
Si eres corresponsal del
Alerta en Mozambique es posible que no te ocurra. Si no, lo que os voy a relatar en bastante común en nuestro oficio. Lo que pasa es que no me acabo de acostumbrar y siempre me conmueve. Es algo tan sencillo como toparte con alguien que te está leyendo, que está enfrascado en lo que ayer te costó tanto trabajo escribir o que, por contra, pasa del tema casi sin mirar el titular. Es una montaña rusa lo que desata el lector, de la gloria de la vanidad al hundimiento de la indiferencia. Y hasta al más humilde le ocurre. No llego al nivel de
Vila Matas, que en su
Desde la ciudad nerviosa narraba cómo un día estuvo a punto de ganarse una denuncia por acoso al intentar leer el título del libro que llevaba una viajera en un cercanías (a Reus, a Blanes, no recuerdo), para ver si era una obra suya. De tanto mirarla, la mujer pensó que estaba repasando sus piernas, o alguna cosa peor, y por poco lo mata. Los periódicos son más vistosos que los libros, no hace falta tanto afán. El primer paso es identificar a un amigo, un comprador de prensa, de la cabecera que sea. Ahí hay un señor que se gasta su euro todos los días para estar informado (y para tener un abanico barato y papel para recoger la mierda del canario). Luego viene ya el flechazo: ha comprado
nuestro periódico. Empieza el examen: qué le interesa, dónde se para, dónde sonríe y dónde masculla, dónde supera los tres segundos de repaso de un titular. El último especimen de lector lo encontré ayer en el C2 (una de las líneas circulares de la desesperante
empresa municipal de transportes de Sevilla). Cuarenta y tantos, pelo negro cortado a cepillo, bigotazo. Delgadillo y fibroso, parecía el piloto de un caza entrado en años. Gafas de sol, vaquero y polo. Y su C
orreo. Se sentó y leyó, concienzudo, la portada. Luego fue picoteando y, debo decir, no salimos muy bien parados ni los andaluces ni los económicos. Eso sí, ETA, Local y Deportes se los bebió. Se bajó frente al Parlamento, se sentó en otra parada y siguió leyendo. Con 40 grados. No hizo ni amago de usar el periódico de abanico. No sabe cómo se lo agradecí.
P.D.: La ilustración, de
Elvis Antonio Salazar.-