sábado, 19 de marzo de 2011

Historias


La base de nuestro oficio es contar historias, las cosas que vive la gente, lo que les ocurre, preocupa, alegra y estremece. Vida, en resumidas cuentas. No me canso de insistir en ello. Historias son las guerras políticas, un nuevo libro que se publica, un gol (del Atleti, a ser posible). También son historias el robo a un frutero, el drama de un inmigrante, el trabajo de un médico que cura desde su laboratorio. Es lo que contamos a diario. Todas ellas tienen rostro, más o menos conocido. Son nuestra base. Pero sin el equilibrio entre calle y despachos, entre anónimos y reconocidos, el oficio se hace más plano, menos vivo, menos integrador. Es lo que creo, y quizá por eso estoy incómoda leyendo, viendo, oyendo las grandes noticias de estos días, Libia y Japón. No veo gente, veo políticos, expertos, estrategas. Necesarios, pero insuficientes. No veo a los que sufren el terremoto, a los que tratan de bloquear la radiación, no veo a los oprimidos por Gadafi, a los que sufren los bombardeos. No hablo de rostros, que también: hablo de vidas contadas. Son las consecuencias de una cobertura informativa durísima, lo sé. No es un reproche al trabajo sensacional de los compañeros. Es sólo que ansío conocer vivencias hechas carne, antes de cansarme de ver la foto fija de los correponsales de la CNN. Quizá la incomodidad procede, en parte, de que ahora tengo la suerte de escribir muchas historias sin corbatas, sin uniformes, sin moqueta, y siento la fuerza de la gente común latiendo en las palabras. Y quiero ver esa fuerza en cada titular del planeta. Coordenadas, mediciones, armamento, números, previsiones, tecnicismos... Todo periodismo indispensable. Como las historias. Esas que, depende del medio, tanto escasean. Como en la ilustración que acompaña a esta entrada, la gente se cae de los periódicos. Pero quiero creer que ahora no tenemos estas historias porque la naturaleza, la radiación o las bombas no nos dejan llegar a ellas. Que no es un síntoma más de la desaparición de las voces de base en la prensa mundial. Ahí están las revoluciones egipcia y tunecina para demostrar que no hay que ser agoreros, que se puede contar la Historia con historias. Seguro que en Libia y Japón es cuestión de tiempo que las veamos.

miércoles, 16 de febrero de 2011

La 'mentira' de De Cavia

Ahora que Cercas y Espada se tiran los trastos a la cabeza, y está de moda reflexionar sobre periodismo y ficción, he recordado este artículo. El 25 de noviembre de 1891, El Liberal publicaba una noticia aterradora: "La catástrofe de anoche. España está de luto. Incendio en el Museo del Prado". La firma de Mariano de Cavia daba cuenta del horror causado en la pinacoteca por la suciedad, el desorden, los mendigos, la falta de seguridad. Tanta dejadez gubernamental acabó provocando un fuego tremendo. Ese artículo fue la base del examen que nos pusieron en Tercero de carrera, en la asignatura Periodismo y literatura. Todos analizamos sesudamente las palabras bien juntadas de don Mariano, pero nadie, ni uno, y éramos 90 alumnos, descubrió el truco: aquel artículo era un ejemplo de periodismo-ficción, porque contaba una mentira monumental. El periodista narró una trola a sus lectores para concienciarlos de la situación de penuria que atravesaba el museo. "Hemos inventado una catástrofe... para evitarla", justificó De Cavia. Así que la máxima de que el periodismo es la realidad y la literatura es la ficción saltó por los aires. Cuando el profesor, Miguel Nieto, nos desveló el secreto, se nos quedó una cara de tonto digna de retratar. Aquí va el texto, añadiendo el final, que no todos los lectores alcanzaron a leer, azorados por la noticia, (y que por supuesto no estaba en nuestro examen); en él, De Cavia deja claro que aquello no era cierto, aunque estuviera a punto de serlo. Aunque sacara a la calle a medio Madrid, indignado, como si lo fuera. Decía De Cavia que era una mentira publicada para evitar una verdad... Creo que el duelo entre Cercas y Espada va mucho más allá de los propósitos del XIX.

El incendio del Museo del Prado
Las primeras noticias
¡Noche, lóbrega noche!
A las dos de la madrugada, cuando ya no nos faltaba para cerrar la primera edición más que las noticias de última hora que suelen recogerse en las oficinas de Gobierno Civil, nos telefonean desde este centro oficial las siguientes palabras, siniestras y aterradoras:
-El Museo de Prado está ardiendo. ¡Ardiendo el Museo del Prado!...
En aquel mismo instante daban comienzo las campanas de las parroquias a sus tétricos toques. Nos echamos a la calle, y al llegar a la Puerta del Sol advertimos desusado movimiento de gentes. De los cafés, de los círculos, de los casinos, salían en revuelto tropel los trasnochadores, y el vocerío era tal, que apenas había ventana ni balcón donde no se asomarán los pacíficos vecinos, turbado el sueño por el estruendo de la calle.
-¡Qué desdicha! ¡Qué catástrofe! ¡Pobre España!... ¡Perdemos lo único que aquí tenemos presentable!...
Así hablaban las gentes, y corrían desoladas hacia el Prado, ávidas de ver para creer en tamaña desgracia, deseosos de que la realidad estuviese muy por debajo del temor. Por desgracia, los resplandores del incendio, iluminando intensamente los nubarrones apiñados sobre Madrid, parecían decir:
-¡Rechazar toda esperanza!
Un grito de angustia, seguido de violentas imprecaciones, de palabras de lástima y aún de blasfemias, se escapaba de todos los labios cuando los curiosos llegaban al Prado, y veían al monumental edificio trazado por don Ventura Rodríguez, coronado de llamas, lanzando columnas de humo hacia las nubes, y de cuando en cuando haces de chispas que semejaban luminosos residuos del espíritu de Velázquez, Murillo, Rafael, Rubens, Tiziano, Goya… No: No ardía sólo el ala de Poniente, ni el ala de Levante, ni el centro del edificio. Lo que ardía era el Museo todo, el Museo Entero, el Museo por los cuatro costados.
-Europa entera –oímos decir a un espectador- dirá mañana que España ha perdido uno de los pocos florones que quedaban en su corona. Esto es como una desmembración de la patria. Algunas personas lloraban… Otras se precipitaban hacia el edificio, siguiendo a los soldados que llegaban de los próximos carteles de los Docks. Por la puerta central salían algunos hombres arrastrando lienzos –tal vez los de menos valor, los menos interesantes- que habían logrado arrancar de los marcos, cortándolos con cuchillos y navajas. Las bombas funcionaban con dificultad que llamaríamos extraordinaria, si no fuese eso lo ordinario en semejante servicio. Ni ¿de qué podían servir unas cuantas mangas ante las proporciones del siniestro? Los chorros de agua que se lanzaban hacia el museo desde la explanada de los Jerónimos más parecían avivar la hoguera que extinguirla.
La premura del tiempo y lo angustioso de las circunstancias nos impide entrar ahora en pormenores acerca del Museo de Pinturas, ni en la descripción de sus espléndidas salas, ni en la reseña de sus riquísimos tesoros. Tiempo nos quedará para recordar a la patria lo que a estas horas está perdiendo, como lo pierden la Humanidad y el Arte, por culpa de la imprevisión oficial. Si la maldita y sempiterna imprevisión de nuestros gobiernos, ha sido el origen de esta grandísima catástrofe. Parece ser que el fuego se inició en uno de los desvanes del edificio, ocupados, como es sabido, a ciencia y paciencia de quien debiera evitarlo por un enjambre de empleados y dependientes de la casa. Allí se guisaba, allí se encendía fuego para toda clase de menesteres caseros, allí se olvidaba que una sola chispa podía bastar para la destrucción de riquezas incalculables… los suelos y la techumbre eran, por otra parte, inmejorables agentes para el elemento destructor, gracias a la endeblez y combustibilidad de sus tablones y cañizos, poco menos que desnudos. Un brasero mal apagado, un fogón mal extinguido, un caldo que hacer a media noche, una colilla indiscreta… ¡y adiós, Pasmo de Sicilia! ¡Adiós Sacra Familia del Pajarito! ¡Adiós testamento de Isabel la Católica! ¡Adiós Vírgenes y Cristos, Apolos y Venus, héroes y borrachos, reyes y bufones, diosas de Tiziano y anacoretas de Ribera, visiones de Fra Angélico y desahogos de Teniers!
Inmensa debiera ser la responsabilidad para los que no han querido cortar abusos a tiempo y conjurar peligros oportunamente: pero ¿qué es en España la responsabilidad? Una palabra hueca.
Ultima hora
Con lágrimas en los ojos, cerramos apresuradamente esta edición, reproduciendo la siguiente carta que nos envían desde el siniestro: “Amigo y director: Creo que, para ser ésta la primera vez que ejerzo como reportero, no lo hago del todo mal. Ahí va, en brevísimo extracto, la reseña de los tristes sucesos… que pueden ocurrir aquí el día menos pensado. Tuyo, Mariano de Cavia.”

MARIANO DE CAVIA.

(Artículo propiedad del Diario ABC).

miércoles, 9 de febrero de 2011

"Defensa de la alegría"

PAQUI ARIAS, DEFENSA DE LA ALEGRÍA, por Alejandro Luque.-

De unos versos de Benedetti con música de Serrat extrajo Paqui Arias su lema. Entendió que la alegría, más que un estado de ánimo, es un verdadero oficio que exige dos talentos: perseverancia y generosidad. Alegre vocacional y a tiempo completo, prodigó su sonrisa a manos llenas y por los cinco continentes. Cualquiera que se haya cruzado en su camino, ya sean escritores famosos o camareros, vendedores del mercado o revisores de tren, conserva de ella un recuerdo perdurable.
Es imposible, pues, pensar en Paqui sin sonreír. Y mucho más recordar sus peripecias sin acabar riendo hasta las lágrimas. Allí donde recalara, una playa perdida del Pacífico o una populosa ciudad de la India, a los cinco minutos había trabado amistad con todo el mundo y roto dos o tres corazones. No necesitaba conocer el idioma vernáculo: dominaba el esperanto de la naturalidad y el desenfado. Era suficiente. Al marcharse, invariablemente, la gente del lugar quedaba desconsolada y anhelando su vuelta, que era el estado habitual de quienes la queríamos aquí, en su Gerena natal y en Sevilla.
Será por eso que nadie cree que se haya ido de veras, y sí que este adiós no es sino otro de sus embarques, que pronto volverá contando aventuras y repartiendo besos y regalos. No lo creen los parroquianos de los boliches porteños, ni las mujeres cubiertas con túnicas de colores de Rajastán. Nunca han suspirado tanto los muelles desde Marsella a Mayotte. En Delhi y en Bogotá tampoco se resignan. Hay quien asegura haberla visto bailando en la vieja noche de las islas griegas, y no faltan los surfistas que a veces, entre festones de espuma, la reconocen caminando bajo el sol de Australia.
Su desparpajo, su risa contagiosa, con esa afonía inconfundible; la mirada felina que proyectaba sobre el mundo, son ya indelebles, como su torrencial sentido de la amistad. Pero no lo es menos el coraje y la lucidez con que afrontó los reveses de la suerte. Aquello que escribió hace unos meses, “Es hora de pelear”, parece el rubro de estos tiempos duros, turbios, inclementes. Vendrán muchas ocasiones para preguntarnos cómo habría reaccionado Paqui ante esta o aquella adversidad, y tratar de emular su ejemplo y el de su familia. Ojalá nos asista entonces su valor y su fortaleza, pero también su capacidad para celebrar las bonanzas y paladear ese licor escurridizo que llamamos felicidad.
Eso ha sido, eso es Paqui, y muchas cosas más. Una rebelde, una hedonista irredenta, una cómplice, una tenaz cazadora de emociones, una cautivadora femme fatale, una amenísima y vehemente conversadora, una mujer ferozmente libre. Muchos de nosotros la conocimos gracias al periodismo: el oficio más bonito del mundo, dicen, después de la Alegría.

domingo, 6 de febrero de 2011

Paqui

Son poco más de las seis de la tarde aquí, tan lejos. Dentro de una hora, será su entierro. A la misma hora, pero en Gerena, en su tierra. Un correo maldito, a medio encajar en mitad de una manifa pro-revolución egipcia en Ramala, me trajo la noticia. Paqui ya había exprimido hasta la última gota de su vida. Hace un par de meses que sabía de su pelea por la dignidad y por la supervivencia. Parecía impensable, por ese pálpito infantil que tenemos de que a los nuestros, a los buenos, a los que queremos, no les puede pasar nada. Hace mucho que no la veía, demasiado, desde un encuentro fugaz en la Alameda. "Rengelilla, ¿qué pasa? ¿Dónde te metes?". Poco tiempo coincidimos en nuestro Correo, pero lo suficiente para quererla y admirarla. Por vitalista, por espíritu libre, por ser la mejor de las mejores escribiendo en aquel maravilloso Correo de la Provincia, por independiente, por franca, por consejera y compañera. Muchos paseos a nuestra mesa, la de los "andaluces", para ver a la Cañal, y siempre con un guiño, una broma, una mano rápida que revolvía el pelo a modo de saludo. Paqui, grande Paqui, que supo vivir siempre con la amenaza del adiós, dándonos a todos una lección de sabiduría. Periodista curiosa, con la empatía que sólo generan las buenas personas, próxima siempre. Yo sólo rocé sus días, ella sólo rozó los míos, pero esa luz, su luz, siempre ha estado presente. Los que la conocen mejor, los que la quieren más, saben de lo que hablo. Con ellos estoy ahora, con su dolor y su vacío. Espero que les reconforte el recuerdo de su batalla y su sonrisa. No es un tópico: en ella cada fibra era tenacidad, voluntad, vida. Eso nos deja, hasta que la veamos de nuevo. Se la quiere...

viernes, 4 de febrero de 2011

Yo quiero ser periodista (del New York Times)

P.D.: Gracias a mi amigo Óscar Miró por este regalillo...

jueves, 27 de enero de 2011

Periodistas de gueto

El Holocausto nazi fue el mal absoluto. Hoy lo recordamos en el día internacional que conmemora la liberación del campo de Auschwitz, 66 años atrás. Quien más y mejor hace por mantener viva la memoria de aquel horror es el Yad Vashem, el Museo de la Memoria del Holocausto de Jerusalén. Ir allí es sentir el latido de la vida, la sombra de la muerte, las tripas encogidas por el miedo y el odio desaforado, el corazón ensanchado por la grandeza y fortaleza del ser humano. Entre las millones de historias que guardan sus paredes también hay algunas de periodistas, cómo no. O de protoperiodistas, o de "periodistas-ciudadanos", de gente, en fin, que quiso contar lo que le pasaba a la gente, incluso en semejantes circunstancias; o quizá por eso.
Hay una foto que siempre me estremece: una señora rubia, con traje veraniego (la guerra acabó allá por mayo), tacones y una salud estupenda, se tapa la boca, entre el llanto y el asco, al ver los cadáveres de los asesinados en los campos, tirados en una pradera verde. Ella es de las que no sabía o no quiso saber. Pero incluso en los campos, incluso en los guetos, hay quien contó lo que pasaba, para que el mundo supiera. Están los chavales del Lodz Ghetto Chronicle, que durante tres años y medio hicieron un boletín de su barrio, cerrado como una jaula, contando los nuevos racionamientos, los toques de queda, los estrenos en el pequeño teatro que seguía en pie. Su experiencia pasó a ser un libro en los 80, entre otros, con la colaboración de Arie Ben-Menachem, un fotógrafo que retrató a las gentes del gueto polaco. Fue el único superviviente de aquel equipo de reporteros.
En el gueto de Kovno, los judíos lituanos formaron una pandilla, The Chroniclers, compuesta por jóvenes inquietos que aportaban sus pequeñas crónicas diarias al servicio de la comunidad. Crearon hojillas baratas o bandos con narraciones (tan dados son los judíos a la cultura del muro y el cartel). Entre ellos estaban Esther Lurie, Jacob Lifschitz, Josef Schlesinger...
Quizá la mayor tarea de documentalistas la hicieron Ruda Stadler, John Freund y sus amigos de Budejovice, Checoslovaquia, The underground reporters, que editaron un periódico que incluyó hasta poesías y cuentos y, con sus escasos medios, trataron de grabar los testimonios de sus vecinos de infierno, para que su voz quedase, para que no se perdiera el relato de sus vidas, sus costumbres, sus refranes y recetas. Aquello que los nazis quisieron borrar para siempre matando a los judíos.
"Ser escritor, al menos cierto tipo de escritor, significa vivir rodeado de pánico percibiendo a tu alrededor bultos que pasan de un compartimento a otro con los calcetines mojados. Y tú eres uno de esos bultos: aquel que, por encima o por debajo del miedo, está poseído por la necesidad de contarlo, aunque las posibilidades de que alguien lo lea sean muy escasas", escribe Juan José Millás en uno de mis artículos de cabecera. Eso es lo que ellos sentían: la necesidad de contar por encima del horror, de seguir narrando la vida incluso en la muerte. El ansia de dejar constancia del paso del tiempo, añadida a la de ejercer el papel de testigos de un crimen. Periodistas de gueto. Hoy el recuerdo es para ellos y para los siete millones de muertos que dejó Adolf Hitler. Para que siempre estén presentes, para que no se repita.

domingo, 16 de enero de 2011

Salomé, Juan, Miriam

Juan Tortosa (centro), rodeado de parte de la última delegación de CNN+ en la comunidad andaluza; Salomé es la segunda por la izquierda. Y me falta Miriam...
Las noticias llegan a través de internet, así que la distancia no ha sido impedimento para conocer los teletipos. Información puntual (está pasando, lo estás sabiendo). Pero los 4.000 kilómetros no aminoran el daño, la rabia, la solidaridad. Eso no. Eso no me lo ahorran. De lo que me privan es de poder darles un abrazo enorme a los protagonistas de la maldita noticia, una más, pero no una cualquiera dentro de esta cadena de despidos, EREs y cabeceras cerradas que nos está dejando la crisis y la conveniencia empresarial. Por eso necesitaba mandar este abrazo de palabras a Salomé Machío, a Juan Tortosa y a Miriam Lorenzo, a mis amigos de CNN+ en Andalucía. Porque son especiales. Porque me duelen. Porque han compartido conmigo momentos de vida y oficio, y porque me han enseñado a hacer periodismo, aunque sea con un consejo, una batallita, un teléfono prestado, una sonrisa.

En eso Salo es especialista. Siempre lista para alegrarme la mañana. Compañera correística, a mi vera en Local, fue mi fuerza, mi ánimo diario, mi guía impagable por el mundo judicial en el que su empeño, su cercanía y su fiabilidad abrían las puertas más complicadas. Qué mala sucesora te tocó. Aquello fue el nudo, pero con Salo siempre quedaba la calle compartida: los encuentros felices en una rueda, las mañanas frías de guardia, las quedadas (siempre menos de las que hubiera deseado). Un honor despedirla del papel en una cabalgata de reyes escrita a cuatro manos, cansadas de recibir caramelazos (y de pedir gasparines). Fuera y dentro, siempre Salo pendiente, lista para hacer la vida más hermosa. "Qué grande, la Salo", como dice Bocanegra (otro enorme).

Juan es caso aparte. Es el maestro del oficio en Sevilla, es vocación pura que la veteranía no ha podido avejentar, ni arrugar, ni manchar. Sólo le ha sacado lustre. Mi pena es no haber pasado más tiempo en la calle con él, o a su lado en un café, escuchando y aprendiendo. Por eso guardo como un tesoro el viaje insulso de Griñán a Marruecos, porque lo tuve cerca, y ya no lo perdí. A su blog peregrino a diario en busca de orientación y lo engancho por la red en cuanto puedo, que cada consejo es una joya; cada historia, oxígeno en este mundo de miserias. Porque nadie cuenta con más pasión lo que ha hecho, lo que hace, lo que va a hacer. Porque en su boca el periodismo es verdad, es alegría, y revive frente a los agoreros del fin del mundo. Mientras quede gente como él, habrá periodismo.

Y Miriam... ¿Es posible que coincidas con una persona apenas diez o quince veces en tu vida y la aprecies tanto? Sí, es posible, si siempre tuvo el detalle de acercarse, de presentarse, de preguntar si necesitas algo. Cuando una empieza y está verde como las aceitunas, las Miriam son impagables. Ahí estuvo, para guiar cuando más lo necesitaba. El cariño que le profesan Salo y Juan no hace más que convencerme de que debe ser, de que es, una periodista estupenda.

Amigos, colegas, consejeros. Los tres han pasado el calvario y el trance del cierre de CNN+, esa infamia. Cada cual, ahora, afronta un futuro distinto, pero sólo deseo que sea el mejor de los posibles, el que merecen, el que les permita seguir contando a la gente lo que le pasa a la gente. Es un deseo profesional y egoístamente personal. Los necesito conmigo, los necesito ejerciendo, como sea y donde sea.

Ojalá pronto este abrazo deje de ser virtual. Mientras, me conformo con recordarlos con su compañera por estas tierras, Ana Garralda, que está a un paso de ganarse otra entrada en este blog, porque es de las buenas. A ver si consigo que os quiera tanto como yo.


P.D.: El abrazo es extensible, claro, a todos los trabajadores (redactores, cámaras, sonidistas, montadores, realizadores, productores... a todos) de CNN+. Ánimo, compañeros, va de vuelta por el que nos regalásteis en forma de aplausos allá por mayo.-

sábado, 15 de enero de 2011

Lama

Aquello del mendigo no tuvo nombre, hay sábados que tiene más comentarios machistas que goles canta, y cuando le sale el ramalazo madridista y raulista me pone de los nervios... pero es Lama, es Manolo Lama. No hay más que decir. Que los amores de adolescencia son complicados de curar, y él es uno. De los fuertes. Tengo un anuncio publicado en 1993 en la revista Tiempo en el que ya aparece con sus dos colegas, Paco González y Pepe Domingo Castaño, y que durante años ha decorado mi carpeta del instituto (por dentro, que por fuera iba un artículo del Jefe en una cara y una foto de Ciudadano Kane en otra). Los primeros Carruseles, el enganche ya nunca perdido al fútbol... Él tiene buena parte de culpa. Hoy sueño con entrevistas muy diferentes, y cuento cosas que nada tienen que ver con el deporte, pero en su día, con 14 años, mi meta era Lama. Fue mi primera entrevista frustrada. Tania -una compañera de clase, que también se tituló luego en Periodismo- y la que suscribe quedamos con Lama en el Sánchez Pizjuán, un día que vino con el Madrid, pero la seguridad del estadio acabó con nosotras: nos echaron de la puerta de prensa, nos chillaron, nos ningunearon. Acabamos en la grada con nuestra entrada, en el gol sur, encaramadas a una verja con una libreta enorme en la que le mandábamos mensajes a los compañeros de Radio Sevilla para que avisaran a Lama, que estaba en la pecera de al lado, de que allí estábamos. Aquello fue una locura imposible. Nunca se lo confesé a Florencio Ordóñez ni a Manolo Aguilar, los que radiaban aquel día, no les dije que yo era una de aquellas locas. Me callé, allí sentadita en Informativos, admirándolos de lejos, como a todos sus compañeros. Si vosotros supiérais las tontadas que ha hecho vuestra colega la becaria... El pobre Lama se disculpó 500 veces, pese a que no fue culpa suya. No desistimos. Lo intentamos en el partido Betis-Atlético. No lo mandaron entonces. Pero la excusa fue perfecta para conocer a David Alonso y Antonio Ruiz, y tenerlos por amigos durante años. A Lama sólo una vez lo he visto. De lejos, enganchado al teléfono, en la redacción central de la Ser. En una tarde de nervios y expectativas. Entonces tenía diez años más y otros quebraderos de cabeza. Y un nuevo reto inalcanzable. Como Lama. Pero una meta y otra la seguiremos peleando. Mientras, me conformo con que ese hombre adorado haya vuelto al redil de los amigos. Aunque sé que es en una casa que no es la que fue mía. Qué bueno tener a la familia reunida, aunque sea en la distancia.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Enric González

Enric González lee El País mientras viaja de San Sebastián a Barcelona. Blog de Javier Moltó.-
Dejemos los remilgos a un lado. A veces el periodismo es un arma maravillosa para conocer a personas a las que, de otro modo, difícilmente podríamos acceder. Un camino fácil para tocar a quien se admira. No es muy recomendable, decía Patrick O´Brien, conocer a los ídolos, porque el mito se te puede ir al garete. Pero la tentación era demasiado fuerte y, además, sabía que esta vez el padre de Aubrey y Maturin se iba a equivocar. Muchos años adorando al mito como para no intentarlo siquiera. Y el mito, lejos de evaporarse, se ha agigantado. Enric González es infinitamente mejor de lo esperado. Es la humildad personificada, un tipo amable, afable, dicharachero, conversador fantástico, con una capacidad intensísima para escuchar, atento, intrigado. Curioso para aprender de todo, incluso de la sarta de obviedades y tonterías con las que esta que suscribe podía torturarlo. Con lo que han visto sus ojos podía estar endiosado, mirar el mundo por encima del hombro, darlo todo por sabido. Qué va. Parece un niño dispuesto a empaparse de cada brizna de saber que corra por su lado, sin límites, sin correcciones políticas, sin presiones. Que es valiente ya lo demostró con aquella antológica columna. Que es inteligente, certero, sensato, lo evidencia en cada crónica, ahora, desde Jerusalén. Lo que se intuía también es cierto: que le duele el oficio, que piensa y repiensa el periodismo, que admira a sus iguales (aunque se sonroje cuando se le llama "maestro" y "pastor" y ese tipo de cosas), que le brillan los ojos al contar cómo trabaja, por ejemplo, Soledad Gallego-Díaz. Pocos periodistas llegados a su nivel son capaces de girar la vista hacia los EREs, los despidos, los sueldos bajos, las jornadas criminales... No quiere olvidar que ese oficio también es el suyo. Hay quien dirá que aún tiene ilusión porque divisa este empleo desde una atalaya privilegiada. No lo creo. De corazón sigue pensando que el periodismo está vivo y tiene futuro, distinto al que él ha conocido, nada que ver con las redacciones que pisó con 16 años, pero el oficio de contar historias sigue vivo, y necesita soportes donde poner rostro a la vida. No es un iluso ni un embaucador. No. Cree sin fisuras que se pueden "romper las costuras" que imponen la autocensura y las presiones empresariales, poco a poco, ensanchando el horizonte. Lo dice quien puso en juego su puesto, quien incomoda en la central de su periódico, quien se tuvo que venir lejos para seguir contando lo que le pasa a la gente. Y, aún así, sigue metiendo el dedo en la llaga.
Hay que decir que, además, es divertido y cuenta grandes anécdotas, que tiene una mirada limpia de prejuicios que nada ni nadie ha manchado, que escapa de la antropología barata y mira al diferente con interés desmesurado. La sonrisa que domina el rostro flaco cuando habla de fútbol ilumina media Jerusalén. Fuma pero no demasiado, un cigarro (Marlboro) a la hora, gesticula con cadencia y fuerza contenida, se pone y se quita las gafas del cerca, se hace el remolón con las fotos. Para la cita eligió el Zuni, el único restaurante de la ciudad que abre 24 horas y que hasta los ultraortodoxos se vieron obligados a respetar. Un sitio tranquilo con jazz de fondo. No pincharon a Chet Baker, pero hablamos de él. Y de religión, de Berlusconi, de crisis. De tópicos, jefes y batallitas.
El encuentro pudo darse con la tribu de corresponsales españoles que, cada poco, hace una quedada en un buen restaurante jerosolimitano, pero esta charla a dos, más tranquila, fue un regalo de mis amigos-colegas Alejandro Luque e Ilya Topper para Mediterráneo Sur. Impagable oportunidad para ver de cerca al adorado señor González. Esta mitómana convencida e irredenta se crece cuando constata que los dioses no tienen que ser de barro. Que los hay de verdad, que no mienten, que no engañan. Así que, preparaos, porque estoy insoportable estos días. He visto que la luz era limpia y verdadera. Ahora toca pelear para alcanzarla.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Más con menos

"The Wire". Quinta temporada. Tercer capítulo. Cómo hacer "más con menos" en una redacción. Demasiado duro todavía. Demasiado cercano. Hoy también soy del "The Sun".

P.D.: Y me estreno colgando un vídeo en Youtube...