Anoche me acosté como
Annie la huerfanita, canturreando aquello de "mañana, mañana, ven pronto,
mañana". Mañana es hoy, es ahora, y los hombres de traje gris han decidido. Ellos y mi economía a la baja, y mi imposibilidad de esperar más. Todo junto, los astros o las fuerzas esas en las que tanto cree Isabelita, me llevan a dejar la ciudad de las facturas. No sin dolor, todo sea dicho. Madrid me ha dado tablas, sabiduría, aire, libertad, estabilidad, seguridad, conocimiento, me ha dejado cicatrices y me ha regalado emociones, aprendizaje, experiencias imposibles de repetir. Mi desviación provisional del periodismo ha sido eso, temporal, y nunca ha sido una salida de vía. Eso no. Sin el periodismo no vivo. Ahora retomo la senda y vuelvo al camino, al de los misioneros de Kapuscinski. Como dice mi hermano
Kacho, "tú, a contar historias". Pues a eso vamos. Y lo hago en mi casa, en la que se me ha querido, se me ha respetado y se me ha guardado. Como al soldado que se va al frente. Pero se acabó la mili. Vuelvo distinta, no tanto resabiada como fortalecida. Eso del respeto a uno mismo creo que he empezado a conocerlo, antes no sé dónde estaba. En fin, como los suicidas fallidos, lo volveremos a intentar. Que no se nos quede el deseo enredado en la rutina. Y si fallamos... aprenderemos. Mientras, como dice el Rico, escribiremos de Sevilla, que eso en Rusia es Internacional. Ya es un paso. Me voy, que apenas tengo dos días para decirle adiós a mi ciudad. Pardiez, al final te he hecho mía... Quién lo diría. Ah y, por supuesto, el futuro está
aquí. Nunca lo dudéis.
"Y si el futuro se nos vuelve amargo, lo tragamos con un buen vino de Anjou...". D´Artagnan.
P.D.: Siempre y cuando no nos lo envenene Milady.