lo conocí en la Bienal de 2000, el año en que me estrené en el oficio, en ABC de Sevilla, el año en que de pronto entendí que, tras décadas de herencia lenta y callada de mi padre, el flamenco había acabado por ser parte de mi vida. Entonces lo miraba de lejos, con asombro por su grandeza física y por las reverencias, silencios y sombrerazos que generaba a su paso. "Es Bohórquez, nuestro crítico", me explicó con orgullo la maravillosa Mónica Rodríguez. Empecé a leerlo con fruición, y me deslumbró. Cuando dos años más tarde compartimos redacción, ya en El Correo, me arrancaba la sonrisa sólo con verlo subir las escaleras. Ya estaba allí el gran Manolo, listo con su veredicto del último espectáculo, ardiendo en las yemas de sus dedos. ¿Cómo ha ido? De respuesta, una sonrisa de medio lado, casi una mueca, un movimiento de mano (así, así), unas cejas crispadas por el enfado, un resoplido de pena o indignación, un balanceo de cabeza pesado y satisfecho mientras digería lo visto, entre su bajada del taxi y su asiento frente al ordenador, hasta las mil, para hacer la mejor crítica del mundo. Citaré al director, que se me ha adelantado en su reseña, y que recuerda un texto sobre todas las cosas: el que escribió el de Arahal cuando murió Chocolate. Lo buscaré en el archivo del periódico, porque merece la pena...


Con semejante personaje, que me propusieran cubrir las citas de la Bienal a las que Manolo no llegaba (porque no tiene aún el don de la ubicuidad y había espectáculos dobles a la misma hora y en teatros distintos) fue uno de los mayores regalos que me ha dado el oficio. La rutina de hablar con él la previa, ver los detalles de lo por venir, los posibles enfoques, las novedades, la coordinación (quién va en cada página, quién titula a dos o a una)... La memoria, si es sabia, guardará para siempre la charla de barra en el Bar Cobilla, en la esquina de Velarde y Dos de Mayo, con el señor crítico y con el bailaor Mario Maya, casi hermano suyo. La excusa era ir a recoger unas entradas para ver a Manuela Carrasco. Allí, al pie de los dos genios, escuché juicios, antecedentes, historias, ejemplos, aprendí que nunca sería capaz de entrar en la raíz de este arte como aquellos dos, pero también que, mientras existan almas flamencas como las suyas, habrá quien aprenda a querer estos lamentos y alegrías de siglos.


Si viene a cuento Bohórquez, más allá de los "a palo seco" que os he puesto en estos años, es porque ayer supimos que le han dado el Premio Nacional de Flamencología. Ahí es nada. A los buenos, insisto, siempre les llega el reconocimiento, y Manolo no es bueno, es el mejor en su especie, con sus querencias y sus atragantamientos. No hay otro. Tenemos al mejor en Crítica e Investigación, dicen los de la Cátedra de Jerez. Desde aquí nos sumamos a la felicitación colectiva que ya está recibiendo en su blog y en nuestra web. Maestro, mientras vamos ensayando para aplaudirle a compás en cuanto venga por la redacción... Se le quiere.
P.D.: la foto, de Gregorio Barrera.-

3 comentarios:

correístico dijo...

Ole por Manolo. Enhorabuena, compañero

Gordi dijo...

Le voy a contestar como se hace por mi tierra: "Cooooooon el sombrero en la mano como persona de diplomacia............" Qué bien cantaba eso el Chano Lobato, compa! Enhorabuena al Bohórquez; efectivamente, es de los grandes. Y un beso desde El Puerto pa tos ustedes

Herblay dijo...

http://www.elcorreoweb.es/perfilaturas/095924/manuelbohorquez/perfilatura

El perfil que le hace a Bohórquez en la edición de hoy Quico Pérez-Ventana