jueves, 27 de enero de 2011

Periodistas de gueto

El Holocausto nazi fue el mal absoluto. Hoy lo recordamos en el día internacional que conmemora la liberación del campo de Auschwitz, 66 años atrás. Quien más y mejor hace por mantener viva la memoria de aquel horror es el Yad Vashem, el Museo de la Memoria del Holocausto de Jerusalén. Ir allí es sentir el latido de la vida, la sombra de la muerte, las tripas encogidas por el miedo y el odio desaforado, el corazón ensanchado por la grandeza y fortaleza del ser humano. Entre las millones de historias que guardan sus paredes también hay algunas de periodistas, cómo no. O de protoperiodistas, o de "periodistas-ciudadanos", de gente, en fin, que quiso contar lo que le pasaba a la gente, incluso en semejantes circunstancias; o quizá por eso.
Hay una foto que siempre me estremece: una señora rubia, con traje veraniego (la guerra acabó allá por mayo), tacones y una salud estupenda, se tapa la boca, entre el llanto y el asco, al ver los cadáveres de los asesinados en los campos, tirados en una pradera verde. Ella es de las que no sabía o no quiso saber. Pero incluso en los campos, incluso en los guetos, hay quien contó lo que pasaba, para que el mundo supiera. Están los chavales del Lodz Ghetto Chronicle, que durante tres años y medio hicieron un boletín de su barrio, cerrado como una jaula, contando los nuevos racionamientos, los toques de queda, los estrenos en el pequeño teatro que seguía en pie. Su experiencia pasó a ser un libro en los 80, entre otros, con la colaboración de Arie Ben-Menachem, un fotógrafo que retrató a las gentes del gueto polaco. Fue el único superviviente de aquel equipo de reporteros.
En el gueto de Kovno, los judíos lituanos formaron una pandilla, The Chroniclers, compuesta por jóvenes inquietos que aportaban sus pequeñas crónicas diarias al servicio de la comunidad. Crearon hojillas baratas o bandos con narraciones (tan dados son los judíos a la cultura del muro y el cartel). Entre ellos estaban Esther Lurie, Jacob Lifschitz, Josef Schlesinger...
Quizá la mayor tarea de documentalistas la hicieron Ruda Stadler, John Freund y sus amigos de Budejovice, Checoslovaquia, The underground reporters, que editaron un periódico que incluyó hasta poesías y cuentos y, con sus escasos medios, trataron de grabar los testimonios de sus vecinos de infierno, para que su voz quedase, para que no se perdiera el relato de sus vidas, sus costumbres, sus refranes y recetas. Aquello que los nazis quisieron borrar para siempre matando a los judíos.
"Ser escritor, al menos cierto tipo de escritor, significa vivir rodeado de pánico percibiendo a tu alrededor bultos que pasan de un compartimento a otro con los calcetines mojados. Y tú eres uno de esos bultos: aquel que, por encima o por debajo del miedo, está poseído por la necesidad de contarlo, aunque las posibilidades de que alguien lo lea sean muy escasas", escribe Juan José Millás en uno de mis artículos de cabecera. Eso es lo que ellos sentían: la necesidad de contar por encima del horror, de seguir narrando la vida incluso en la muerte. El ansia de dejar constancia del paso del tiempo, añadida a la de ejercer el papel de testigos de un crimen. Periodistas de gueto. Hoy el recuerdo es para ellos y para los siete millones de muertos que dejó Adolf Hitler. Para que siempre estén presentes, para que no se repita.

domingo, 16 de enero de 2011

Salomé, Juan, Miriam

Juan Tortosa (centro), rodeado de parte de la última delegación de CNN+ en la comunidad andaluza; Salomé es la segunda por la izquierda. Y me falta Miriam...
Las noticias llegan a través de internet, así que la distancia no ha sido impedimento para conocer los teletipos. Información puntual (está pasando, lo estás sabiendo). Pero los 4.000 kilómetros no aminoran el daño, la rabia, la solidaridad. Eso no. Eso no me lo ahorran. De lo que me privan es de poder darles un abrazo enorme a los protagonistas de la maldita noticia, una más, pero no una cualquiera dentro de esta cadena de despidos, EREs y cabeceras cerradas que nos está dejando la crisis y la conveniencia empresarial. Por eso necesitaba mandar este abrazo de palabras a Salomé Machío, a Juan Tortosa y a Miriam Lorenzo, a mis amigos de CNN+ en Andalucía. Porque son especiales. Porque me duelen. Porque han compartido conmigo momentos de vida y oficio, y porque me han enseñado a hacer periodismo, aunque sea con un consejo, una batallita, un teléfono prestado, una sonrisa.

En eso Salo es especialista. Siempre lista para alegrarme la mañana. Compañera correística, a mi vera en Local, fue mi fuerza, mi ánimo diario, mi guía impagable por el mundo judicial en el que su empeño, su cercanía y su fiabilidad abrían las puertas más complicadas. Qué mala sucesora te tocó. Aquello fue el nudo, pero con Salo siempre quedaba la calle compartida: los encuentros felices en una rueda, las mañanas frías de guardia, las quedadas (siempre menos de las que hubiera deseado). Un honor despedirla del papel en una cabalgata de reyes escrita a cuatro manos, cansadas de recibir caramelazos (y de pedir gasparines). Fuera y dentro, siempre Salo pendiente, lista para hacer la vida más hermosa. "Qué grande, la Salo", como dice Bocanegra (otro enorme).

Juan es caso aparte. Es el maestro del oficio en Sevilla, es vocación pura que la veteranía no ha podido avejentar, ni arrugar, ni manchar. Sólo le ha sacado lustre. Mi pena es no haber pasado más tiempo en la calle con él, o a su lado en un café, escuchando y aprendiendo. Por eso guardo como un tesoro el viaje insulso de Griñán a Marruecos, porque lo tuve cerca, y ya no lo perdí. A su blog peregrino a diario en busca de orientación y lo engancho por la red en cuanto puedo, que cada consejo es una joya; cada historia, oxígeno en este mundo de miserias. Porque nadie cuenta con más pasión lo que ha hecho, lo que hace, lo que va a hacer. Porque en su boca el periodismo es verdad, es alegría, y revive frente a los agoreros del fin del mundo. Mientras quede gente como él, habrá periodismo.

Y Miriam... ¿Es posible que coincidas con una persona apenas diez o quince veces en tu vida y la aprecies tanto? Sí, es posible, si siempre tuvo el detalle de acercarse, de presentarse, de preguntar si necesitas algo. Cuando una empieza y está verde como las aceitunas, las Miriam son impagables. Ahí estuvo, para guiar cuando más lo necesitaba. El cariño que le profesan Salo y Juan no hace más que convencerme de que debe ser, de que es, una periodista estupenda.

Amigos, colegas, consejeros. Los tres han pasado el calvario y el trance del cierre de CNN+, esa infamia. Cada cual, ahora, afronta un futuro distinto, pero sólo deseo que sea el mejor de los posibles, el que merecen, el que les permita seguir contando a la gente lo que le pasa a la gente. Es un deseo profesional y egoístamente personal. Los necesito conmigo, los necesito ejerciendo, como sea y donde sea.

Ojalá pronto este abrazo deje de ser virtual. Mientras, me conformo con recordarlos con su compañera por estas tierras, Ana Garralda, que está a un paso de ganarse otra entrada en este blog, porque es de las buenas. A ver si consigo que os quiera tanto como yo.


P.D.: El abrazo es extensible, claro, a todos los trabajadores (redactores, cámaras, sonidistas, montadores, realizadores, productores... a todos) de CNN+. Ánimo, compañeros, va de vuelta por el que nos regalásteis en forma de aplausos allá por mayo.-

sábado, 15 de enero de 2011

Lama

Aquello del mendigo no tuvo nombre, hay sábados que tiene más comentarios machistas que goles canta, y cuando le sale el ramalazo madridista y raulista me pone de los nervios... pero es Lama, es Manolo Lama. No hay más que decir. Que los amores de adolescencia son complicados de curar, y él es uno. De los fuertes. Tengo un anuncio publicado en 1993 en la revista Tiempo en el que ya aparece con sus dos colegas, Paco González y Pepe Domingo Castaño, y que durante años ha decorado mi carpeta del instituto (por dentro, que por fuera iba un artículo del Jefe en una cara y una foto de Ciudadano Kane en otra). Los primeros Carruseles, el enganche ya nunca perdido al fútbol... Él tiene buena parte de culpa. Hoy sueño con entrevistas muy diferentes, y cuento cosas que nada tienen que ver con el deporte, pero en su día, con 14 años, mi meta era Lama. Fue mi primera entrevista frustrada. Tania -una compañera de clase, que también se tituló luego en Periodismo- y la que suscribe quedamos con Lama en el Sánchez Pizjuán, un día que vino con el Madrid, pero la seguridad del estadio acabó con nosotras: nos echaron de la puerta de prensa, nos chillaron, nos ningunearon. Acabamos en la grada con nuestra entrada, en el gol sur, encaramadas a una verja con una libreta enorme en la que le mandábamos mensajes a los compañeros de Radio Sevilla para que avisaran a Lama, que estaba en la pecera de al lado, de que allí estábamos. Aquello fue una locura imposible. Nunca se lo confesé a Florencio Ordóñez ni a Manolo Aguilar, los que radiaban aquel día, no les dije que yo era una de aquellas locas. Me callé, allí sentadita en Informativos, admirándolos de lejos, como a todos sus compañeros. Si vosotros supiérais las tontadas que ha hecho vuestra colega la becaria... El pobre Lama se disculpó 500 veces, pese a que no fue culpa suya. No desistimos. Lo intentamos en el partido Betis-Atlético. No lo mandaron entonces. Pero la excusa fue perfecta para conocer a David Alonso y Antonio Ruiz, y tenerlos por amigos durante años. A Lama sólo una vez lo he visto. De lejos, enganchado al teléfono, en la redacción central de la Ser. En una tarde de nervios y expectativas. Entonces tenía diez años más y otros quebraderos de cabeza. Y un nuevo reto inalcanzable. Como Lama. Pero una meta y otra la seguiremos peleando. Mientras, me conformo con que ese hombre adorado haya vuelto al redil de los amigos. Aunque sé que es en una casa que no es la que fue mía. Qué bueno tener a la familia reunida, aunque sea en la distancia.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Enric González

Enric González lee El País mientras viaja de San Sebastián a Barcelona. Blog de Javier Moltó.-
Dejemos los remilgos a un lado. A veces el periodismo es un arma maravillosa para conocer a personas a las que, de otro modo, difícilmente podríamos acceder. Un camino fácil para tocar a quien se admira. No es muy recomendable, decía Patrick O´Brien, conocer a los ídolos, porque el mito se te puede ir al garete. Pero la tentación era demasiado fuerte y, además, sabía que esta vez el padre de Aubrey y Maturin se iba a equivocar. Muchos años adorando al mito como para no intentarlo siquiera. Y el mito, lejos de evaporarse, se ha agigantado. Enric González es infinitamente mejor de lo esperado. Es la humildad personificada, un tipo amable, afable, dicharachero, conversador fantástico, con una capacidad intensísima para escuchar, atento, intrigado. Curioso para aprender de todo, incluso de la sarta de obviedades y tonterías con las que esta que suscribe podía torturarlo. Con lo que han visto sus ojos podía estar endiosado, mirar el mundo por encima del hombro, darlo todo por sabido. Qué va. Parece un niño dispuesto a empaparse de cada brizna de saber que corra por su lado, sin límites, sin correcciones políticas, sin presiones. Que es valiente ya lo demostró con aquella antológica columna. Que es inteligente, certero, sensato, lo evidencia en cada crónica, ahora, desde Jerusalén. Lo que se intuía también es cierto: que le duele el oficio, que piensa y repiensa el periodismo, que admira a sus iguales (aunque se sonroje cuando se le llama "maestro" y "pastor" y ese tipo de cosas), que le brillan los ojos al contar cómo trabaja, por ejemplo, Soledad Gallego-Díaz. Pocos periodistas llegados a su nivel son capaces de girar la vista hacia los EREs, los despidos, los sueldos bajos, las jornadas criminales... No quiere olvidar que ese oficio también es el suyo. Hay quien dirá que aún tiene ilusión porque divisa este empleo desde una atalaya privilegiada. No lo creo. De corazón sigue pensando que el periodismo está vivo y tiene futuro, distinto al que él ha conocido, nada que ver con las redacciones que pisó con 16 años, pero el oficio de contar historias sigue vivo, y necesita soportes donde poner rostro a la vida. No es un iluso ni un embaucador. No. Cree sin fisuras que se pueden "romper las costuras" que imponen la autocensura y las presiones empresariales, poco a poco, ensanchando el horizonte. Lo dice quien puso en juego su puesto, quien incomoda en la central de su periódico, quien se tuvo que venir lejos para seguir contando lo que le pasa a la gente. Y, aún así, sigue metiendo el dedo en la llaga.
Hay que decir que, además, es divertido y cuenta grandes anécdotas, que tiene una mirada limpia de prejuicios que nada ni nadie ha manchado, que escapa de la antropología barata y mira al diferente con interés desmesurado. La sonrisa que domina el rostro flaco cuando habla de fútbol ilumina media Jerusalén. Fuma pero no demasiado, un cigarro (Marlboro) a la hora, gesticula con cadencia y fuerza contenida, se pone y se quita las gafas del cerca, se hace el remolón con las fotos. Para la cita eligió el Zuni, el único restaurante de la ciudad que abre 24 horas y que hasta los ultraortodoxos se vieron obligados a respetar. Un sitio tranquilo con jazz de fondo. No pincharon a Chet Baker, pero hablamos de él. Y de religión, de Berlusconi, de crisis. De tópicos, jefes y batallitas.
El encuentro pudo darse con la tribu de corresponsales españoles que, cada poco, hace una quedada en un buen restaurante jerosolimitano, pero esta charla a dos, más tranquila, fue un regalo de mis amigos-colegas Alejandro Luque e Ilya Topper para Mediterráneo Sur. Impagable oportunidad para ver de cerca al adorado señor González. Esta mitómana convencida e irredenta se crece cuando constata que los dioses no tienen que ser de barro. Que los hay de verdad, que no mienten, que no engañan. Así que, preparaos, porque estoy insoportable estos días. He visto que la luz era limpia y verdadera. Ahora toca pelear para alcanzarla.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Más con menos

"The Wire". Quinta temporada. Tercer capítulo. Cómo hacer "más con menos" en una redacción. Demasiado duro todavía. Demasiado cercano. Hoy también soy del "The Sun".

P.D.: Y me estreno colgando un vídeo en Youtube...

lunes, 11 de octubre de 2010

La tribu

Nos bautizó Leguineche, el maestro, y con ese apodo nos conocemos. A la legua se nos ve venir, donde sea, como sea, siempre iguales, no importa la materia que se cubre, el idioma que se habla ni el país que se pisa. Dicen que los de guerra son los que mejor se amoldan a la definición. No lo creo. La tribu es la tribu, la prensa, la canalla, igual siempre, benditamente parecida a 4.000 kilómetros de donde siempre la había conocido. Con el verano de por medio, no ha sido sencillo dar con los periodistas españoles que trabajan en Israel pero hoy, gracias a la visita del ministro Moratinos y al canutazo concertado en el Hotel Rey David de Jerusalén, ha habido oportunidad de poner caras a nombres familiares de años, admirados, voces reconocidas, firmas imprescindibles. Faltaban algunas piezas clave, sí, pero allí estaban los demás, de prensa, de radio, de televisión, todos bulliciosos, charlatanes, curiosos, cada cual con su historia. Veteranos, recién llegados, con multibolsillos o en traje. La guardia (hasta eso echaba de menos) ha sido gloriosa. ¿Cómo describir la paternal e imprescindible ayuda de Eugenio García Gascón? ¿Y los consejos asombrosos de Daniel Blumenthal? ¿Cómo la camaradería radiante de Rosa María Molló, el chute de pasión en vena que supone conocer a Paco Forjas, la amabilidad en bandeja de Ana Garralda o la preguntona lucidez de Ricardo Mir de Francia? Y eso, sin contar todos los que han pasado como un huracán, deseando suerte, animando a avanzar, y a los que, lo prometo, iré controlando poco a poco (una con una flecha la columna con los "medios" y la columna con los "nombres de redactor").
Que echaba de menos a mis colegas. Sé que no son aún los que he dejado atrás, a los que tanto añoro, a los que tanto quiero, los que me han acompañado en ocho años de profesional y tres de becaria admirada, pero tienen su mismo fuego, imagino que también sus mismas miserias. Sus mismas ganas de contar. Periodistas, al fin los encuentro. Y me siento tan bien dentro de la especie...
P.D.: La foto, de la University of Southern California.-

martes, 21 de septiembre de 2010

Miguel González Quiles

A veces la vida te da segundas oportunidades. A veces puedes rectificar un fallo y tomar el hilo correcto, perdido, y reencontrarte con gente que se termina convirtiendo en imprescindible en tu camino. Sólo ocurre a veces, es un regalo extraño, pero cuando ocurre es tan extraordinario que hay que exprimirlo. Y yo no lo hice. Por eso me arrepiento de no haber pasado más tiempo cuando pude con el alma del periodismo hecha hombre, con Miguel González Quiles, mi hermano, mi compañero de sueños, de valores y de cariños. No lo supe ver cuando estaba en nuestro Correo, tímido y educado, con los deportivos. No lo supe ver, luego, en las ruedas de prensa en las que coincidíamos, ahora luciendo el escudo del Diario. Durante un tiempo no era capaz de vincular su rostro y su firma, así que día a día aprendí a admirar a un chaval de La Razón que escribía como Dios, sin reparar en que era el mismo con el que me cruzaba de cuando en cuando, siempre con una sonrisa en los labios. Creo que nuestra primera conversación de más de un minuto fue en los juzgados, en esa etapa gris que, por suerte, duró poco (el cielo tiene ganado el clan de Velis, Muñoz, García, Rodríguez y compañía). Entonces até cabos. Aquel era el periodista que hacía calar en los huesos las historias de Los Pajaritos o la Alameda. El mismo que ponía ramalazos de humor encubiertos en las crónicas del Ayuntamiento. El que siempre siempre siempre se mostraba del lado del débil, del que necesitaba su voz comprometida. Era Miguel, de La Razón, así le decía para no confundirlo con el que, por entonces, era mi más adorado Miguel González, el redactor de Defensa y Exteriores de El País.



Hubo tiempo en aquellos meses para conocerlo un poco y saber que, en el fondo, éramos iguales. Es lo que veía en sus textos, lo que me contaban los amigos que lo conocían bien, lo que me transmitía en cada corrillo, guardia o rueda de prensa. Un tipo íntegro con la vocación intacta tras años de ejercicio inestable en una ciudad que no siempre trata bien a sus genios. Luego vino Madrid, y llegó este baluarte, y aquí nos reencontramos. Aprendí a leer sus heridas, sus anhelos, sus rabias, me emocioné con sus músicas y sus versos, me quedé afónica con sus gritos en favor de un periodismo digno y sensato, limpio. Fue el compañero que más alegría que dio volver a ver al regreso al Correo, una suerte estar en Local si era para verlo más a menudo. Pese a todo, este cariño nuestro se ha forjado en la lejanía, a base de palabras y guiños. Lo cierto es que no nos hemos tomado más que una cocacola juntos, oyendo el relato de Manolo Vargas, el anciano que de niño vio cómo se fusilaba ante la muralla de la Macarena. Creo, si no me equivoco, que no temos tenido más alterne que ese, pero no nos hace falta. Nosotros sabemos lo que nos traemos entre manos. Lo sabíamos con mirarnos a las puertas del Correo en los días del maldito ERE, donde nunca faltó.



Así pasaron los días, viéndonos cada vez menos (lo que tienen los cambios de sección...), pero sin perdernos el hilo. Qué bueno acercarme por las mañanas a más de un jefe y decirle: "¿A este maestro cuándo lo vamos a fichar?". Más de uno y más de dos me daba la razón. (Y qué si no debí escribir lo que acabo de escribir, pardiez. A ver si así le suben el sueldo los suyos, o nos lo llevamos nosotros de una vez).



El caso es que, aunque ahora conozco y quiero al Miguel González de El País, mi primer Miguel, mi adorado, idolatrado, queridísimo, al único que busco en la web de su periódico (vale, y a Diego Mazón, que también es colega), es este Miguelito idealista, franco y enternecedor. No he visto a nadie querer tanto el periodismo como él, por eso ahora, en la lejanía, necesito su consejo y su ánimo, aunque sea tan chico, aunque sea a través del Facebook... Es la conciencia que necesitan todas las redacciones, el oxígeno para llegar al cierre sin contaminarnos por los intereses creados y las órdenes absurdas. Mientras quede gente como él, el periodismo estará vivo.



Hace unos días me escribió las líneas más hermosas de mi vida, inesperadas, inmerecidas. Las nuevas obligaciones me habían impedido hasta hoy responderle, al menos, diciéndole que me las pagará por hacerme llorar con algo tan bonito. Ya sé que no le llego a la suela de los zapatos, y que me tendría que prestar su pluma para poder escribir a su nivel, pero tenía que intentarlo. Siga usted escribiendo, amando, respirando, que lo necesito, que lo necesitamos. Tenga en cuenta que un día me tocará la lotería, fundaré un periódico (en papel) y necesitaré al mejor cronista del mundo a mi lado. Se le quiere.

lunes, 6 de septiembre de 2010

La exclusiva de ETA

Así es como Clive Myrie narra la manera en que se hizo con la exclusiva de la tregua de ETA para la BBC. Su relato tiene momentos increíbles, pero sabiendo cómo es de perro y sorprendente este oficio nuestro, me creo que le pasó lo que le pasó...

martes, 24 de agosto de 2010

Carlos Mendo

Carlos Mendo, fotografiado por Uly Martín en 1997.- El País.
Hace demasiados días que no arreglo este rincón, que no lo limpio, ni lo adecento, ni lo modernizo. Muchos días, complejos, de arranque, y algunos más que han de venir. Pero hoy había que escribir, lo contrario sería serle infiel al espíritu con que nació este blog: el empeño en hablar del oficio, del bendito oficio que tengo la fortuna de ejercer. Y hay que escribir porque la definición del periodismo equivale a Carlos Mendo, y porque Carlos Mendo se nos fue ayer, ha muerto, dejándonos una horfandad insólita. Parece que los buenos, los nuestros, no pueden morir, pero mueren, claro, humanos como son, brillantemente humanos, excepcionalmente irrepetibles. Ya no sé qué hacer sin sus tertulias de la SER, sin sus columnas de El País. Lo peor es que no había tenido ocasión de echarlo de menos, alejada como estoy estas semanas del runrun diario de España, enganchada a un Hora 25 a la semana como mucho (me llaman los medios de aquí, los anglosajones que tanto le gustaban a Mendo, intentando descubrir esta dura tierra). Por eso el golpe ha sido aún más terrible. Rememoro el día en que murió Carlos Llamas, el hombre que me puso en suerte a Mendo, el que me lo regaló. Allí, en Madrid, en el velatorio, en otros tiempos, vi por primera y única vez a Carlos Mendo, el señor elegante, polémico, que siempre tenía un don en la boca para sus colegas. Ahora leo y releo su biografía y descubro que hizo infinitamente más de lo que pensaba, y descubro de dónde le venía ese amor por Gran Bretaña y por Estados Unidos, y descubro la reverencia con la que lo trataban sus compañeros. Claro, era un maestro. Me enfada, por eso, el lánguido adiós que le han dado en su periódico, con apenas un par de artículos. Agosto, que es muy malo... En la radio han sido más entrañables, aunque faltaran los primeros espadas... Pero había en ellos más dignidad. La que merece uno de los pilares de nuestro oficio, liberal convencido y de derechas pero también uno de los combatientes por la libertad y la justicia más grandes que he conocido. Usted tiene parte de culpa, don Carlos, en que la política internacional me guste como me gusta, porque la alimentó en muchas noches de tertulia, amarrada a unos cascos, aprendiendo, conociendo antecedentes, pros y contras, y mucha historia, siempre, la que ponía sobre la mesa para demostrar que nada es blanco ni negro. Gracias por los años de pasión y oficio. Y por el legado, la semilla en los periodistas que hoy se lamentan por su pérdida. Nuestra obligación es seguir peleando con la misma dignidad y empeño, con el mismo cariño por la fidelidad, la exactitud y la palabra. No es poca tarea, pero qué menos que intentarlo...

sábado, 12 de junio de 2010

Adiós, muchachos

"Adiós, muchachos, compañeros de mi vida,
barra querida de aquellos tiempos.
Me toca a mí hoy emprender la retirada,
debo alejarme de mi buena muchachada..."
Adiós muchachos, Carlos Gardel.-
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No he tenido fuerzas, ni ganas, ni ingenio para pasarme antes por aquí a dar cuenta de lo sucedido en mi casa, en mi periódico, en los últimos, intensísimos e inolvidables (para bien y para mal) días. Lo ha resumido maravillosamente bien, como siempre, el gran Miguelito, pero bueno, diremos algo más. En dos días acabará mi relación con el medio que durante siete años me ha permitido contarle a la gente lo que le pasaba a la gente, sus historias, sus problemas y, también, inevitablemente, las que imponen quienes mandan y deciden. Se acaba (segunda despedida) una etapa esencial de mi vida, de aprendizaje, cariño y esfuerzo. Ahora no me salen las palabras, pardiez... Todo empezó en un bar. Zumo de tomate para los jefes; café solo, que supo a gloria, para mí. Todo acaba en un aplauso a las puertas de una redacción; mismo menú para todos: lágrimas amarguísimas que saben a desencanto, rabia y angustia. Yo, afortunada, me largo a cazar un sueño. Otros, a verlas venir con dignidad. Y alguna, ay, alguna, a digerir la afrenta y la injusticia con la cabeza alta. Los que se quedan han de lidiar con la actualidad diaria, el tijeretazo en la nómina (criminal), el regusto a hiel del desencuentro, las telarañas entre los dedos que generan el cansancio, la incomprensión y la decepción. Qué duro es ver a una familia echada a pelear, que mazazo que el padre te señale la puerta.
Desde mi privilegiada posición, al borde del abismo pero con el faro bien claro al frente, sólo puedo (porque física y mentalmente os juro que es lo único que puedo hacer) reafirmar mi fe en mis muchachos, mis compañeros, mis hermanos. Sé que vuestra grandeza os (nos) salvará. Porque, sépanlo, dejo un tesoro. No sé qué carajo voy a hacer sin vosotros. Os quiero, os añoro tanto ya... Gracias de corazón por estos años tan maravillosamente intensos, los mejores.
P.D.: Nunca he sido una pesimista agorera, así que quiero pensar en un futuro luminoso, limpio, en el que brille la transparencia, la franqueza, la lealtad y la educación que nos han faltado estas semanas. Por eso, y pensando en eso, en el futuro, os dejo a una cantante de la que será mi nueva tierra; ahí va, diciendo hola, diciendo paz, diciendo esperanza.
P.D. 2: Gracias a la generosidad de esos compañeros que se han cercenado el sueldo hasta límites irrisorios para que los 13 nos vayamos con la dignidad básica. Gracias de veras por ese esfuerzo.