
Ana tiene 27 años, un trabajo detestable y mucho miedo en el cuerpo. Hace tres años era una chica que estaba punto de terminar Derecho, alegre, vital. Eso cambió la noche en que la violaron al volver de una fiesta. Desde entonces es una muchacha gris, pesimista, nerviosa, alterada, enfadona y desconfiada. El pánico a salir a la calle en su ciudad, en Levante, le obligó a dejar la carrera a medias, a no salir, a no ver a nadie más que a su padre enfermo y a su madre dolorida por el trance de su hija. En una entrevista en Radio Nacional afirma que en los últimos meses estaba empezando a recuperar la ilusión por vivir. "Los huesos que me rompió el criminal ya se curaron, pero lo que me hizo en la cabeza cuesta mucho de recomponer", explicaba. Ahora que todo iba a más, a mejor, el débil castillo de naipes en el que se refugiaba se ha venido abajo de golpe: su violador va a salir en libertad tras pasar apenas seis meses en la cárcel. "Ya sé que vendrá a por mí. Me lo ha dicho. No temo que me mate, sino que vuelva a hacerme lo que hizo. Eso no lo podría soportar. Antes me mato". Sobrecoge escucharla, tan indefensa, tan lúcida, sabiendo a ciencia cierta de que es el objetivo de un criminal y no sabe cómo escapar de él. Su testimonio es uno de los más hirientes que he escuchado con motivo del Día Internacional de la Mujer. Cada año hay unas 4.000 violaciones y agresiones sexuales en España y, en zonas como Madrid, de un año a otro se han disparado en más de un 52%, según las memorias de las Fiscalías. Un mal tan viejo como difícil de erradicar. Es imposible ponerse en la piel de Ana. Qué drama, qué impotencia. Cuánto nos queda por recorrer.
P.D.: Os cuelgo La violación (1868-1869), de Edgar Hilaire Degas, un cuadro que poco tiene que ver con sus alegres bailarinas, sus óperas y sus carreras de caballos. Es una de mis obras favoritas por la tensión que guarda, por la certeza del daño que se está cometiendo. Un siglo de estos iré a Filadelfia a verla al fin.






