miércoles, 12 de septiembre de 2018


Vuelvo a este blog, mal asunto. En los últimos años, sólo es por causas terribles. Esta lo es, sin duda: el ¿señor? Morera y Vallejo va a proceder a la voladura del que siempre será mi periódico, El Correo de Andalucía. Casi 120 años de historia, de esfuerzo y de letras "encaminadas a la defensa de la verdad y la justicia", a la basura por el vil interés.
No es mucho lo que puedo escribir a estas horas, en las que aún no asimilo la noticia. Me sigue pareciendo imposible. Tiene que serlo. Es como si una bola de demolición amenazase la catedral, por lo menos. Sin El Correo, Sevilla se corta una mano que la ha contado como es: bonita, fea, mariana, atea, rica y pobre, arisca y acogedora, humana y sin piedad. Con cariño, con entrega, con justicia. Valiente cuando apretaba la mordaza, orgullosa en tiempos de autonomía.
Me resisto a pensar que esa escuela de periodismo, la mejor, va a perderse para siempre. Que no habrá una redacción-refugio que pisar. Que sus informadores -maestros, amigos, familia- no van a dejarse la vida en las teclas mañana mismo.
Sencillamente NO. No puede ser. Y para que no sea, hay que pelear. De eso sabe de sobra la plantilla que ha encajado seis ERES. La batalla empieza por sus jornadas de huelga, cinco, esas que a nadie duelen más que a un periodista al que le queman las noticias en la libreta y no puede darlas, para que el mundo sepa. Y sigue el viernes, 14 de septiembre, a mediodía, en la Plaza Nueva, con una manifestación en la que, espero, mi ciudad demuestre que le importan las cosas de todos. De todos es El Correo, de todos ha de ser su defensa.
Larga vida al decano.

martes, 22 de diciembre de 2015

Pepón

Durante muchos meses no pude llamarte "Pepón". Eras don José Luis Jurado, el mito de RNE, la voz. ¿Cómo iba a tomarme esas confianzas? Y luego, un día, haciendo una guardia esperando a ver si se fusionaban El Monte y San Fernando, sentados en un bordillo en Villasís, me arreglaste el marantz viejuno y yo pude entrar en mi Hora 20. Y me salvaste. Y me salió: "¡Gracias, Pepón!". "Mira que te ha costado", dijiste riendo. Luego me felicitaste por la crónica. Tú. Creo que nunca te expliqué lo que eso supuso para mí. 
Desde aquellos 20 años, ya no nos dejamos. No eras el colega con el que me iba de cafés y de cine, no, pero sí mi libro gordo de Petete municipal, mi oráculo, mi mapa por Sevilla. Cuanto menos nos vimos, más nos acercamos. La culpa fue de Jerusalén y de tus cuidados paternales, de tu atención en la distancia, las crónicas de viaje compartidas, los recuerdos de tus rutas cruzados con los míos. Las canciones. Y, así, ahora tengo un tesoro de mensajes de Facebook que dan muestra de lo que hemos pedido hoy con tu adiós: un hombre tierno, íntegro, curioso, apasionado y humanísimo. Releo todo lo que nos dijimos -ay, Leguineche, el Islam, el jazz...- y constato tu bondad y tu saber. Y, por tanto, el enorme agujero que nos dejas. 
No me sale lo que quiero decir. Quizá baste un gracias, pero multiplicado mil millones de veces, a ver si me aproximo al menos a lo que te debemos. 
Mejor que hable este temazo que me descubriste, "todo un alegato a la vida y a sus desafíos". Hasta pronto, amigo.

martes, 13 de enero de 2015

Gracias, colegas

Aquí va el "urgente" de una tarde de emociones desatadas. La cosa se viene resumiendo en incredulidad, nervios, llanto, risa floja, más llanto, tembleques variados y éxtasis final agotador, todo entreverado, creo, de cinco cargas de batería completas del Samsung (y lo que queda). Esto es lo que desata la generosidad de mis compañeros de la Asociación de la Prensa de Sevilla. Esta es la alegría que no merezco.
Están locos estos romanos... ¿Cómo se les ha ocurrido darme un premio por hacer lo que todos hacemos, eh? ¿Pero en qué cabeza cabe? Como si Sevilla no estuviera cuajada de periodistazos en cada esquina... En serio, es que no os entiendo. Pero os lo agradezco. Enormemente. Con el corazón dando brincos. Con el pulso desbocado. Con el alma dichosa. Porque no hay mayor halago que el de un colega de la tribu que sabe leer, que sabe escuchar, y que sabe lo que cuesta a veces contar historias. Y porque no sabéis lo que supone vuestro aliento en este momento, cuando empiezo de nuevo a regar las calles de currículos tras la aventura jerosolimitana (nunca acabada, porque nunca me iré. De allí soy).
En este instante soy incapaz de contestaros a todos, a tanta gente buena que sé que comparte este estallido de sonrojo y júbilo. Pero lo iré haciendo. De momento, os mando desde este baluarte nunca del todo olvidado mi infinito agradecimiento, a la APS con Rafael Rodríguez al frente, a los que votaron, a los que presentaron la candidatura y a los que hoy habéis sonreído sabiéndome feliz. Nos vemos en Sevilla.
GRACIAS, COLEGAS

viernes, 1 de noviembre de 2013

El crimen de El Correo

Lejos, a 4.000 kilómetros largos de Sevilla, no sé cómo hacer para que llegue mi conciencia sublevada allí donde está mi gente, la de El Correo de Andalucía, que está aguantando a lo peorcito del empresariado patrio, gente de chanchullo que compra por un euro un diario más que centenario, ADN de una ciudad que tampoco veo moverse ante la joya que amenaza con perder.
Bien. Toda empresa tiene derecho a recortar y a cerrar incluso si va mal. Correcto. Pero esta historia, este crimen, va mucho más allá de la manida crisis, lleva la impronta de la premeditación –cómo nos quitamos el marrón de encima sin mancharnos demasiado- y del desprecio –el que ha demostrado su propietario hasta hace dos días, el Grupo Alfonso Gallardo, y el que empieza a evidenciar el supuesto comprador, Diego Israel Castrejón Barco, señor tenebroso que ha tornado la esperanza en terror y desconcierto-. El Correo, desde 2010, ha pasado por tres bloques de despidos, si no he perdido la cuenta, y por varios recortes salariales para los que se quedaron dentro, peleando. Hoy hay 53 empleados sobre el abismo, mirando de reojo el fondo con el hambre que dan las nóminas sin cobrar y, aún así, haciendo equilibrios, tratando de llevar sus ojos al frente para ver lo que pasa en Sevilla y en el mundo y así contárselo a ustedes, sin firmas, que toca protestar, pero con la maestría y la entrega a que nos tienen acostumbrados. Con orgullo, el que da saber que se trabaja en un medio “honorable”, esa etiqueta que nos exigió el cardenal Spínola al fundar El Correo hace casi 115 años.
Honor y “orgullo”, como ha etiquetado mi colega Antonio Delgado-Roig una foto que me compaña en Jerusalén, de un ramillete de trabajadores –cinco años atrás, en la Avenida de la Constitución, con las portadas históricas del diario en su 110 aniversario-. Muchos ya faltan, faltamos. Por unas razones o por otras. Los que quedan no saben si la de hoy será su última edición. Lo que me sale al verla es un susurro arrastrado como el que saca mi madre cuando ve en la tele a un maltratador asesino, a un terrorista, a gentuza de ese calado: “¡Canalla!”. Eso quisiera gritarle a los que están asesinando a mi periódico.
No lo era, lo confieso, hasta que comencé a trabajar en él, estudiante de El País diario e hija de fiel lector de ABC como llegué. Pero El Correo era, indudablemente, una institución en la ciudad, una escuela de oficio, una casa seria que hasta los alumnos con ganas de Internacional, que aún no habíamos probado el elixir de amor eterno con el periodismo local, teníamos por admirable. Su redacción la pisé por primera vez, en realidad, en Segundo de carrera, para entrevistar a Paqui Godoy, cosa de un trabajo. Me llevó de la mano Rocío Rodríguez Jurado. Por allí nos presentaron a un joven argentino, Claudio Guarino, que estaba recién llegado. Aún se imprimía en la rotativa de la Carretera Amarilla la hoja parroquial de los domingos. Olía a aventura. Luego volví con contrato. Cañal, Reviejo, Ibáñez. Los que saben asentirán con la cabeza. Sí, mucha suerte. Enorme sección. Mucho bueno cerca.
Con los días vino todo, el aluvión de sensaciones intensísimas, de lecciones aprendidas, de batacazos y de alegrías, de roces y más compañerismo –ese primer diciembre, con Antonio Ramos Espejo y los chicos de Muchodeporte recogiendo el Andalucía de Periodismo... nunca hasta entonces había visto a un equipo tan feliz...-. El Correo de mi vida, ha titulado el gran Manolo Bohórquez su defensa de nuestra casa. Desde que llegué, para siempre, ya siempre también fue de la mía, de mi vida, llenó mis días durante nueve años, un tiempo en el que casi no había nada más que su redacción y su gente. No todo fue rosa, qué va, pero lo bueno fue infinitamente más brillante, más preciado. El Correo me regaló a mis mejores amigos y, sobre todo, a la gente a la que cada día cité en mis noticias, a la que entrevisté, a la que conocí de pasada o en profundidad; El Correo me llenó los ojos de paisajes que, sin el periodismo, sin mi diario, nunca hubiese contemplado.
Dejemos el “yo”. Todo esto se resume en algo muy simple que quiero decir, para quien escuche: El Correo no puede morir. Ha insuflado vida a cada uno de sus redactores, fotógrafos, diseñadores, administrativos… y ellos, con su labor, han entregado a Sevilla un mundo tamizado con las artes de los buenos contadores de historias, leales y comprometidos. Recuerden los años peleones del cura Javierre y su hoja de información laboral, sin ir más lejos. Los que hoy tiemblan por su futuro les han narrado a ustedes las elecciones de la democracia, un 11-M y un 11-S, les han dado voz cada vez que denunciaban algo –usted, portavoz vecinal, ecologista, madre de alumno-, les han puesto en bandeja la plata la información más útil para disfrutar de su feria o su Semana Santa, les han desmenuzado un pleno del Parlamento –o peor, una comisión-, han vibrado con ustedes en cada victoria del Betis o del Sevilla...
El Correo no puede morir porque no es sólo una empresa, por mucho que nos digan en la facultad y nos insista la realidad tozuda. No. Un medio de comunicación centenario, el decano de la prensa de Sevilla, es más que una cuenta de resultados. Y lo han tratado como si fuera un saco de patatas, sin conocimiento del mercado que se traía entre manos, sin cariño cuando es, en su raíz, una familia, no un ramillete de asalariados. Un euro. Ni lo que vale el periódico en el kiosco. Los nuevos amos se han puesto precio ellos solitos, precio a su alma turbia que nada sabe de periodismo ni de educación. La de El Correo no tiene precio. Es el alma inmemorial del contador de la vida, hecha de tinta y palabras. Ante este crimen brutal no vale la condena, las lágrimas. No sólo. No entiendo qué hace mi ciudad, que no se mueve cuando le quieren rajar la garganta y callar su voz.
Se acabó el desahogo caótico. Compañeros de El Correo, buen cierre hoy, y mañana y siempre. Valor y fortaleza para lo que viene. Que paséis de la agonía a la resurrección. 

viernes, 24 de febrero de 2012

Cierra 'Público'

Hace un par de días me tocaba contar en la distancia la muerte de dos periodistas, Marie Colvin y Remi Ochlik, en Homs, Siria. Dos voces silenciadas que nunca más contarán historias. El cierre de un periódico no es algo tan definitivo, es una voz coral que calla, pero los reporteros y fotógrafos y diseñadores pueden seguir narrando a la gente lo que le pasa a la gente. ¿Sí? ¿Seguro? La crisis nos ha dejado tan pocas posibilidades que parece, hoy, que el fin de un medio es una condena de muerte para sus periodistas. ¿Dónde irán ahora? ¿Dónde encontrarán un altavoz para contar la vida? Sí, estamos en la era de las tecnologías, todo el mundo puede tener un blog, su twitter y esas cosas, pero ninguno de estos escaparates dan para la barra de pan y, maldición, los periodistas somos más humanos de lo que muchos creen y necesitamos comer para vivir, para seguir escribiendo historias.
Cierra Público y yo hoy pienso en esa voz necesaria, diferente, que dejará de resonar pero, sobre todo, en los amigos, en los compañeros que empezarán a pelear en la calle por un rincón donde hacer periodismo, ese medio tan extraño que han elegido como forma de vida. Para mí no es un periódico más. Ideologías aparte, Público es especialmente entrañable porque tiene en nómina a algunos de mis mejores maestros y amigos: Raúl Bocanegra, Olivia Carballar, Alicia Gutiérrez, Alberto Cabello, Ángel Munárriz, María Serrano y ese delegado, Antonio Avendaño, paisano con el que nunca he compartido redacción pero que tiene mucha culpa de que hoy me vayan bien las cosas, de que pisara esta tierra con el entusiasmo recobrado y con esperanza, perdida en los últimos años. Les tomó el relevo, aquí, el inmenso y adorable Eugenio García Gascón, nuestro decano. Inconcebible que le obliguen a parar la máquina de contar esta tierra.
Como lectora les debo emociones, indignaciones, mucho aprendido, mucho descubierto. Como profesional, lecciones magistralmente humildes de cómo se ejerce este oficio. Como amiga... eso no tiene cabida en este blog. Público, además, nació en septiembre de 2007, a la par que yo daba mis primeros pasos en Defensa, para las dos partes fueron días de júbilo y nervios y satisfacciones compartidas. Imposible no encariñarse con el rumbo de ese medio.
Hoy me duele la cabecera y me duelen los míos. Hoy querría tener dinero y montar ese periódico de ensueño (en papel, sí, en papel) y contratar hasta la eternidad a esos que hoy quedan huérfanos de patrón. Y pedirme el puesto de becaria para mirarlos de cerca, y aprender, aprender, aprender...
Confío aún en la justicia con los hombres y las mujeres que pelean en la vida, por eso aguardo un buen futuro para los redactores de Público, excelentes cronistas del día a día. Ellos lo merecen y el oficio los necesita. Larga vida a los buenos.

jueves, 19 de enero de 2012

Juanlu

Ya no sé si nos dijimos hola antes, en alguna quedada o cruce de saludos con Beatriz Romero de por medio, pero el primer recuerdo que tengo de él es el de una noche cómplice, en la Sala Villasís de Sevilla, a cada cual más espídico mientras nos empapábamos, casi memorizábamos, cada una de las palabras que iba pronunciando Carlos Llamas en aquel Hora 25 en directo. Mi madre me diría después: "Vaya muchacho más apañao". Era más que eso, como me demostró desde aquella noche: un compañero de sueños, de inquietudes, el reportero hecho carne. Un compadre con el que hablar incansablemente de periodismo y vida. De esas personas que, aún en la lejanía, aún con apenas un puñado de encuentros de por medio, sabes que son de los tuyos. Feeling, dicen los modernos. Comunión, prefiero yo. Idealista pero no voluntarista sino voluntarioso, fue dando pasos en el oficio, sin olvidarse de sus principios y valores, hiciera lo que hiciera en cada fase. Nunca compartimos una redacción, ni una rueda de prensa, apenas los pasillos de la facultad, pero él, que nunca dejó de seguirme los pasos (nunca), propició que, al fin, a los diez años de aquella primera toma de contacto, nos convirtiéramos en compañeros: una de esas cadenas maravillosas de las redes sociales me puso en línea con Patricia Simón, subdirectora de Periodismo Humano, una historia que interesa ("¿Podrías escribirla para PH?"), una confianza que cuaja, una colaboración que me regalaron entre los dos. Ya era hora, Juanlu, ya compartíamos cabecera, y qué cabecera. La soñada. Luego, un año y medio de historias contadas. Hoy Juanlu cierra edición en PH y me he dado cuenta de pronto de que nunca le di las gracias realmente por abrirme las puertas de la web, por permitirme estar cerca. Es el momento. Gracias por ser un buen compañero, por el aliento, por los ánimos y la complicidad. Gracias por crear de la nada ese medio que me da altavoz para las historias que siempre soñé contar. Y gracias, como lectora, por hacer periodismo del bueno, del mejor, desde la denuncia, la solidaridad y el compromiso. "La vida tiene forzosamente que ser generosa con los que tanto luchan por confiar en ella", le decía Carlota Bruner al capitán Xaloc en La piel del tambor, de mi idolatrado Pérez-Reverte. Confío ciegamente en ello, en que a los buenos, a los que pelean, les llega su momento y su recompensa. Aún quiero pensar que hay justicia en el mundo. Por eso no te deseo suerte, sino justicia, la que merecerás por el trabajo que, sin duda, acometerás de ahora en adelante con igual tesón y entrega. Donde sea. Te seguiremos los pasos allá donde vayas. Ahora, además, con el orgullo de haberte podido llamar compañero. Te echaré de menos.

viernes, 29 de julio de 2011

Paco, Laura, Rosa

Otra vez escribo para tres. Esta vez no es por un premio, es por un adiós masivo que deja tristona y láguida a la tribu de Jerusalén.

miércoles, 1 de junio de 2011

Eugenio, Mónica, Luis

Luis de Vega, Mónica G. Prieto y Eugenio García Gascón, en Segovia. / R. Blanco, segoviaudaz.es


En los años de facultad solía acumular en casa pilas de periódicos para recortarlos cada fin de semana. Todo lo que se hubiera publicado sobre Oriente Próximo, algo de Cultura, cualquier noticia que informara o reflexionara sobre el periodismo. Había de todos los tipos, colores y tendencias, los que compraba yo, los que traía mi padre, los que mangaba en la facultad, los que ya habían leído los compañeros... Me gustaba llegar a las portadillas de Internacional de Diario de Sevilla porque allí estaban, impecables, las crónicas de Eugenio García Gascón firmadas en Jerusalén. Muchas hojas amarillean ahora en casa de mis padres, con su firma abriendo; muchas fotocopias de sus reportajes han ido encartadas como anexos en trabajos de la carrera, siempre con el monotema a cuestas. Cuando fichó por Público le puse cara, lo desvirtualicé por su Balagán, su blog. Allí conocí su biografía. "Anda, el antiguo de Colpisa, con lo que me gusta...", me repetía. Eso ocurría en 2007. Hace ahora casi un año, me quise hacer vecina de Eugenio y de toda la trupe maravillosa de corresponsales españoles que reside en Jerusalén, y a él fui a pedirle ayuda. Fue el primero que escuchó mis dudas, mis miedos, mis ruegos. Ante un nescafé, en su terraza de Rehavia, con su perro jugueteando a mis pies. Eugenio escuchó -como siempre-, callado y concentrado, serio, como si fuera cosechando respuestas poco a poco. Luego, las regaló como suele, con una amabilidad que desarma, con una preocupación sincera impagable para quien empieza a gatear apenas. No sólo es que sea un hombre bueno, es que es el que más sabe, porque es nuestro decano en la zona. Y es tan generoso que no se guarda nada para sí. 20 años de vivencias a tu disposición. Pese a tanto recorrido, guarda la capacidad de sorprenderse, de indignarse, de entusiasmarse. Todo ayuda para que sea el eje, el patriarca de las quedadas del oficio en la ciudad, el que nos aglutina a todos.

Eugenio es noticia estos días porque ha sido galardonado con el Premio Cirilo Rodríguez, que lo distingue como el mejor corresponsal español en el exterior. Ahí está, junto a los grandes como él: Enric González (no os canso más, buscad unos cuantos post más abajo, ahí está la explicación de mi adoración plena y eterna), Manu Leguineche, Soledad Gallego-Díaz, Gervasio Sánchez, Ramón Lobo, Rosa María Calaf, Javier Espinosa, José Luis Márquez, Tomás Alcoverro, Evaristo Canete... Contra tantos quilates de buen periodismo, hay afirmaciones que sobran. Y que merecen una disculpa pública.

Reconozco que este año tenía el corazón dividido. Mucho cariño le tengo a los tres nombres seleccionados para la final: Eugenio, Mónica G. Prieto y Luis de Vega. Con Mónica tengo el privilegio (inimaginable hace apenas 10 meses) de compartir medio, Periodismo Humano, esa casa acogedora donde siempre hay calor y cariño y receptividad, el medio que me la ha puesto en suerte. Un honor poder llamar compañera a la que es una maestra desde que empezó a recorrer y contar el mundo. Tenía 19 años. Admiro su compromiso con los derechos humanos, su indignación con lo injusto, la firmeza de sus análisis, certeros y clarificadores. Y la amabilidad, de nuevo, con los que no tenemos ni idea pero queremos aprender. Luis de Vega es una firma que busco con ansia en ABC. Tan vivo en sus crónicas que palpas cada historia, escritas con una lucidez y un estilo envidiables. Sin conocerlo, lo quiero. Quizá por la sonrisa de mi amiga Fátima Vila (otra grande), gaditana como Luis, cuando lo describe como entrañable, divertido, servicial. Un buen tipo que contaba las cosas que a Marruecos no le hacían gracia...

Buenos periodistas que cuentan lo que pasa fuera, oficio puro, batalla diaria por informar desde lugares complicados para que luego nadie pueda decir "no lo sabía". Mientras haya eugenios y mónicas y luises, el periodismo estará vivo.

viernes, 6 de mayo de 2011

"Lo tengo"

"Teníamos (...) a la extraordinaria Maxine Cheshire, "la indecente Max", como la conocían en la redacción. Maxine era hija del director de una mina de carbón de Harlan Country, Kentucky, y no temía a nadie. Una vez fue descrita admirablemente por uno de sus jefes en Harlan Country como "cien por cien, la reportera más dura que he visto nunca". El problema de Maxine, si es que era un problema, radicaba en su total entrega al periodismo de investigación. Escribía tanto sobre las irregularidades financieras de un empresario extranjero como de su comportamiento social. Probablemente pasé más tiempo apagando los fuegos que encendió Maxine que los que encendió cualquier otro periodista, a excepción del que prendieron Woodward y Bernstein en 1972. Pero era divertido trabajar con ella e increíble verla una vez que había hincado sus dientes en alguien. "Lo tengo", decía tranquilamente, "lo tengo". Y generalmente lo tenía".
Ben Bradlee, La vida de un periodista, Ediciones El País, Madrid, 2000.
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Esta parrafada de Bradlee me ha recordado a otra mujer fuerte que investiga como nadie y que, cuando engancha, engancha. La maestra Alicia Gutiérrez.

miércoles, 27 de abril de 2011

De nuevo...

Pensábamos que ya no más, que 13 nos fuimos y que éramos suficientes. Que esa frontera de dolor no habría que cruzarla de nuevo. Que el sacrificio de los que quedaban daría de nuevo verdor a las cuentas. Pero no ha sido así. Uno a uno, ayer cayeron siete más, y los que se han perdido por el camino, poco a poco, en silencio, hasta dibujar esta escena de barco fantasma que se vive hoy en la que fue mi casa, mi periódico, El Correo de Andalucía. Dicen que los números no salen, que el mercado está imposible. Puedo entender que no sea sencillo tomar decisiones dolorosas, pero no que siempre se tomen metiendo la tijera en la partida de personal, el mayor valor del periódico, su gente, los que levantan un tema de portada a las once de la noche, los que se montan en una tapia oscilante para tener la mejor foto, los que pintan las páginas más hermosas para que sus colegas se luzcan, los que dan la pátina última al diario, antes de que se convierta en papel y tinta... Eso es sólo un trámite final, las máquinas no saben hacer periódicos. Porque no es justo, cada tarde a las seis, a mis seis y a las suyas, estaré con su aplauso en La Cartuja, aunque sea a 4.000 kilómetros. Porque no podía hacerme a la idea de cómo era mi casa sin los 12 adioses del año pasado, porque no puedo hacerme a la idea de lo que es ahora mi casa sin los que han dicho "me voy" y los que han dicho "me echan", sin Álvaro Ramírez, sin Paco Cazalla, sin Rosa Torres, sin Antonio Ruiz, sin Brenda Macías, sin Felipe Villegas, sin Olga Granado, sin Lola Martín de Oliva.




Ya no tendría quien me ayudara con la impresora de Deportes, porque en eso Álvaro -también Lastra, también- es especialista. En eso y en currar sin dar problemas, sin levantar la voz, siempre con un buen gesto, tímido, para los compañeros. Un tipo que ha hecho, junto a Quico Canterla, que la información de referencia sobre el sevillismo se publique en El Correo. Uno de esos colegas que te sorprende un día, a media voz, y te dice: "Qué bueno lo que das hoy". Anda, ¿te has tragado ese rollo? "Sí, no es un rollo. Está muy bien. Y me gusta leerme mi periódico", me dijo un día. Uno de esos días jodidos en los que pagas por una palabra amable. Uno de esos compañeros que, el día que sales por la puerta, lamentas no haber tratado más.




Tampoco podría pegarme las charlas infinitas con el maestro Cazalla, mezclando batallitas, quejas y penalidades del día. Siempre con una foto en la retina por recordar, por un episodio de buen periodismo que rescatar, de aquellos tiempos en los que todo era diferente. A veces decía que estaba cansado, pero lo desmentía con pisar la calle, su ansiada calle... la libertad. Impagables los viajes y las lecciones de camino a la noticia. Cómo olvidar Alfacar, Paco, y Morón, y hasta esa Puerta del Príncipe que no presencié, pero que sé por tus palabras. Es que no veo una redacción por la que no pasee lento este soldado flaco y recio, cámara en ristre, en la que no pueda ir a buscarlo a decirle la última de mis chorradas mitómanas. O a pedirle una foto.




Pero ahí tienen más galones Rosa y Antonio... Ella, con su "buenas tardes" exactas a las tres, los periódicos bajo el brazo, lista para aguantar la primera petición del día, que en los últimos meses solía ser mía, por editora secundona y verde. Horas a su lado buscando la imagen justa para dar sentido al texto, o para cuadrarla en la maqueta imposible que me habían pintado -un poquito más, alarga un poco más esa caja, achata un poco más la foto, anda...-. Horas con ella en el archivo cuando llegaban los especiales, manejando sobres de políticos repentinamente jóvenes, de aquellos tiempos de jornaleros en armas, de Expos por venir, de proezas del Cuatro Vientos. Rosa y Antonio, al que me enganchaba si ella faltaba, o al que pedía siempre lo más raro, siempre a última hora... Un pantallazo, una foto perdida, una imagen rescatada de hacía mil días. Nunca me llevé de esa mesa un "no puedo", un "no des la lata", un "imposible". Incansables ambos. Lo que sí me regalaron fueron sonrisas, guiños (arropados por esa panda maravillosa con Rafa, Pedro, Txetxu, Ramón...), polémicas cinéfilas y algunas chucherías, de paso. Siempre a la orden. Siempre engrasando la maquinaria para que los plumillas brillaran al día siguiente.




A Brenda la conocí antes que a todos ellos, de becarias las dos en ABC, 11 años atrás, pero pasó el tiempo y volvimos a encontrarnos. De nuevo en La Cartuja. Ella me tranquilizaba cuando empezábamos con aquella cosa extraña de la web. "Que esto es muy fácil", me repetía. A mi lado estuvo cuando monté el primer vídeo, y quien sabe lo que eso supone comprenderá el agradecimiento que le gasto... Ahí estaba, por las mañanas, esos días de encierro, para comentar las jugadas del día, y cuando había calle, para atender los primeros titulares: paciente al teléfono, rauda en el teclado, lista para contar en tu nombre lo que estaba pasando. Otro eslabón imprescindible de la cadena.




Felipe... Felipe. Primero compañero, luego jefe, con la cercanía que eso implica, con la intensidad del roce, del entusiasmo ante los temas, de la presión cuando tocaba, del debate y el cruce de pareceres, a veces calmo, a veces no. Siempre con la base de una complicidad previa, de cuando no había galones de por medio, que nunca se perdió. Una rutina hecha de libros prestados y de exposiciones recomendadas, de favores hasta cuando se fue al lado oscuro. O sea, a un gabinete. Me regaló fuentes, y sobre todo me metió el veneno del cariño hacia los temas de memoria histórica. No creo que me abandone nunca, por suerte. Muchos guiños, Felipe, muchas cosas vividas, muy intenso todo como para condensarlo aquí, mucho bueno...




Y Olga. La que me abrió las puertas de El Correo con su ascenso, la que me recibió el primer día. "¿Eres Ángela Cañal?", le dije, pensando que ella era mi jefa. Le entró la risa floja, nunca supe si por mi pregunta o por algo previo, desconocido, y así empezó la conversación. Así descubrí que también ella fue la primera de la casa que me hizo un favor, un día que llamé, aún en la Ser, para pedir un teléfono. Movió cielo y tierra, preguntó a mil compañeros, hasta que lo logró. Hasta entonces para mí era una foto encartada en las crónicas del 11-S, la única sevillana contando lo que pasaba en Nueva York. Luego fue Olga. La única. Una de las mujeres más firmes que he conocido. Algunos dirían "de esas que tienen un par", pero igual me quedo corta si me acojo a la expresión. Hablo de sobriedad en las maneras y de cariño en el núcleo. Las apariencias, me enseñó, engañan. Mucho. Porque me ayudó con sus bromas a perder la parálisis de novata, porque me dio ideas (sobre temas, sobre fuentes, sobre cómo buscar alternativas), porque se ofrecía insistentemente a ayudarme con las páginas cuando no llegaba al cierre. Ella y su gente, fieles escuderos de una jefa a la que adoran. La llaman maestra, y saben de lo que hablan. Imposible pensar nuestra fila larga sin ella en la esquina. No. Imposible.




La lista del dolor la cierra esta vez Lola. No estaba en la redacción, sino en las entrañas de administración, quizá por eso el roce fue menor, pero fue. Siempre feliz, festiva, siempre con un piropo en la boca. Un terremoto de entusiasmo. Ella tramitó mi primera acreditación con el Gobierno de Israel, en 2006. Tres veces lo hizo, porque me perdieron los papeles. "Lola, que necesito que mandes los papeles otra vez, pero esta vez a un número más largo". "¿Pero tú dónde andas ahora?". "En Jerusalén". "Reina, allá va". Y llegó, claro, con un mensaje lleno de corazones que el funcionario de la GPO aún trata de desencriptar. A lo mejor hasta lo tiene el Mossad y todo. Mucha Lola. Valiente hace un año. Media vida dedicada a El Correo. En otro lugar se nutrirán de su alegría.




Mi gente, la que se fue, la que se va, y sobre todo la que se queda. La que ha de lidiar a diario con las noticias aguantando el peso, una losa inmensa, del adiós de sus amigos. Los que seguirán dignificando el periodismo, porque es lo que mejor saben hacer. Los que van a luchar, y están luchando, al menos para quedar roncos en la pelea. Hoy, de nuevo, a las seis en La Cartuja. De nuevo a pelear. A combatir, como decía Pavese...




"Combatiremos todavía,




combatiremos siempre,




porque buscamos el sueño




de la muerte amparados,




y tenemos voz ronca,




frente baja y salvaje,




y un idéntico cielo,




fuimos hechos para esto...




Si cedemos al choque,




sigue una larga noche




que no es paz o tregua..."





P.D. Y vean cómo se aplaude...

sábado, 19 de marzo de 2011

Historias


La base de nuestro oficio es contar historias, las cosas que vive la gente, lo que les ocurre, preocupa, alegra y estremece. Vida, en resumidas cuentas. No me canso de insistir en ello. Historias son las guerras políticas, un nuevo libro que se publica, un gol (del Atleti, a ser posible). También son historias el robo a un frutero, el drama de un inmigrante, el trabajo de un médico que cura desde su laboratorio. Es lo que contamos a diario. Todas ellas tienen rostro, más o menos conocido. Son nuestra base. Pero sin el equilibrio entre calle y despachos, entre anónimos y reconocidos, el oficio se hace más plano, menos vivo, menos integrador. Es lo que creo, y quizá por eso estoy incómoda leyendo, viendo, oyendo las grandes noticias de estos días, Libia y Japón. No veo gente, veo políticos, expertos, estrategas. Necesarios, pero insuficientes. No veo a los que sufren el terremoto, a los que tratan de bloquear la radiación, no veo a los oprimidos por Gadafi, a los que sufren los bombardeos. No hablo de rostros, que también: hablo de vidas contadas. Son las consecuencias de una cobertura informativa durísima, lo sé. No es un reproche al trabajo sensacional de los compañeros. Es sólo que ansío conocer vivencias hechas carne, antes de cansarme de ver la foto fija de los correponsales de la CNN. Quizá la incomodidad procede, en parte, de que ahora tengo la suerte de escribir muchas historias sin corbatas, sin uniformes, sin moqueta, y siento la fuerza de la gente común latiendo en las palabras. Y quiero ver esa fuerza en cada titular del planeta. Coordenadas, mediciones, armamento, números, previsiones, tecnicismos... Todo periodismo indispensable. Como las historias. Esas que, depende del medio, tanto escasean. Como en la ilustración que acompaña a esta entrada, la gente se cae de los periódicos. Pero quiero creer que ahora no tenemos estas historias porque la naturaleza, la radiación o las bombas no nos dejan llegar a ellas. Que no es un síntoma más de la desaparición de las voces de base en la prensa mundial. Ahí están las revoluciones egipcia y tunecina para demostrar que no hay que ser agoreros, que se puede contar la Historia con historias. Seguro que en Libia y Japón es cuestión de tiempo que las veamos.

miércoles, 16 de febrero de 2011

La 'mentira' de De Cavia

Ahora que Cercas y Espada se tiran los trastos a la cabeza, y está de moda reflexionar sobre periodismo y ficción, he recordado este artículo. El 25 de noviembre de 1891, El Liberal publicaba una noticia aterradora: "La catástrofe de anoche. España está de luto. Incendio en el Museo del Prado". La firma de Mariano de Cavia daba cuenta del horror causado en la pinacoteca por la suciedad, el desorden, los mendigos, la falta de seguridad. Tanta dejadez gubernamental acabó provocando un fuego tremendo. Ese artículo fue la base del examen que nos pusieron en Tercero de carrera, en la asignatura Periodismo y literatura. Todos analizamos sesudamente las palabras bien juntadas de don Mariano, pero nadie, ni uno, y éramos 90 alumnos, descubrió el truco: aquel artículo era un ejemplo de periodismo-ficción, porque contaba una mentira monumental. El periodista narró una trola a sus lectores para concienciarlos de la situación de penuria que atravesaba el museo. "Hemos inventado una catástrofe... para evitarla", justificó De Cavia. Así que la máxima de que el periodismo es la realidad y la literatura es la ficción saltó por los aires. Cuando el profesor, Miguel Nieto, nos desveló el secreto, se nos quedó una cara de tonto digna de retratar. Aquí va el texto, añadiendo el final, que no todos los lectores alcanzaron a leer, azorados por la noticia, (y que por supuesto no estaba en nuestro examen); en él, De Cavia deja claro que aquello no era cierto, aunque estuviera a punto de serlo. Aunque sacara a la calle a medio Madrid, indignado, como si lo fuera. Decía De Cavia que era una mentira publicada para evitar una verdad... Creo que el duelo entre Cercas y Espada va mucho más allá de los propósitos del XIX.

El incendio del Museo del Prado
Las primeras noticias
¡Noche, lóbrega noche!
A las dos de la madrugada, cuando ya no nos faltaba para cerrar la primera edición más que las noticias de última hora que suelen recogerse en las oficinas de Gobierno Civil, nos telefonean desde este centro oficial las siguientes palabras, siniestras y aterradoras:
-El Museo de Prado está ardiendo. ¡Ardiendo el Museo del Prado!...
En aquel mismo instante daban comienzo las campanas de las parroquias a sus tétricos toques. Nos echamos a la calle, y al llegar a la Puerta del Sol advertimos desusado movimiento de gentes. De los cafés, de los círculos, de los casinos, salían en revuelto tropel los trasnochadores, y el vocerío era tal, que apenas había ventana ni balcón donde no se asomarán los pacíficos vecinos, turbado el sueño por el estruendo de la calle.
-¡Qué desdicha! ¡Qué catástrofe! ¡Pobre España!... ¡Perdemos lo único que aquí tenemos presentable!...
Así hablaban las gentes, y corrían desoladas hacia el Prado, ávidas de ver para creer en tamaña desgracia, deseosos de que la realidad estuviese muy por debajo del temor. Por desgracia, los resplandores del incendio, iluminando intensamente los nubarrones apiñados sobre Madrid, parecían decir:
-¡Rechazar toda esperanza!
Un grito de angustia, seguido de violentas imprecaciones, de palabras de lástima y aún de blasfemias, se escapaba de todos los labios cuando los curiosos llegaban al Prado, y veían al monumental edificio trazado por don Ventura Rodríguez, coronado de llamas, lanzando columnas de humo hacia las nubes, y de cuando en cuando haces de chispas que semejaban luminosos residuos del espíritu de Velázquez, Murillo, Rafael, Rubens, Tiziano, Goya… No: No ardía sólo el ala de Poniente, ni el ala de Levante, ni el centro del edificio. Lo que ardía era el Museo todo, el Museo Entero, el Museo por los cuatro costados.
-Europa entera –oímos decir a un espectador- dirá mañana que España ha perdido uno de los pocos florones que quedaban en su corona. Esto es como una desmembración de la patria. Algunas personas lloraban… Otras se precipitaban hacia el edificio, siguiendo a los soldados que llegaban de los próximos carteles de los Docks. Por la puerta central salían algunos hombres arrastrando lienzos –tal vez los de menos valor, los menos interesantes- que habían logrado arrancar de los marcos, cortándolos con cuchillos y navajas. Las bombas funcionaban con dificultad que llamaríamos extraordinaria, si no fuese eso lo ordinario en semejante servicio. Ni ¿de qué podían servir unas cuantas mangas ante las proporciones del siniestro? Los chorros de agua que se lanzaban hacia el museo desde la explanada de los Jerónimos más parecían avivar la hoguera que extinguirla.
La premura del tiempo y lo angustioso de las circunstancias nos impide entrar ahora en pormenores acerca del Museo de Pinturas, ni en la descripción de sus espléndidas salas, ni en la reseña de sus riquísimos tesoros. Tiempo nos quedará para recordar a la patria lo que a estas horas está perdiendo, como lo pierden la Humanidad y el Arte, por culpa de la imprevisión oficial. Si la maldita y sempiterna imprevisión de nuestros gobiernos, ha sido el origen de esta grandísima catástrofe. Parece ser que el fuego se inició en uno de los desvanes del edificio, ocupados, como es sabido, a ciencia y paciencia de quien debiera evitarlo por un enjambre de empleados y dependientes de la casa. Allí se guisaba, allí se encendía fuego para toda clase de menesteres caseros, allí se olvidaba que una sola chispa podía bastar para la destrucción de riquezas incalculables… los suelos y la techumbre eran, por otra parte, inmejorables agentes para el elemento destructor, gracias a la endeblez y combustibilidad de sus tablones y cañizos, poco menos que desnudos. Un brasero mal apagado, un fogón mal extinguido, un caldo que hacer a media noche, una colilla indiscreta… ¡y adiós, Pasmo de Sicilia! ¡Adiós Sacra Familia del Pajarito! ¡Adiós testamento de Isabel la Católica! ¡Adiós Vírgenes y Cristos, Apolos y Venus, héroes y borrachos, reyes y bufones, diosas de Tiziano y anacoretas de Ribera, visiones de Fra Angélico y desahogos de Teniers!
Inmensa debiera ser la responsabilidad para los que no han querido cortar abusos a tiempo y conjurar peligros oportunamente: pero ¿qué es en España la responsabilidad? Una palabra hueca.
Ultima hora
Con lágrimas en los ojos, cerramos apresuradamente esta edición, reproduciendo la siguiente carta que nos envían desde el siniestro: “Amigo y director: Creo que, para ser ésta la primera vez que ejerzo como reportero, no lo hago del todo mal. Ahí va, en brevísimo extracto, la reseña de los tristes sucesos… que pueden ocurrir aquí el día menos pensado. Tuyo, Mariano de Cavia.”

MARIANO DE CAVIA.

(Artículo propiedad del Diario ABC).

miércoles, 9 de febrero de 2011

"Defensa de la alegría"

PAQUI ARIAS, DEFENSA DE LA ALEGRÍA, por Alejandro Luque.-

De unos versos de Benedetti con música de Serrat extrajo Paqui Arias su lema. Entendió que la alegría, más que un estado de ánimo, es un verdadero oficio que exige dos talentos: perseverancia y generosidad. Alegre vocacional y a tiempo completo, prodigó su sonrisa a manos llenas y por los cinco continentes. Cualquiera que se haya cruzado en su camino, ya sean escritores famosos o camareros, vendedores del mercado o revisores de tren, conserva de ella un recuerdo perdurable.
Es imposible, pues, pensar en Paqui sin sonreír. Y mucho más recordar sus peripecias sin acabar riendo hasta las lágrimas. Allí donde recalara, una playa perdida del Pacífico o una populosa ciudad de la India, a los cinco minutos había trabado amistad con todo el mundo y roto dos o tres corazones. No necesitaba conocer el idioma vernáculo: dominaba el esperanto de la naturalidad y el desenfado. Era suficiente. Al marcharse, invariablemente, la gente del lugar quedaba desconsolada y anhelando su vuelta, que era el estado habitual de quienes la queríamos aquí, en su Gerena natal y en Sevilla.
Será por eso que nadie cree que se haya ido de veras, y sí que este adiós no es sino otro de sus embarques, que pronto volverá contando aventuras y repartiendo besos y regalos. No lo creen los parroquianos de los boliches porteños, ni las mujeres cubiertas con túnicas de colores de Rajastán. Nunca han suspirado tanto los muelles desde Marsella a Mayotte. En Delhi y en Bogotá tampoco se resignan. Hay quien asegura haberla visto bailando en la vieja noche de las islas griegas, y no faltan los surfistas que a veces, entre festones de espuma, la reconocen caminando bajo el sol de Australia.
Su desparpajo, su risa contagiosa, con esa afonía inconfundible; la mirada felina que proyectaba sobre el mundo, son ya indelebles, como su torrencial sentido de la amistad. Pero no lo es menos el coraje y la lucidez con que afrontó los reveses de la suerte. Aquello que escribió hace unos meses, “Es hora de pelear”, parece el rubro de estos tiempos duros, turbios, inclementes. Vendrán muchas ocasiones para preguntarnos cómo habría reaccionado Paqui ante esta o aquella adversidad, y tratar de emular su ejemplo y el de su familia. Ojalá nos asista entonces su valor y su fortaleza, pero también su capacidad para celebrar las bonanzas y paladear ese licor escurridizo que llamamos felicidad.
Eso ha sido, eso es Paqui, y muchas cosas más. Una rebelde, una hedonista irredenta, una cómplice, una tenaz cazadora de emociones, una cautivadora femme fatale, una amenísima y vehemente conversadora, una mujer ferozmente libre. Muchos de nosotros la conocimos gracias al periodismo: el oficio más bonito del mundo, dicen, después de la Alegría.

domingo, 6 de febrero de 2011

Paqui

Son poco más de las seis de la tarde aquí, tan lejos. Dentro de una hora, será su entierro. A la misma hora, pero en Gerena, en su tierra. Un correo maldito, a medio encajar en mitad de una manifa pro-revolución egipcia en Ramala, me trajo la noticia. Paqui ya había exprimido hasta la última gota de su vida. Hace un par de meses que sabía de su pelea por la dignidad y por la supervivencia. Parecía impensable, por ese pálpito infantil que tenemos de que a los nuestros, a los buenos, a los que queremos, no les puede pasar nada. Hace mucho que no la veía, demasiado, desde un encuentro fugaz en la Alameda. "Rengelilla, ¿qué pasa? ¿Dónde te metes?". Poco tiempo coincidimos en nuestro Correo, pero lo suficiente para quererla y admirarla. Por vitalista, por espíritu libre, por ser la mejor de las mejores escribiendo en aquel maravilloso Correo de la Provincia, por independiente, por franca, por consejera y compañera. Muchos paseos a nuestra mesa, la de los "andaluces", para ver a la Cañal, y siempre con un guiño, una broma, una mano rápida que revolvía el pelo a modo de saludo. Paqui, grande Paqui, que supo vivir siempre con la amenaza del adiós, dándonos a todos una lección de sabiduría. Periodista curiosa, con la empatía que sólo generan las buenas personas, próxima siempre. Yo sólo rocé sus días, ella sólo rozó los míos, pero esa luz, su luz, siempre ha estado presente. Los que la conocen mejor, los que la quieren más, saben de lo que hablo. Con ellos estoy ahora, con su dolor y su vacío. Espero que les reconforte el recuerdo de su batalla y su sonrisa. No es un tópico: en ella cada fibra era tenacidad, voluntad, vida. Eso nos deja, hasta que la veamos de nuevo. Se la quiere...

viernes, 4 de febrero de 2011

Yo quiero ser periodista (del New York Times)

P.D.: Gracias a mi amigo Óscar Miró por este regalillo...

jueves, 27 de enero de 2011

Periodistas de gueto

El Holocausto nazi fue el mal absoluto. Hoy lo recordamos en el día internacional que conmemora la liberación del campo de Auschwitz, 66 años atrás. Quien más y mejor hace por mantener viva la memoria de aquel horror es el Yad Vashem, el Museo de la Memoria del Holocausto de Jerusalén. Ir allí es sentir el latido de la vida, la sombra de la muerte, las tripas encogidas por el miedo y el odio desaforado, el corazón ensanchado por la grandeza y fortaleza del ser humano. Entre las millones de historias que guardan sus paredes también hay algunas de periodistas, cómo no. O de protoperiodistas, o de "periodistas-ciudadanos", de gente, en fin, que quiso contar lo que le pasaba a la gente, incluso en semejantes circunstancias; o quizá por eso.
Hay una foto que siempre me estremece: una señora rubia, con traje veraniego (la guerra acabó allá por mayo), tacones y una salud estupenda, se tapa la boca, entre el llanto y el asco, al ver los cadáveres de los asesinados en los campos, tirados en una pradera verde. Ella es de las que no sabía o no quiso saber. Pero incluso en los campos, incluso en los guetos, hay quien contó lo que pasaba, para que el mundo supiera. Están los chavales del Lodz Ghetto Chronicle, que durante tres años y medio hicieron un boletín de su barrio, cerrado como una jaula, contando los nuevos racionamientos, los toques de queda, los estrenos en el pequeño teatro que seguía en pie. Su experiencia pasó a ser un libro en los 80, entre otros, con la colaboración de Arie Ben-Menachem, un fotógrafo que retrató a las gentes del gueto polaco. Fue el único superviviente de aquel equipo de reporteros.
En el gueto de Kovno, los judíos lituanos formaron una pandilla, The Chroniclers, compuesta por jóvenes inquietos que aportaban sus pequeñas crónicas diarias al servicio de la comunidad. Crearon hojillas baratas o bandos con narraciones (tan dados son los judíos a la cultura del muro y el cartel). Entre ellos estaban Esther Lurie, Jacob Lifschitz, Josef Schlesinger...
Quizá la mayor tarea de documentalistas la hicieron Ruda Stadler, John Freund y sus amigos de Budejovice, Checoslovaquia, The underground reporters, que editaron un periódico que incluyó hasta poesías y cuentos y, con sus escasos medios, trataron de grabar los testimonios de sus vecinos de infierno, para que su voz quedase, para que no se perdiera el relato de sus vidas, sus costumbres, sus refranes y recetas. Aquello que los nazis quisieron borrar para siempre matando a los judíos.
"Ser escritor, al menos cierto tipo de escritor, significa vivir rodeado de pánico percibiendo a tu alrededor bultos que pasan de un compartimento a otro con los calcetines mojados. Y tú eres uno de esos bultos: aquel que, por encima o por debajo del miedo, está poseído por la necesidad de contarlo, aunque las posibilidades de que alguien lo lea sean muy escasas", escribe Juan José Millás en uno de mis artículos de cabecera. Eso es lo que ellos sentían: la necesidad de contar por encima del horror, de seguir narrando la vida incluso en la muerte. El ansia de dejar constancia del paso del tiempo, añadida a la de ejercer el papel de testigos de un crimen. Periodistas de gueto. Hoy el recuerdo es para ellos y para los siete millones de muertos que dejó Adolf Hitler. Para que siempre estén presentes, para que no se repita.

domingo, 16 de enero de 2011

Salomé, Juan, Miriam

Juan Tortosa (centro), rodeado de parte de la última delegación de CNN+ en la comunidad andaluza; Salomé es la segunda por la izquierda. Y me falta Miriam...
Las noticias llegan a través de internet, así que la distancia no ha sido impedimento para conocer los teletipos. Información puntual (está pasando, lo estás sabiendo). Pero los 4.000 kilómetros no aminoran el daño, la rabia, la solidaridad. Eso no. Eso no me lo ahorran. De lo que me privan es de poder darles un abrazo enorme a los protagonistas de la maldita noticia, una más, pero no una cualquiera dentro de esta cadena de despidos, EREs y cabeceras cerradas que nos está dejando la crisis y la conveniencia empresarial. Por eso necesitaba mandar este abrazo de palabras a Salomé Machío, a Juan Tortosa y a Miriam Lorenzo, a mis amigos de CNN+ en Andalucía. Porque son especiales. Porque me duelen. Porque han compartido conmigo momentos de vida y oficio, y porque me han enseñado a hacer periodismo, aunque sea con un consejo, una batallita, un teléfono prestado, una sonrisa.

En eso Salo es especialista. Siempre lista para alegrarme la mañana. Compañera correística, a mi vera en Local, fue mi fuerza, mi ánimo diario, mi guía impagable por el mundo judicial en el que su empeño, su cercanía y su fiabilidad abrían las puertas más complicadas. Qué mala sucesora te tocó. Aquello fue el nudo, pero con Salo siempre quedaba la calle compartida: los encuentros felices en una rueda, las mañanas frías de guardia, las quedadas (siempre menos de las que hubiera deseado). Un honor despedirla del papel en una cabalgata de reyes escrita a cuatro manos, cansadas de recibir caramelazos (y de pedir gasparines). Fuera y dentro, siempre Salo pendiente, lista para hacer la vida más hermosa. "Qué grande, la Salo", como dice Bocanegra (otro enorme).

Juan es caso aparte. Es el maestro del oficio en Sevilla, es vocación pura que la veteranía no ha podido avejentar, ni arrugar, ni manchar. Sólo le ha sacado lustre. Mi pena es no haber pasado más tiempo en la calle con él, o a su lado en un café, escuchando y aprendiendo. Por eso guardo como un tesoro el viaje insulso de Griñán a Marruecos, porque lo tuve cerca, y ya no lo perdí. A su blog peregrino a diario en busca de orientación y lo engancho por la red en cuanto puedo, que cada consejo es una joya; cada historia, oxígeno en este mundo de miserias. Porque nadie cuenta con más pasión lo que ha hecho, lo que hace, lo que va a hacer. Porque en su boca el periodismo es verdad, es alegría, y revive frente a los agoreros del fin del mundo. Mientras quede gente como él, habrá periodismo.

Y Miriam... ¿Es posible que coincidas con una persona apenas diez o quince veces en tu vida y la aprecies tanto? Sí, es posible, si siempre tuvo el detalle de acercarse, de presentarse, de preguntar si necesitas algo. Cuando una empieza y está verde como las aceitunas, las Miriam son impagables. Ahí estuvo, para guiar cuando más lo necesitaba. El cariño que le profesan Salo y Juan no hace más que convencerme de que debe ser, de que es, una periodista estupenda.

Amigos, colegas, consejeros. Los tres han pasado el calvario y el trance del cierre de CNN+, esa infamia. Cada cual, ahora, afronta un futuro distinto, pero sólo deseo que sea el mejor de los posibles, el que merecen, el que les permita seguir contando a la gente lo que le pasa a la gente. Es un deseo profesional y egoístamente personal. Los necesito conmigo, los necesito ejerciendo, como sea y donde sea.

Ojalá pronto este abrazo deje de ser virtual. Mientras, me conformo con recordarlos con su compañera por estas tierras, Ana Garralda, que está a un paso de ganarse otra entrada en este blog, porque es de las buenas. A ver si consigo que os quiera tanto como yo.


P.D.: El abrazo es extensible, claro, a todos los trabajadores (redactores, cámaras, sonidistas, montadores, realizadores, productores... a todos) de CNN+. Ánimo, compañeros, va de vuelta por el que nos regalásteis en forma de aplausos allá por mayo.-

sábado, 15 de enero de 2011

Lama

Aquello del mendigo no tuvo nombre, hay sábados que tiene más comentarios machistas que goles canta, y cuando le sale el ramalazo madridista y raulista me pone de los nervios... pero es Lama, es Manolo Lama. No hay más que decir. Que los amores de adolescencia son complicados de curar, y él es uno. De los fuertes. Tengo un anuncio publicado en 1993 en la revista Tiempo en el que ya aparece con sus dos colegas, Paco González y Pepe Domingo Castaño, y que durante años ha decorado mi carpeta del instituto (por dentro, que por fuera iba un artículo del Jefe en una cara y una foto de Ciudadano Kane en otra). Los primeros Carruseles, el enganche ya nunca perdido al fútbol... Él tiene buena parte de culpa. Hoy sueño con entrevistas muy diferentes, y cuento cosas que nada tienen que ver con el deporte, pero en su día, con 14 años, mi meta era Lama. Fue mi primera entrevista frustrada. Tania -una compañera de clase, que también se tituló luego en Periodismo- y la que suscribe quedamos con Lama en el Sánchez Pizjuán, un día que vino con el Madrid, pero la seguridad del estadio acabó con nosotras: nos echaron de la puerta de prensa, nos chillaron, nos ningunearon. Acabamos en la grada con nuestra entrada, en el gol sur, encaramadas a una verja con una libreta enorme en la que le mandábamos mensajes a los compañeros de Radio Sevilla para que avisaran a Lama, que estaba en la pecera de al lado, de que allí estábamos. Aquello fue una locura imposible. Nunca se lo confesé a Florencio Ordóñez ni a Manolo Aguilar, los que radiaban aquel día, no les dije que yo era una de aquellas locas. Me callé, allí sentadita en Informativos, admirándolos de lejos, como a todos sus compañeros. Si vosotros supiérais las tontadas que ha hecho vuestra colega la becaria... El pobre Lama se disculpó 500 veces, pese a que no fue culpa suya. No desistimos. Lo intentamos en el partido Betis-Atlético. No lo mandaron entonces. Pero la excusa fue perfecta para conocer a David Alonso y Antonio Ruiz, y tenerlos por amigos durante años. A Lama sólo una vez lo he visto. De lejos, enganchado al teléfono, en la redacción central de la Ser. En una tarde de nervios y expectativas. Entonces tenía diez años más y otros quebraderos de cabeza. Y un nuevo reto inalcanzable. Como Lama. Pero una meta y otra la seguiremos peleando. Mientras, me conformo con que ese hombre adorado haya vuelto al redil de los amigos. Aunque sé que es en una casa que no es la que fue mía. Qué bueno tener a la familia reunida, aunque sea en la distancia.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Enric González

Enric González lee El País mientras viaja de San Sebastián a Barcelona. Blog de Javier Moltó.-
Dejemos los remilgos a un lado. A veces el periodismo es un arma maravillosa para conocer a personas a las que, de otro modo, difícilmente podríamos acceder. Un camino fácil para tocar a quien se admira. No es muy recomendable, decía Patrick O´Brien, conocer a los ídolos, porque el mito se te puede ir al garete. Pero la tentación era demasiado fuerte y, además, sabía que esta vez el padre de Aubrey y Maturin se iba a equivocar. Muchos años adorando al mito como para no intentarlo siquiera. Y el mito, lejos de evaporarse, se ha agigantado. Enric González es infinitamente mejor de lo esperado. Es la humildad personificada, un tipo amable, afable, dicharachero, conversador fantástico, con una capacidad intensísima para escuchar, atento, intrigado. Curioso para aprender de todo, incluso de la sarta de obviedades y tonterías con las que esta que suscribe podía torturarlo. Con lo que han visto sus ojos podía estar endiosado, mirar el mundo por encima del hombro, darlo todo por sabido. Qué va. Parece un niño dispuesto a empaparse de cada brizna de saber que corra por su lado, sin límites, sin correcciones políticas, sin presiones. Que es valiente ya lo demostró con aquella antológica columna. Que es inteligente, certero, sensato, lo evidencia en cada crónica, ahora, desde Jerusalén. Lo que se intuía también es cierto: que le duele el oficio, que piensa y repiensa el periodismo, que admira a sus iguales (aunque se sonroje cuando se le llama "maestro" y "pastor" y ese tipo de cosas), que le brillan los ojos al contar cómo trabaja, por ejemplo, Soledad Gallego-Díaz. Pocos periodistas llegados a su nivel son capaces de girar la vista hacia los EREs, los despidos, los sueldos bajos, las jornadas criminales... No quiere olvidar que ese oficio también es el suyo. Hay quien dirá que aún tiene ilusión porque divisa este empleo desde una atalaya privilegiada. No lo creo. De corazón sigue pensando que el periodismo está vivo y tiene futuro, distinto al que él ha conocido, nada que ver con las redacciones que pisó con 16 años, pero el oficio de contar historias sigue vivo, y necesita soportes donde poner rostro a la vida. No es un iluso ni un embaucador. No. Cree sin fisuras que se pueden "romper las costuras" que imponen la autocensura y las presiones empresariales, poco a poco, ensanchando el horizonte. Lo dice quien puso en juego su puesto, quien incomoda en la central de su periódico, quien se tuvo que venir lejos para seguir contando lo que le pasa a la gente. Y, aún así, sigue metiendo el dedo en la llaga.
Hay que decir que, además, es divertido y cuenta grandes anécdotas, que tiene una mirada limpia de prejuicios que nada ni nadie ha manchado, que escapa de la antropología barata y mira al diferente con interés desmesurado. La sonrisa que domina el rostro flaco cuando habla de fútbol ilumina media Jerusalén. Fuma pero no demasiado, un cigarro (Marlboro) a la hora, gesticula con cadencia y fuerza contenida, se pone y se quita las gafas del cerca, se hace el remolón con las fotos. Para la cita eligió el Zuni, el único restaurante de la ciudad que abre 24 horas y que hasta los ultraortodoxos se vieron obligados a respetar. Un sitio tranquilo con jazz de fondo. No pincharon a Chet Baker, pero hablamos de él. Y de religión, de Berlusconi, de crisis. De tópicos, jefes y batallitas.
El encuentro pudo darse con la tribu de corresponsales españoles que, cada poco, hace una quedada en un buen restaurante jerosolimitano, pero esta charla a dos, más tranquila, fue un regalo de mis amigos-colegas Alejandro Luque e Ilya Topper para Mediterráneo Sur. Impagable oportunidad para ver de cerca al adorado señor González. Esta mitómana convencida e irredenta se crece cuando constata que los dioses no tienen que ser de barro. Que los hay de verdad, que no mienten, que no engañan. Así que, preparaos, porque estoy insoportable estos días. He visto que la luz era limpia y verdadera. Ahora toca pelear para alcanzarla.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Más con menos

"The Wire". Quinta temporada. Tercer capítulo. Cómo hacer "más con menos" en una redacción. Demasiado duro todavía. Demasiado cercano. Hoy también soy del "The Sun".

P.D.: Y me estreno colgando un vídeo en Youtube...