lunes, 10 de diciembre de 2007

Gente de palabra

Acabo de terminarme Un día de cólera y estoy sin fuerzas para escribir, rota de correr por Monteleón, de tirar macetazos a los gabachos, ronca de pólvora y de vivas para un rey que no merece tanta sangre. Por favor, que nadie se pierda este novelón, por lo menos aprenderá historia de España. Hay mil personajes a los que tomar cariño (Daoiz es punto y aparte), mil historias que reseñar, pero desde luego la de la Cárcel Real es la mejor de ellas; por eso Reverte le dedica esta semana su columna de El Semanal. Tipos de mala madre, ladrones, asesinos, gentuza que pide permiso para salir a la calle y luchar contra los del Imperio y el águila. Con la promesa de volver tras dar la batalla. Carcajada general se oiría en los cuarteles al leer su petición. Pero el caso es que los dejaron ir. Y lo mejor es que volvieron. Uno murió en el camino, dos desaparecieron (dicen algunos testigos que los vieron entre la mole de cadáveres) y sólo uno se largó aprovechando la escaramuza. Los demás regresaron a sus celdas felices porque habían hecho lo que debían. Porque dieron eso que hoy vale tan poco, la palabra, y cumplieron. Estampas de nuestra España.

jueves, 6 de diciembre de 2007

El arte, la guerra

Leyendo Un día de cólera (como siempre, magnífico el Jefe) he recordado este artículo de Babelia en el que compara al Goya de 1808 con los fotoperiodistas de guerra que ha parido recientemente este país, o lo que sea España. Martí, Gervasio, Bauluz, Lyon... Os dejo un repaso excelente, con galería gráfica incluida. La foto de la izquierda se titula "Llanto ante el cadáver de Ali Murat Pacarizi", un soldado albanokosovar al que retrató Enric Martí, imagen con la que ganó el Ortega y Gasset de Periodismo.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

El rostro de la muerte










Tres inmigrantes más han llegado muertos al Puerto de los Cristianos, en Tenerife. La cifra anual llega a 110. Hoy al menos Manuel Lérida, de Efe, nos ayuda a ponerle rostro al horror. La galería completa:
http://www.elmundo.es/albumes/2007/12/05/inmigrantes_cayuco/index.html







martes, 4 de diciembre de 2007

La humilde redacción

Sé que la ración de hoy va ya sobrada, pero no me puedo resistir. Me envía Toñi, la mejor periodista de Murcia (no he dicho de Cartagena, eh), este enlace con las fotos de la nueva redacción de The New York Times. Digo yo que si no nos dan la corresponsalía, a ver si por lo menos podemos trabajar en una choza como esta, ¿no?

McCullin

Don McCullin, el fotógrafo del sufrimiento humano
4-diciembre-07
Agencia EFE
(Fotografía: Biafra, 1969).-
Siempre en blanco y negro, el fotógrafo británico Don McCullin ha retratado durante casi medio siglo la guerra, el sida o la pobreza. Ahora, por primera vez en Madrid, una selección de 129 de sus impactantes imágenes pueden contemplarse en la exposición Don McCullin. Una trayectoria heroica.

"Hay muy pocas imágenes que nos permitan respirar un poco pacíficamente", ha destacado de esta exposición su comisario y director de la agencia Contact Press, Robert Pledge, quien definió a Don McCullin como un fotógrafo que "capta la mirada de otra persona para mandar un mensaje". Hasta el 27 de enero, Don McCullin. Una trayectoria heroica repasa la segunda mitad del siglo XX vista por este fotógrafo nacido en 1935 en Londres, y que ha llegado hoy a Madrid para inaugurar la exposición desde Somerset, localidad inglesa donde reside cuando no viaja por todo el mundo.


A través de los cuatro pisos de la sala de exposiciones del Canal de Isabel II, el espectador se acerca a las primeras imágenes sobre Inglaterra e Irlanda de este fotógrafo, que abandonó la escuela a los 14 años tras la muerte de su padre. Precisamente fue haciendo el servicio militar en la Royal Air Force de su país donde Don McCullin se estrenó como ayudante de fotografía aérea y descubrió la que sería su pasión y su forma de vida. Él mismo ha reconocido que le fascina revelar sus fotografías "en oscuridad y silencio total". A las imágenes de la construcción del Muro de Berlín, ciudad a la que viajó en 1961 pese a la prohibición de su periódico de entonces, -a su jefe le dijo: "demasiado tarde, tengo el billete"-, le suceden las del horror de la guerra civil de Chipre, que le valdrían su primer gran premio del World Press Photo de Amsterdam.


Don McCullin ha recorrido los principales conflictos bélicos -Vietnam, Congo, Biafra, Rodesia o Sudán-, y al periodista que le hace la clásica pregunta de si no ha pensado en algún momento arrojar la cámara y ayudar a un moribundo, el fotógrafo responde que alguna vez ha cargado a un herido en sus hombros, pero que él está formado como fotógrafo, no como médico.


El trabajo "tremendamente comprometido" de Don McCullin, según ha dicho la directora general de Archivos, Museos y Bibliotecas, Isabel Rosell, le ha convertido en uno de los principales testigos del sufrimiento humano, y sus fotografías han sido recogidas en numerosas exposiciones y libros. Lunwerg, coincidiendo con esta exposición, ha lanzado un libro de bolsillo monográfico, en el que el autor dice en el prólogo: "Las guerras tienen diferencias terribles, pero también una uniformidad terrible. Duermes con los muertos, acunas a los muertos, vives con los vivos que se convierten en los muertos".


Ganador de premios como el Cornell Capa y la medalla del centenario de la Royal Photographic Society, McCullin ha abandonado de momento las guerras y en la actualidad realiza un trabajo sobre los restos del imperio romano en el Mediterráneo o paisajes, lo que él llama "fotografías de paz".

Hay mal que mil años dura

El tratado de Otawa ha reducido el comercio de las minas antipersona, pero sus efectos se prolongarán durante siglos
De no invertir más, se tardarán 1.100 años en desactivar los 167 millones de minas plantadas en 78 países

MARICEL CHAVARRÍA. La Vanguardia

Han pasado diez años desde que en Ottawa se aprobara la Convención que prohíbe usar, almacenar, producir y transferir minas antipersona, y que obliga a destruir arsenales y a financiar el desminado de campos, así como la rehabilitación de afectados (medio millón, nada menos). Han pasado diez años y si bien más de 150 países han firmado el tratado - España destruyó sus 850.000 minas en el 2000 y retiró las que almacenaba EE. UU. en Rota-, casi 40 Estados siguen sin suscribirlo. Entre ellos, tres gigantes con derecho a veto en el Consejo de Seguridad: EE. UU., Rusia y China, que reúnen el mayor arsenal del planeta. Han pasado diez años, los países productores ya no son 50 sino 13; se han eliminado unos 90 millones de unidades, y se ha reducido enormemente el comercio (el legal). Pero ni la mediática Lady Di en su cruzada por los mutilados ni las 1.400 organizaciones que trabajan para erradicar las minas han logrado cambiar el diagnóstico de la ONU: con el actual ritmo de financiación se tardarán 1.100 años en desactivar los 167 millones de minas plantadas en 78 países. Ante semejante panorama, no es gratuito acercarse a las víctimas de ese desaguisado de las guerras modernas, que incumple flagrantemente el Derecho Internacional Humanitario. Con el apoyo de Intermón Oxfam, Médicos sin Fronteras y Manos Unidas, el fotoperiodista Gervasio Sánchez (Córdoba, 1959) lleva más de una década fotografiando la verdad humana que se esconde tras las cifras. Los niños y adolescentes de sus fotos, cuyas vidas quedaron cercenadas cuando de camino al colegio, recogiendo leña o cultivando café les estalló una mina, son hoy adultos. Sofia Elface vive en el campo, a 40 kilómetros de Maputo. A punto de cumplir los 25, tiene dos hijos cuyos padres la dejaron y sueña con estudiar medicina. Cruzó junto a su hermana un corredor minado que protegía un campamento de ingenieros italianos. Tenía 11 años. Su hermana no sobrevivió. "Quisiera ayudar a mi familia en el campo, pero ni siquiera puedo correr tras mis hijos", explica. "A la pequeña la llevo al colegio porque está cerca. Yla baño, la cuido". Hasta lograr que en Barcelona se le renovaran las prótesis, Sofía había resistido siete años y dos embarazos con las mismas. Crecía, engordaba, pero las prótesis eran pequeñas. En su país no quedan. "En esa década - asegura Gervasio Sánchez-, se ha dejado de lado el espíritu del tratado: ayudar a las víctimas. Esa gente tendrá que cambiar de prótesis entre 20 y 25 veces a lo largo de su vida. ¿Quién las pagará? ¿Quién les asiste psicológicamente? Desde Ottawa sólo se ha dedicado un 10% de lo necesario para la atención y rehabilitación. No se trata de ex heridos, son víctimas para siempre", dijo durante la presentación en Barcelona de su libro Vidas minadas. Diez años.Le acompañaban tres de las personas afectadas. Sokheurm Man, activista de la campaña internacional para la erradicación de las minas, fue herido en 1996 de camino al colegio. Su mejor amigo murió en la explosión. "No quiero hablar del pasado, duele. Hablemos del presente, de cómo hay que presionar a los gobiernos que aún no han suscrito el tratado para que el mundo pueda ser un lugar pacífico". Sánchez va más allá: "Si Occidente no fabrica minas es porque es imposible competir con China e India que las hacen muy baratas. Y es un escándalo que el gobierno español hable de alianza de civiliaciones y permita que se doblen las ventas de armas. Estamos entre los ocho grandes exportadores, estamos en la Champion´s League!"


Y éste es el pie que ilustra la foto (de Reuters/HO/Gervasio Sánchez): Hace ahora 10 años, el entonces adolescente Sokheurm Man regresaba del colegio junto a su mejor amigo a la aldea camboyana en la que habitaba, cuando una bomba antipersona cambió y sesgó su vida para siempre. En la imagen, Man hace 10 años junto a su padre, en una de las fotografías de la exposición de Gervasio Sánchez "Vidas Minadas: Diez años después", que estará en el Instituto Cervantes de Madrid hasta el 27 de enero.

De promoción

Me encantan los otoños que huelen a invierno, los que elige Alfaguara para lanzar las novedades del Jefe (lo que me viene genial porque siempre coincide con mi cumpleaños y facilito el regalo a los míos, jeje). Así que estos son días de promoción, de ver a APR por los rincones en los que se deja. Como es raro pillarlo en televisión, el enlace que os añado tiene más mérito; es la entrevista que le han hecho en Página 2, por fin, un programa de libros más allá de las amistades de Rioyo (con todos los respetos y reconociendo la alegría que me llevaba al ver a Vila-Matas y García Montero en un plató). Espero que os resulte hermoso el paseo por el cementerio del Dos de Mayo. Ahí va.
La foto, por cierto, es del Festival Internacional de Literatura de Roma del pasado año.



107

El domingo llegó a Tenerife otro cayuco. Nadie lo vio hasta que estaba muy cerca de la costa, en San Miguel de Abona. A bordo, 58 inmigrantes subsaharianos. Y con ellos, un cadáver, el del joven compañero que no soportó el hambre, el cansancio, la sal y las quemaduras de la travesía. Con él son ya 107 los fallecidos a bordo de embarcaciones provenientes de África hacia Canarias en lo que va de año. Sólo en los últimos cuatro años, dice la ONU, han debido morir entre el Estrecho y las islas unas 2.000 personas, sumando las que conocemos y las que se pierden en el mar. La pena es que la noticia no pasa de un engatillado en la prensa local. (Foto: E. Pérez).

lunes, 3 de diciembre de 2007

Emiratos

Todo es negrura allá abajo. El reloj apenas marca las cuatro de la tarde pero eso era atrás, muy lejos, en España. Aquí son tres horas más. Por la ventanilla del avión no se ven ya ni nubes, ni mar, ni nada. Ya pasamos el valle de la Bekaa, el campo de batalla entre libaneses e israelíes. Allí donde se mezclan las montañas nevadas y los trazos gruesos de verde intenso es donde llevan décadas matándose. Parece una tierra en calma. Aunque eso es sólo a 10.000 pies de altura, claro. Todos duermen la siesta sobre el Medio Oriente (hasta el piloto parece que cabecea peligrosamente), así que ellos se lo pierden: a la izquierda, brillante y salvadora, aparece una llama. Y luego otra. Y otra más. Parece que el suelo negro se ha roto y pequeñas lenguas de lava luchan por salir. Pero no. Es mucho más prosaico, aunque no menos bello: son las torres petroleras ardiendo bajo nuestros pies, a la altura de Qatar. Las chimeneas, arracimadas, parecen ramilletes de rosas ardientes. Me gustaría haber aprendido más de botánica en mis tiempos ambientales para dar con la especie exacta que describa lo que vi, pero debéis conformaros con lo que más a mano tengo.
El viaje ya se hacía largo, cuatro horas hasta Atenas (gris, nublada, triste nos recibió) y otras tantas hasta el destino final: los Emiratos Árabes Unidos. Pero entonces salió la luna para espabilarnos, un faro que nos iluminó, al fin, Abu Dhabi. Aquella es la tierra del derroche. ¿Se pueden poner más farolas por metro cuadrado? Lo que hace el petróleo. La ciudad no tiene nada de particular, aunque sí su gente. Una tras otra se encuentran calles iguales, planas, simétricas. Una capital cortada con escuadra y cartabón en la que no hay ni rastro de la historia pasada. Los palacetes de adobe se conservan fatal. Tampoco hay mucho sentimiento del pasado entre sus habitantes, son un país recién nacido, creado entre 1971 y 1972 por pura necesidad: siete emiratos se ven libres del yugo colonialista de los ingleses (siempre ellos) y deciden unirse para sobrevivir. Al desierto, al aislamiento, a los gigantes del Golfo Pérsico. No tienen ni un 1% de tierra cultivable para arrancar tomates. Después vino el descubrimiento que los hizo de oro, el petróleo. Lo grande de este país es que otros vecinos suyos, con similares recursos, han mantenido hasta el extremo la división de clases, los estratos, el rico y el pobre. En Emiratos no. Todas las casas por las que uno pasa son dignas, higiénicas, de renta media, de dignos trabajadores. Al menos, así ha sido casi siempre, aunque ahora se les ha pegado lo peor de la economía global… La explotación. Y tratan más que regular a los hindúes y los paquistaníes.
No os cansaré con datos, pero hay cuatro reglas para entender el país: hay dos emiratos fuertes, Abu Dhabi y Dubai (el presidente suele ser siempre el jeque del primero y el primer ministro, el jeque del segundo, para equilibrar). El primero se destapó como la gran mina petrolífera de los EAU, así que con los años se convirtió en el centro del poder político y económico de la nación. Al hermano pobre, a Dubai, donde apenas se localizaron reservas para unos 20 años, se le concedió la gracia de explotar a lo grande el potencial turístico de la costa del Golfo. Ahora, quién lo diría, viene el cambio climático apretando el cinturón de los petroleros y, sobre todo, ha quedado constatado que la gallina de los huevos de oro está a pique de morir. Así que esa ciudad cuadriculada, tranquila, que es Abu Dhabi, se ha sumado a la carrera del turismo de millonetis. En menos de cinco años se van a contruir 20 hoteles de gran lujo, y ya tienen para empezar una joya que mostrar al mundo: el Emirates Palace, un hotel de 7 estrellas (¿era yo la única que no sabía que eso existía siquiera?) que compite con el emblema de Dubai, el Burj Al Arab (La torre del árabe), ese hotel en forma de vela de barco que es el colmo del exceso. Lo dicho, que Abu Dhabi es tranquila y diurna, vive alrededor de su Corniche, su playa limpia y fina, y sus centros comerciales. Es el emirato de la observancia religiosa, así que las mujeres, aunque hay de todo, van cubiertas de negro de los pies a la nariz. Detrás se ven ojos penetrantes, no tan tristes como los de las afganas. El dinero se ve que les hace sobrellevarlo. Los jóvenes se sientan a ver pasar la tarde en los escalones de las infinitas plazas y rotondas de la ciudad, o en las terrazas en las que el narghile, la pipa de agua, es el rey. Con una preciosidad como esa sí que fumo yo, aunque sean cáscaras de manzana y naranja…

En el puerto de Abu Dhabi, que tiene un proyecto de ampliación faraónico a punto de cambiarle el rostro, nos encontramos una de las escenas más hogareñas: una botellona en toda regla. Pandillas de coches arrimadas a la orilla del mar, haciendo un corrillo y, en medio, veinte chicos, a la occidental o con sus túnicas, charlando y bebiendo. Con una tremenda diferencia: ni una gota de alcohol hay en sus lotes. Ya sabéis que Alá no lo permite. Y otra más: no hay ni rastro de las mujeres. Por lo demás son igual de gritones, de sucios, de divertidos que la chavalería española. No tienen nada de tontos, porque eligen un lugar tranquilo y con vistas privilegiadas: la de una ciudad inundada de luz en la que los edificios parecen toreros en tarde de faena, con los trajes rojos, blancos y verdes que a modo de guirnaldas brillantes alumbran su perfil. Y es que hemos ido a visitarlos en tiempos de una triple celebración: la Navidad (pagana para ellos, que se reduce a luces, Papá Noel y un par de árboles para incitar al consumo), el 36º Aniversario de la declaración de independencia de Emiratos y el tercer aniversario de la llegada al trono del Jeque Kalifa bin Zayed Al Nahyan, que lleva como líder del país desde 2004, tras suceder a su hermano, el verdadero héroe que logró la independencia nacional, el presidente Zayed, el rostro que se repite hasta el cansancio desde que uno se baja del avión hasta cuando da un paseo por la playa. Nunca vi, que lástima, el Irak de Sadam, pero al menos ya me hago una idea de lo que es el culto al líder. Salvando las distancias, que una cosa es que haya tapices y carteles y banderolas con la cara de Zayed en cada esquina y otra que allí haya un dictador sanguinario, ojo.

Os diré que el Gobierno emiratí hizo gala de una de las principales cualidades de su gente, la generosidad a manos llenas, y nos mandó el Emirates, el hotel del que antes os hablaba. No daré detalles, pero sí dos cifras: mi habitación tenía 140 metros cuadrados y su precio era de 3.000 euros la noche. Imaginad a partir de ahí. Pero prefiero contaros otras cosas: que no hay ni un coche que baje de los 5 millones de pesetas, que el canto del muecín en las mezquitas aquí es suave y lánguido, y no desgarrado y a voz en grito como en Jerusalén, que la comida (falafel, humus, pescado, dátiles) es espectacular y que la gente no puede ser más educada de lo que ya es.
En la última jornada el trabajo se nos adelantó, pero el madrugón tuvo recompensa, porque así pudimos desplazarnos a Dubai, a una hora aproximadamente en coche. Viajamos a través de una autovía hecha con regla, ni una curva. Si no hay ni accidentes en el terreno, ni valles, ni montañas, nada. Sólo desierto, a un lado y a otro, soledad trufada de cuatro jaramagos autóctonos y de seis o siete gasolineras (que no falte). Dubai tiene 1,4 millones de habitantes pero está claro que en un par de años triplicará su población. Ya no saben dónde construir, y de ahí el invento de islas artificiales, la del mundo y la de la palmera, esas que compran Beckham y gente así. Hay edificios patrocinados por Tiger Woods, por Sarapova, por Federer… Bueno, edificios no, rascacielos. Los que podían hacer la comparación aseguraban que aquello era Miami pero en Oriente. Que quiere convertirse en el centro turístico de lujo de la zona, para atraer a los millonarios del Este de Europa y del Sur de Asia. A algunos les quedaba muy lejos Shangay. Uno piensa con asco, como cuando traspasa el umbral del Emirates, que no es justo que el mundo esté mal repartido. No es demagogia, he disfrutado del lujo y no me quejo, pero es repulsivo tanto derroche. Parece mentira que semejante emporio se pueda mantener, teniendo como tenemos a nuestro alrededor referentes de la vida real: parejas que no llegan a fin de mes, jóvenes ahorcados con la hipoteca, inmigrantes en paro… Pero no, resulta que en el mundo hay 8,7 millones de multimillonarios, es decir, el 0,13% de la población mundial cuenta con más de 5 millones de euros en el banco. Sólo en rusos no os cuento cómo estaba aquello…
Lo bueno de Dubai es que, esta sí, conserva parte de la zona antigua, de lo que fue en los años 30 y 40. Así que lo mejor del viaje fue cruzar el brazo de mar que entra en la ciudad a bordo de una especie de cayuco gratuito que te lleva de orilla a orilla. Ni se nota que el motor es motor. Es tan apacible que parece que te lleva un gondolero. Y en esa otra orilla, frente a los pisos 67 y esas locuras de cristal y mármol, allí está lo auténtico. Allí huele a tomillo, romero, regaliz en rama, flores secas, azafrán, azufre y añil, a escamas de jabón perfumado, a aceites densos, a bolas de queso seco traídas desde el vecino Irán de contrabando (porque esa es otra, a 200 kilómetros está la costa de Ahmadinejad, y en el puerto descansan, en paz, los barcos que a diario se traspasan mercancía sin papeles de por medio). En el zoco se hablan todos los idiomas, el oído se amolda al regateo machacón. Unos metros más allá se encuentra la calle donde más barato se vende el oro del mundo, la ciudad del oro la llaman. El problema es que, por mucho que lo bajen, el oro nunca será barato y, además, hay que tener estómago para traerse alguno de los modelitos…aunque hay otros de ensueño. Y lo dice la que nunca lleva joyas. Apenas hay tiempo de pararse, pero en una escapada bebemos el té que nos regala Omar, siete años, una paleta mellada, una camiseta del Arsenal y una abuela de Ceuta. “Me gusta la España. Me gusta el Barcelona. ¿Quieres más té?”, repite mil veces. Con su coletilla de chuleta me recuerda a Pepe, el hijo de Sopalajo de Arriérez y Torrezno, el líder íbero de Asterix en Hispania. Es la primera vez que veo a un árabe con coleta.

Y no os canso más: en Dubai vimos el famoso hotel de siete estrellas, con la vista más espectacular de la ciudad, un lugar donde apenas puedes dar un paso en esas alfombras de grosor infinito, y nos acercamos al centro comercial con la pista de esquí más grande del planeta (en mitad del desierto! Estamos locos), y a comprar bolsos falsificados en Corea. Mi pena fue que regresamos sin pisar una mezquita, pero lo cierto es que las que vimos tenían el encanto justo, el que da la excesiva novedad, la falta de arrugas. En fin, fue un viaje de muchísimo trabajo, pero con resultados positivos, que me ha llenado los ojos de morería después de echarla tremendamente de menos. Aunque sea para dos días, ¡quiero viajar! Un siglo de estos conseguiremos la corresponsalía, ¿no?

sábado, 1 de diciembre de 2007

1808

Una entrada breve para recomendaros la entrevista que Jacinto Antón le hace al Jefe en El País. Reconforta leer algo lúcido en un día como el de hoy, plagado de sangre, de fanáticos con capucha. No estoy con ánimo para glosaros el texto, así que mejor lo leéis vosotros. Y si alguien quiere, que vaya preparando la ruta por el Madrid del 2 de Mayo, libro en mano, claro. Me apunto. http://www.elpais.com/articulo/semana/Maldito/dia/elpepuculbab/20071201elpbabese_3/Tes